Archivos Mensuales: marzo 2019

De ida y de vuelta, 35 años después.

La primera vez que me paré delante de un grupo de alumnos tenía veinte años, ellos unos diecisiete. Marzo 28, seis de la tarde, 1984. Salón L-107 de Estudios Generales Letras, curso: Lengua 1. Mi primer jefe, Luis Jaime Cisneros.

Cada semana iba cayendo en una trampa de la que nunca pude salir. La enseñanza empezó a ser para mí una diversión, lo mismo que es ahora. Entendí que se podía mantener una relación horizontal en la que tanto ellos como yo terminábamos aprendiendo. Luis Jaime, además, me ayudó a perder el miedo, a entonar mi lectura, a respetar las pausas, a leer en diagonal para corregir más rápido, a detectar las faltas de ortografía, a escuchar a los alumnos, a bromear con ellos.

Cuando empecé a enseñar en la academia pre-universitaria Trener, llegó una etapa sumamente especial,  llena de cursilería, diría que: fue algo para siempre (mis compañeros saben a qué me refiero). Desafío y aprendizaje, manejo de clase, aguantar el cochineo de los alumnos, el ponerme la mota en la parte más alta de la pizarra, el pararme sobre el escritorio para bajarla sin problema, orientarlos a tomar decisiones, putearlos si no estudiaban y miles de situaciones que cansarían al lector. Aprendí a tolerar, a inspirarme para que un curso obligatorio y aburrido como Literatura les fuera medianamente atractivo, a tener un discurso que levantara puentes, a llamarles la atención con cariño, a retarme cada día para tener información entretenida, a pararme frente a un salón de postulantes a carreras de ciencias de cuarenta chicos y una que otra chica. Y sobre todo, a cochinear antes que me cochineen. En tiempos trenerianos vino mi matrimonio, el nacimiento de mis dos hijos, mis amigos entrañables e incondicionales. ¡¡¡Uy, sí!!!

La enseñanza escolar arrancó en los 90s, y mi aprendizaje alcanzó niveles más ambiciosos. No podía sobrevivir únicamente con las herramientas que había ganado en los años anteriores, no bastaba. Trabajar con chicos entre los catorce y diecisiete años era ingresar a las Grandes Ligas. Otra cosa. Un universo que nunca había imaginado. Su desorientación (y la mía), su innata rebeldía (y mi ignorancia), su energía (y mi poca entrenada tolerancia), su desgano (y eso sí, mi creatividad). Trabajar con sus padres, máximo desafío. Durante más de veinte años aprendí, aprendí y aprendí. Generé conocimiento, me alejé de mis modelos escolares, hice cuerpo con muchas de sus ideas y argumenté otras desde mi orilla de adulta, madre y profesora. El conocimiento llegaba solo. Aprendía el que quería, nada de chanconería, escribir y leer, leer y escribir. Hablar, hablar y hablar. Largas horas invertidas en conversar de mil temas. Escuchar música, divertirnos juntos, contarnos secretos, apoyarnos, ser cómplices. Aprender, enseñar. Aprender, enseñar. Aprender, enseñar. Aprender, enseñar.

Hoy, mi presente es delicioso. Trabajo con adultos ávidos de aprendizaje, curiosos, cuestionadores. Cada uno aporta su experiencia, sus lecturas, sus dudas, y mil cosas más. Aprendemos nuevamente juntos, y valgan verdades: me han subido la valla. Cada semana se me plantea un nuevo desafío que me obliga a seguir aprendiendo.

Termino esta reflexión agradeciendo a los que me han acompañado en estos extraordinarios treinta y cinco años. Ustedes lo saben. Compartí estos espacios con personas extremadamente valiosas a las que perdí de vista. Comparto actualmente mis espacios con otros que incluso están desde el primer día.

Gran parte del tiempo invertido se los robé a personas especiales: a mi marido, que siempre me respalda en todos mis proyectos desde que fuimos enamorados; a mis  hijos que escucharon mis primeras lecciones en mi barriga y que luego tuve el placer de tenerlos en clase (otra historia). De ellos, las mejores enseñanzas.

¡GRACIAS!

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Marzo, mes, mujer, menstruación: una sola regla.

maniquis

Foto: Anamaría McCarthy

Tanto el documental Period. The end of sentence (ver Neflix, ganador del Oscar de mejor documental)  como las confesiones que suscitaron el artículo de Daniela Meneses hace unos días en diario El Comercio (ver “Hablemos de la menstruación”) me animaron a escribir sobre este tema del que nunca había reflexionado en casi doce años que publico periódicamente . (periódicamente viene de la palabra “período”, qué irónico!!!).

Pertenezco a una generación en la que muchas de nuestras madres no nos dieron una explicación muy clara (o ninguna) de los cambios que iban a ocurrir en nuestros cuerpos cuando llegara la menarquia** (dicho sea de paso, el término lo aprendí cuando tenía más de treinta años). A mí, por lo pronto, me lo contó una amiga del colegio a los ocho años en los términos más cochinos del mundo, y me encargué de buscar en alguna enciclopedia algo al respecto. Tuve la suerte de que cuando empecé a menstruar, estaba con una tía muy cariñosa y dulce – viajando lejos de mi casa- y solo atinó a aplaudir diciendo que yo ya era toda una mujer: doce años, cuatro meses, cinco días. Se me jodió el viaje.

Cuando entré a secundaria con tremendo estreno,  las toallas higiénicas parecían colchones de la casa de la Barbie, y para que no se movieran habían algunas opciones: un cinturón de seguridad que con una especie de clip dentado sujetaba la toalla de cada extremo (ver foto a continuación) o, usar un imperdible para estabilizar la toalla al calzón: Mimosa o Serena.  Los calzones mochita o moll no eran los mejores del mundo. Pero era lo que había. Ya existían los bloomer que se vendían en la casa Val-Ro y que sobre el calzón también amortizaban el movimiento –y el peligro obvio de la falda de colegio que se abría, levantaba o similar, un diseño malazo con saña-.  ¿¿¿Always con alas, autoadhesivas, Nosotras invisible?? Eso sería ciencia ficción. Eso usaría Linda Carter en Wonder Woman!!!! Eso… NO se había inventado, por favor!!

cinturon serena

cinturón para fijar la TH, nótese los ganchos extremos Fuente: Joshua Yospyn/Getty Images

Las charlas que recibíamos en el colegio mixto y religioso desde luego eran separadas. En una promoción de 160 alumnos: a las 80 chicas nos pasaban videos (súper 8) sobre la menstruación y sus amigas las trompas de Falopio; a los 80  chicos supongo, les hablaban de los peligros de la masturbación y la posibilidad de que les crecieran pelos en las manos. La charla venía con souvenir: paquetón de toalla higiénica que obviamente metíamos debajo de la chompa para ir directo a nuestra clase y esconderla en nuestros maletines. No faltó el pendejerete que asaltó alguna compañerita y empezó a jugar camote con sus congéneres llevando casi al llanto a la humillada víctima. Les juro que hoy hubiéramos hecho guerra de toallas o competencia de toallas voladoras ¿por qué no?.

En ese contexto al llegar el “mes”,  ir al baño a cambiarnos era,  en la gran mayoría de los casos, una la vergüenza, había que ir escondiendo bien el paquetón. Algunas usaban unos pañales Mimi y no se cambiaban durante toda la jornada: aguantaban la pila, no se manchaban y en el peor de los casos se ponían hasta dos pañales.

Otro sufrimiento era que el profe te sacara a la pizarra porque por nuestra cabeza se anticipaba la tragedia: me está bajando, me está bajando, ¿Si se me nota? ¿Si me he pasado?  ¿Habré manchado la carpeta?

Tengo grabado el recuerdo de AMZ que un día tuvo una hemorragia, y se ensució hasta las piernas y los 40 alumnos que había en el salón nos dimos cuenta. Ella, en su estupor, no podía levantarse. Solo escondió su cabeza y lloraba a mares. Tuvo que venir la encargada de OBE – Orientación y Bienestar del Educando-  para ayudarla y desde luego, el señor de la limpieza. Estaba sucia, la vimos sucia, nadie se acercó a consolarla. Miramos de lejos y nos fuimos. Ella no regresó al colegio hasta una semana después, el estigma lo llevó encima varias semanas.

Los jamases y leyendas heredados de las abuelas eran macondinos: no cortarte el pelo, no hacer mayonesa, no bañarte en agua fría, no batir claras porque no llegan a punto merengue, no usar pantalón blanco, cuidado con el tampax si eres virgen, mejor poner un plástico entre la sábana y el colchón por si te pasas, etcétera, etcétera, etcétera. Cada mundo femenino guardará sus propias historias.

Quiero cerrar  mi post con un guiño de humor: un día siendo chiquilla me llené de valor para ponerme mi primer tampón, era una chica pura, diáfana y verdadera, más tarada que ninguna. Me compré una caja a escondidas y seguí las instrucciones que traía el dibujito: no me imaginaba que mi interioridad podía ser tan “flexible”. Sudaba como nadie, mi psique conservador puro, diáfano y verdadero luchaba contra el Tampax “mini”…  porque además, no quería que me deflorara. Una vez lograda la empresa, sentía un dolor intenso, pero suponía que así era la cosa, si íbamos a parir con dolor, la comodidad de tener dentro algo que retuviera el flujo también vendría con su cuota de incomodidad. No podía sentarme bien, sobre una pierna la cosa estaba mejor. No obstante, ocurrió algo inesperado: un estornudo asaltó mi cuerpo y plaf! el tampón salió disparado!!!! Conclusión: no volví a usar tampones casi quince años después, casada y con dos hijos.

Joder, ayer, hoy y siempre estar con la regla es una reverenda vaina. Pero al menos hoy algunas de nosotros tenemos la libertad de compartirlo, hablarlo y renegarlo.

** primera menstruación: Del gr. mḗn, mēnós ‘mes’ y archḗ ‘principio’. Hoy pregunté en casa si alguien sabía el significado del término: los dos varones estaban perdidos en el espacio.