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…y se fueron veinticinco.

 

CHorri

Más de una vez me han dicho que escribo poco de ti. Comentan que suelo mencionar mucho a tu hermana y que no casi no te menciono en mis posts. La gente tiende a generalizar y por ello, no recuerda que los padres nos relacionamos diferente con cada hijo (y viceversa). Por eso, escribir sobre ella es una cosa y escribir sobre ti, es otra.

Pero hoy es un día especial y lo amerita; sin embargo,  no sé qué puedo decir y menos, ponerlo en palabras. El lenguaje me queda corto para expresar lo que siento y me basta verte cada día cuando me das un beso antes de irte a trabajar y antes de irte a dormir.

Hoy cumples veinticinco años, pero para mí, no ha pasado ni un segundo cuando recuerdo lo que costó que llegaras sano y salvo a mis manos, cuando una friísima tarde de julio apareciste de forma prematura, porque no veías las horas de salir al mundo que ya te esperaba. Llegaste a este mundo para decir: ¡ya llegué! ¡estoy aquí! El Chorri llegó.

Viniste intrépido, aventurero, rebelde, impetuoso, travieso (¡Dios mío!…). Era  imposible que pasaras desapercibido. Hoy, ese bebé inquieto eres tú;  ese niño que perseguía una pelota de fútbol, eres tú; ese adolescente que cuestionaba cada orden que yo daba, eres tú: ecce hommo.

Eres tú, porque tu luz interior no se ha perdido y más bien, ha ido creciendo en todos estos años.

Una luz que me ilumina cada día, una luz que nos conecta de manera invisible; una luz que nos hace ver la vida de otra manera, y en donde tú tienes la paciencia de explicarme una y otra vez cómo es el mundo para ti. Una luz que no se cansa de enseñarme que no me preocupe por detalles que no valen la pena, que las cosas se tienen que decir cuando se tienen que decir. Una luz que ilumina tu humor agudo que destella ante el común. Una luz que nunca dice que no cuando le pido un favor.

Ha pasado mucha agua bajo el puente, hijo, y he sido testigo de todos tus esfuerzos, tus frustraciones, tus travesuras y el proceso de convertirte en lo que eres con tus aciertos y caídas. Has aprendido tanto y creo que yo nada. Has podido marcar diferencias  y seguir tu instinto. A mí en cambio, a veces me ha costado entender cada paso que das.

Eres lo que eres, no impostas nada porque ya la vida trae demasiados impostores. Eres generoso con tus acciones y muy mesurado con tus palabras: para qué hablar si no se tiene nada que decir que valga la pena. Y no eres perfecto ni lo pretendes, porque imperfectos nos hace mucho más humanos.

Para mí, los veinticinco años se detienen en estos minutos que uso para escribirte; porque seguiré siendo esa madre temerosa del mundo, esa madre que por encima de todo quiere estar siempre a tu lado –aunque algún día no sea así-  y que cree ingenuamente que nunca te ha fallado.

He rescatado de una carta que te envié cuando tenías quince años estas palabras: ofrece tu pecho para parar los golpes que vengan, defiende tus ideas con uñas y dientes, lucha por lo que creas justo y sobre todo verdaderamente humano. Esa fuerza interior es lo que yo veo como madre que llevas por dentro. 

Hijo querido, sigue marcando la diferencia.

Te quiero.

Tu ma’ aquí o en cualquier lugar.

 

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Respuesta a una hija viajera

 

hija viajera 1

Mi hija está de viaje a miles, MILES de kilómetros de distancia y resalto que ha pasado un par de jornadas en una zona considerada peligrosa -no puede salir a caminar ni en las cercanías del hospedaje- y yo, desde luego, inquieta.

Hace un tiempo atrás nos escribió una carta porque ella sentía que nosotros -sus padres- reflejábamos poco entusiasmo por sus viajes, sin tomar en cuenta que en nuestros corazones la ecuación iba así: primero viene la angustia y luego el entusiasmo. En los tiempos que se viven y con la información que se comparte sobre la violencia de género, los abusos, los secuestros, la trata de blancas, etcétera nos es fácil ser padres de una hija viajera y andar “fresh” por la vida:  ¡¡es complicado, joder!! ¡¡mi marido nos es Liam Neeson, pe!!!

Comparto con ustedes mi descargo, porque en mi casa, el medio escrito es una buena herramienta que hemos usado desde la infancia de los chicos, y sigue resultando.

………………………………………

Hija viajera querida:

Ser tus padres ha sido siempre un desafío, un orgullo, un deleite… pero a la vez, nos ha costado y nos cuesta enormemente –y seguro que es un tema universal con sus matices- cortar el cordón umbilical. No somos los únicos padres que son así, ahora ni en futuro.

Hija preciosa, somos extraordinariamente felices con tus viajes reales, con tus viajes intelectuales, con tus viajes emocionales, con tus viajes idealistas. Te lo hemos repetido siempre, estás hecha para volar.

Somos felices, pero no podemos evitar que el manto de sobre-protección aparezca como una barrera. ¿Lo hemos conversado con papi? Claro, hasta el cansancio, pero nos encontramos en un callejón sin salida, nuestro miedo a que te vaya a pasar algo enceguece nuestro entendimiento y efectivamente, nuestro entusiasmo. Nos volvemos torpes en la celebración de tu alegría.

La puerta del mundo está abierta de par en par y tú has salido con fuerza a tomar todo lo que te suma, a conocer nuevas culturas, a intercambiar conocimiento. Tú, tus amigas, tus compañeras y todas las chicas que hoy viajan sin miedos van por rincones que para nosotros nunca hubieran estado en nuestro horizonte a la edad que tienes.  Sé que también van con temores, pero su valentía se impone ante ellos. No obstante, disculpa la falta de entusiasmo,  no hemos estado preparados y te confieso, creo no estaremos.

Queda claro que nuestra hija viajera, como otras hijas viajeras, tiene pendiente cientos de sueños y destinos por alcanzar, porque ha dado rienda suelta a su espíritu intrépido  y lo confirma las grandes aventuras: escalar montañas, cruzar mares o enfrentarte ahora, a la ley de la calle o dormir en el medio de la selva rodeada de animales salvajes, periplos que has hecho y otros que están por venir. Pero recuerda, no hemos estado preparados y te confieso, creo no estaremos.

Por ello, no dejes de  enseñarnos, contagiarnos, inocularnos, compartirnos, no dejes de hacerlo. Aquilata los miedos y angustias con historias, fotos, anécdotas; recuerda, no hemos estado preparados, pero estamos aprendiendo a disimularlo bastante bien porque por sobre todas las cosas queremos ser pasajeros de tus viajes. 

Tus papás.

Seguramente muchos padres de ‘hijas viajeras’ leerán esta misiva y compartirán  algunos sentimientos: esa es la generación de mujeres que hemos criado y con mucho orgullo. Sin embargo, ser incoherente con lo que se predica y se siente, es natural. Así de complejos somos los padres.

pd1. Ya viene: Al desierto con Omar, texto pendiente desde el 2012!

Tal vez lo sepan, tal vez no.

 

bty

Todas las  madres vivimos a sobresaltos.

Confieso que desde que nacieron mis hijos (y en ambos casos)  lo primero que me invadió fue un miedo enorme de no saber qué cosa iba a hacer, una desazón que me llevaba a chequear si estaban respirando o el martilleo de la gran pregunta –sin respuesta- ¿por qué lloran? ¿Tendrá hambre, frío, dolor, angustia, necesidad de afecto? No quiero caer en los clichés contando las horas sin dormir y las lavadas de pañales (sí, recuerden que lavamos pañales), el destete, el hacer cola para comprar las latas de leche Gloria (sí, la leche en polvo era impagable).

Tal vez ellos lo sepan, tal vez no pero los primeros años pareciera que no se acababan nunca, caray!

La historia continuó con la aparición de la propia voluntad, cada hijo con la suya, cada niño con su carácter; a pesar de que la crianza es la misma (¿¿es la misma??), los resultados pueden ser diametralmente opuestos. Energías diferentes, respuestas diferentes, tiempos diferentes, desarrollos diferentes. Hablar, callar, gatear, trepar, andar, correr, saltar, tirarse, llorar, patalear, reír, reír, reír.

Tal vez ellos lo sepan, tal vez no, pero la risa de mis hijos siempre ha sido, es y será el mejor remedio para mi alma atribulada.

¿Dudas, miedos, ausencias, errores, desilusiones, culpas, culpas, la maldita culpa cuando he tomado decisiones desacertadas, he dicho algo que les ha dejado huella, he dado órdenes que configuraron su carácter para siempre, los he obligado a enfrentar la vida incluso  sin armas, los he sobre protegido en demasía en otras?

Tal vez ellos lo sepan, tal vez no, pero el amor no justifica todo lo que cabe en la pregunta anterior. El amor que guió mi mano para educarlos no siempre fue un buen lazarillo, a veces me abandonó en una insensata ceguera.

Tal vez ellos lo sepan, tal vez no, pero como toda madre de hijos adultos los sigo viendo como niños, mis niños.  Me he dado cuenta de que Gibran exageraba cuando decía que tus hijos son hijos de la vida… creo que me la creí:  estos hijos son míos señor Gibran (y de su padre, valgan verdades) pero convénzanme  usted de que son de la vida, si la Vida no los parió, si la Vida no los alimentó con dolor (maldita mastitis). No es un reclamo, don Kahlil, es una afirmación absoluta con el respeto que usted merece.

¿Acaso la Vida llora cuando ellos lloran, sufre cuando ellos se sacan la mierda, disfrutan cuando ellos alcanzan sus sueños, ama más la Vida cuando ellos tienen el corazón pleno? ¿Acaso la Vida les dice yo ya lo sabía, te lo dije, espero que ahora me entiendas,  por dónde andas, ayúdame, te pido un favorcito, te quiero…?

¿Acaso la Vida siente incertidumbre o calla cuando ellos toman decisiones y una se angustia en silencio o le entornan disimuladamente los ojos cuando les molesta alguno de  mis comentarios o desearon tener otra madre que no fuera yo? En casi veintiocho años de este quehacer cotidiano he pasado por esto, y creo que muchas madres también.

Tal vez ellos lo sepan, tal vez no.

Señor Gibran, estos hijos de su madre (y no de la vida)  y tal vez ellos lo sepan, tal vez no,  siguen siendo míos (bueno Juan Carlos, nuestros, pero asume que un poquito más míos que tuyos, lo siento pues creo que la gestación me da un plus en el asunto). Lo sé.

Los amo, los sufro, los aguanto, los cuido, los jorobo, los ayudo,  los “quiero matar”, los aliento, los malcrío, los molesto, los aplaudo, los agobio, los defiendo, los ahuyento, los atraigo, los alegro…

Ellos tal vez lo sepan, tal vez no.

 

Lo siento, mi niña

bty

Mi niña, lo siento. Pensé que te estaba criando para una sociedad igualitaria, democrática y en la que tu voz tuviera un espacio real.

Mi niña, lo siento. Creí que educarte como mujer conocedora de tus derechos y deberes, consciente de tu femineidad y orgullosa de ti misma sería suficiente para que te pararas en el mundo con fuerza propia.

Mi niña, lo siento. Soñé para ti hace más de dos décadas un ambiente más justo, donde todos respetaran los propios espacios, donde la igualdad fuera una bandera; la solidaridad, el escudo y el respeto, la escarapela.

Mi niña, lo siento. Imaginé un mundo menos violento, más moderno, más civilizado y que cuando caminaras libre por la calle lo hicieras con confianza.

Mi niña, lo siento. Mantuve en silencio mi miedo de mujer -expuesta al maldito abuso- , no quería heredártelos y por ello, que vivieras temerosa y rodeada de fantasmas agazapados en las esquinas, en los buses, en los festivales o inclusive, dentro de tu hogar.

Mi niña, lo siento. No quería para ti un nudo constante en el estómago, un vivir libre pero siempre con un “sin embargo”. Te lo juro, no quería.

Pero hoy, todo se hace evidente: no, no es una sociedad igualitaria;  si te paras con fuerza propia buscan tumbarte; la igualdad es una caricatura; lo civilizado es una quimera; los fantasmas han salido con rostros definidos y a veces, caminan en jaurías.

Te persiguen, te acosan, te queman, te gritan, te meten mano a su antojo, se hacen los “los locos”.

Mi niña, lo siento. Tienes que cuidarte tú sola, seguir usando tus propios mecanismos de defensa; usar el cerebro, el corazón, las uñas, la piel, las tripas, la vida.

Mi niña, lo siento. Siento que te he fallado, que no te di ese mundo con el que soñé. Fue una vana ilusión pensar que tus oportunidades de ser mujer serían mejores que las mías, ¿qué páso?

Mi niña, lo siento. Tú que lees, te informas, conoces la historia comprenderás que estamos caminando hacia atrás. La era del salvajismo no ha desaparecido. El mito del eterno retorno se hizo realidad.

Mi niña, lo siento. Si gritas eres una loca y corres el peligro de morir; si mantienes silencio le otorgas oportunidad a la maldad, a la mentira o peor aún, te arriesgas a que crean que estabas de acuerdo con la mierda que te estaban haciendo.

Mi niña, lo siento.

 

Pasó el tiempo

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Un 17 de octubre del año 2007 salió a la luz mi primer post. Se llamaba: ...qué miedo!!! (post #1Mucha agua ha pasado debajo del puente, el río no es el mismo, buena Heráclito!

He bautizado al 2007 como “el año que viví en peligro”. Tengo razones íntimas y personales que no pienso ventilar que confirman que así fue. Ese año se cerró literalmente un 31 de diciembre con la muerte de mi madre. A las doce de la noche, con la pérdida encima, levantamos una copa, JC, mis hijos y Kevin –el mejor cura/amigo del mundo- y brindamos por el dolor, el amor y la vida: tres palabras fundamentales para la situación que habíamos y estábamos atravesando.

Han pasado diez años intensos y mi vida dio giros insospechados ¡Los juguetones dioses del Olimpo, el fatum, el Dios de mi infancia, la casualidad y los astros se conjugaron a la vez! En una década he cambiado de casa, he renunciado al trabajo del que pensé me iba a jubilar, he conocido gente de lujo, he recuperado amigos, otros han pasado a mi caja de  recuerdos, he visto a mis hijos sacarse la mierda: subir, caer, recuperarse, vivir; he sido testigo de la pasión que le pone JC a todo proyecto en el que se involucra y seguir siendo el rebelde que conocí, publiqué Palabra Viva y Visiones compartidas con una gran socia y he ayudado a una mujer hermosa a escribir su autobiografía que refleja el duro camino de la sobrevivencia. Sigo dictando clases, porque amo mi oficio que no es trabajo. Mis alumnos son la savia que alimenta mi corazón. Me rodea mucho, muchísimo amor que por encima de mí misma me acepta con todas mis humanas aristas.

En octubre del 2007 mi vida estaba “enpuntomuerto”,  había tomado decisiones poco acertadas y cargado con heridas propias y ajenas que llegaron a enceguecer mi entendimiento, casi como cuando Dante llegó al bosque y se encontró con tres fieras previo ingreso al Infierno para iniciar su larga jornada de purificación.

Diez años después, he cambiado mi centro emocional, he aprendido… uy… sí que he aprendido…y sin embargo, a mis 54 años estoy consciente de que no sé tanto como quisiera. Confirmo todos los días que tengo que seguir descubriendo y luchando por los sueños que aún tengo pendientes. No quiero ni debo perder la capacidad de cuestionarme, no se me puede terminar la curiosidad.

La vida es un continuo rehacerse puesto que, de lo contrario, estás condenado a estancarte en un punto-muerto, a morir en vida. Ahí, donde creo que estuve.

Le decía a mis alumnos, hace unos días, que una de las palabras que define la no definición es INEFABLE “ indecible y se utiliza para referirse a aquello que no puede explicarse con palabras” (DRAE). Este post en el que celebro diez años de estar en la blogosfera en esencia contiene tres sentimientos que para mí lo son: el dolor, el amor y sobre todo, el agradecimiento.

Gracias por la compañía en estos diez años, muchos de los temas desarrollados en casi 800 posts han nacido de experiencias compartidas con ustedes. Si bien no puedo agradecer a todos los que quisiera, tampoco puedo ser mezquina antes de cerrar:

A las dos mujeres de sangre McCarthy,  les debo mucho y creo que no pueden imaginar cuánto. M, confidente y cómplice en tiempos muy oscuros, siempre te tengo presente. S, F, A y G, pocos me han guapeado como ustedes. J y M, tener y re-tener su amistad ha sido una caricia para el alma. ME, no sabes cuán bien me hace tu compañía y optimismo. T, sobran palabras pero lo sabes. A mis hermanos escogidos P, J y A, incondicionales.  Gracias con los que comparto los cafés terapéuticos, larga vida para ustedes. A mis alumnos de ayer, de hoy y de mañana, los aplaudo. A mis profesores, a los que me dieron un ejemplo y a los que fueron un contraejemplo. Y por último, a los que lograron por un breve momento hacerme la vida a cuadritos, el tiempo que me dedicaron valió la pena: soy más fuerte, valiosa y por lo visto importante.

Juan Carlos, ¿qué hiciste conmigo? Un misterio; me has regalado tanto con tu enorme capacidad de amar, de motivar, de acompañar, de perdonar y entender… creo que nunca lo has percibido en su total dimensión.

A Micaela y Alejandro, mi todo, mi fruto, mi “tibio rincón”.  Recuerden que cuando yo no esté, mi voz les hablará en todo lo que he escrito a los largo de estos años. Ahí estará mami.

¡Levanto copa por lo aprendido!

 

El ojo

Mi padre fue -digamos- un hombre de avanzada; se definía a sí mismo como un progresista convicto y confeso. Con el paso de los años y cierta intuición confirmé que en muchos aspectos fue un visionario, a veces inentendido, infinitamente curioso y con un espíritu exageradamente travieso.

Lejanamente recuerdo que un día volvió de un viaje que había hecho a Nueva York. Sería el año 68 y no paraba de contar de manera entusiasmada cómo había sido testigo de una “cuasi invasión” de hippies en la ciudad.  Además, venía con un regalo especial para mi madre que había comprado en una feria ambulante instalada en los alrededores del Rockefeller Center. −Es un vestido de papel, dijo entusiasmado.

¿Un vestido de papel?− preguntó mi madre. ¡Ay Fernando! ¿Qué voy a hacer yo con un vestido de papel? ¿Cómo voy a salir a la calle con este vestido? ¡Esas locuras que se te ocurren a ti!

−Vamos Negrita, que es un regalo. Al menos déjame ver cómo te queda.

Yo tenía cinco años y los que me conocen saben que me puedo acordar casi clarito de una cosa como esa, pero no entendía cómo a mi papá se le había ocurrido comprar ese vestido que me miraba con un ojo inmenso y perturbador. Era un vestido literalmente impreso y plastificado en la parte de atrás. Aclaro que la explicación la puedo dar ahora. De niña no entendía nada. Solo pensaba que como mi mamá fumaba, al primer cigarro que prendiera corría el peligro de quemarse con vestido y todo, como Juana de Arco.

La Negrita le dio gusto. Se puso unas panties muy oscuras y el vestido de papel sobre su cuerpo, muy al estilo Twiggy. Se fueron a una cena con amigos y no recuerdo haber vuelto a ver ese vestido por años.

En octubre del 2012 me mudé un día como este. En la revisión previa de cachivaches antes del proceso, encontré doblado (súper doblado) un ojo que me miraba. Un ojo pixealeado, amarillento, un ojo que estaba en mi memoria. El vestido de papel resurgía del olvido. Mi sabia amiga y artista innata Cecilia Arróspide me sugirió enmarcarlo. Con una delicadeza digna de calígrafo chino, pasó varios días lavando a mano la prenda hasta desaparecer por completo las manchas amarillas que habían quedado como prueba del paso del tiempo y de la humedad de Lima. Como el vestido tenía la misma impresión por delante y por detrás, le propuse que ella se quedara con un lado y yo, con el otro. Así fue.

Hace poco tuve la enorme suerte de pasear por el MOMA (Museo de Arte Moderno de Nueva York). Iba recorriendo sala por sala, con paciencia de procesión, cuando  me di con la sorpresa de encontrar esto:

Moma 28

Me quedé paralizada. El rostro del Premio Nobel impreso en un formato igualito que el OJO!. Verán que le tomé una foto, así como también le tomé a los créditos de la obra. Detalle que he aprendido. Después no sabes qué es de quién,  ni qué viste, ni nada.

Moma 27

Hice mi investigación: Harry Gordon, el artista, diseñó una serie de vestidos/afiche (poster dress) con cinco diseños. Los vendía por menos de $3.00. Excepcionalmente imprimió alguno con la imagen de Bob Dylan, su cantante favorito.

“Mystic Eye” era el vestido de papel que mi papá había comprado y que rápidamente al final de la década de los sesenta fue un objeto obsoleto. Mi mamá, sabe Dios por qué razón, lo había terminado refundiendo en alguna caja donde guardaba retazos y disfraces que pudieran sacarla de apuro.

Hoy, la mitad de  “El ojo místico” cuelga en una pared de mi casa y la otra, en la casa de Cecilia.

 

poster ojo

Does it take much of a man to see his whole life go down,
To look up on the world from a hole in the ground,
To wait for your future like a horse that’s gone lame,
To lie in the gutter and die with no name?

Bob Dylan

Un día como hoy

Mica cumple 2017

Hoy cumpliré un año más de haber sido madre por primera vez. La hora: las 05:40 am. El día: un viernes 13. Cabalística perfecta para un número extrañamente mágico.

Creo que esperas que escriba algo un día como hoy  y este año no quiero decepcionarte. Sabes, además, que podría decirte esto en privado, imprimir estas palabras y dejarte una carta sobre tu cama. Pero, no puedo evitarlo, cuando pienso en ti, el pecho me tiembla de emoción y el corazón se me sube a la garganta como un cliché común, porque soy una mujer que gusta de los clichés, nos gustan los clichés. Y porque tu hermano no se va a poner celoso, porque lo sabe: eres la mujer de mi vida.

Llegaste a este mundo para decir: ¡ya llegué! ¡estoy aquí! Y desde hace veintisiete años has ido perfeccionando esa técnica;  a pesar de lo evidente por tus dimensiones es imposible que pases desapercibida. Tu luz interior te convierte en el faro que puede iluminar más de una vida. Viniste alborotada, impetuosa, curiosa, demandante, achorada y valiente, mil veces valiente, un millón de veces valiente. No me voy a cansar de decirlo: valiente, carajo.

Pero también fuiste una niña con temores y sé que a veces exageré hasta empujarte y pararte frente a ellos, mientras te decía: aquí estoy, no pasa nada, no te preocupes, aquí estoy. Hoy es al revés. Cuando incursionas en terrenos oscuros y desconocidos para mí, y mis temores me destrozan el estómago,  tú eres la que me dice: aquí estoy, no pasa nada, no te preocupes, aquí estoy. Y confío, confío, no me dejas alternativa.

Hace 9,862 días me regalaste la vida de madre, la magia de tus deditos posándose en mis mejillas y los besos lleno de baba. Esa magia que me confirmó que nos embronca lo mismo, como la injusticia del mundo; esa magia que nos ayudó a entender que la muerte solo es un paso que alivia el dolor. Esa magia que nos hace suspirar por Jon Snow y que me ayuda a aguantar estoicamente cuando tarareas la melodía de la serie de la manera más desentonada posible. Esa magia llamada complicidad.

La magia va con nosotros, la magia de las muchísimas de lecturas compartidas, de los viajes, de las fotos, de Fashion Emergency, de los memes, de los minions (nuestros clones), de los rompecabezas, de la salsa, de todo lo que tenemos planeado por hacer y por cocinar. La magia de la ropa compartida, la magia del “reggggggias y digggggggnas, sobre todo diggggggnas”, la magia de que tú pierdas mis cosas y  que yo encuentre las tuyas. La magia materna de querer meterme en todo y tu fineza de hija para que no vaya a lograrlo. La magia de reírnos y molestarnos, la magia de decirnos las verdades y de la jodida valentía de pedirnos perdón. La magia de los besos de moza y del crocante de manzana, de burlarnos de tu padre y de tu hermano. La magia de tratar, por encima de todo, de estar a tu lado y creer ingenuamente que nunca te he fallado.

¿Qué puedo regalarte hoy a manera de homenaje?

Pues solo la fuerza que tengo en mi corazón, que como bien ya sabes es tuyo; mi fuerza para ayudar a que cada día sigas brillando entre la bruma del estrés, mi fuerza para reír, mi fuerza para seguir protegiéndote a la distancia, mi fuerza para entender que todavía me necesitas… pero ya no tanto. Y aunque me quede sin fuerzas… que mi fuerza siempre te acompañe, mi princesa.

El mundo está ahí, complejo y salvaje. Sigue bien plantada, tu inteligencia es tu espada; tu sensibilidad es tu estrategia;  tu corazón, el mejor escudo.

¡Felices días por venir!

Tu madre