Archivos Mensuales: diciembre 2018

El círculo completo

La nochevieja no estaba completa sin una cena engalanada con un pavo horneado en la mesa. La vieja tradición familiar se repetía una y otra vez, y Lita esperaba ansiosa todo lo que eso suponía.  En casa, era la obra suprema, el resultado de algunos días de trabajo pertinaz, comprometido y dedicado de una persona, su madre.

Solía llegar a casa en alguna mañana ya alborotada con todos los preparativos, los encurtidos coloridos en los frascos brillantes y transparentes, las frutas secas maceradas en licor que luego pasarían a la masa azucarada que acabaría en el horno para ese bizcocho cuyo sabor solo se repetía una vez al año. El árbol desempolvado, las luces trejas que daban batalla para poder encenderlas. El ambiente artificial se estaba preparando.

En un costal de tocuyo, hacía su digna aparición el señor pavo pechugón moviéndose inquietamente. Lita, de la mano de su madre la ayudaba a abrir la puerta y recibía tremendo paquete que algún paciente de su padre regalaba para agradecerle la dedicación: el ave criada en su propio corral. Llegaba vivo y coleando, el tímido glú-glú se escuchaba a través de la tela desteñida como un lamento del que sabe a lo que está condenado. Al soltarlo en el patio el  plumaje negro brillaba bajo el especial sol que ilumina el pueblo en esa época de  diciembre.

Ana, la madre, miraba al señor pavo y surgía un primer diálogo de los siguientes días.

−Te voy a engordar, bonito. Tú eres la estrella de la casa. Te hemos esperado todo el año.

Entonces Ana lo amarraba de una pata a una tubería externa que había en el patio colindante con la cocina. Luego, iba alimentándolo día a día, mientras que el señor pavo glugluteaba interrumpiendo el ruido cotidiano de casa. Agazapada desde la puerta del patio, Lita iba a visitar al pavo desde lejos, era casi de su tamaño, tenía miedo,  y a la vez cierta atracción por tremendo animal, te van a matar, te van a matar…

Hasta que llegaba el día en el que  Ana se ponía su mandil de cocina y unos guantes gruesos. Se acercaba al señor pavo y le sujetaba el cogote con una mano para con la otra, empezar a darle un biberón de aguardiente: glup, glup, glup… Desde la puerta del patio, Lita observaba el espectáculo. El señor pavo empezaba a dar vueltas sobre su eje hasta que caía ebrio, rendido. Entonces,  con una fineza de dama, Ana le daba un par de vueltas al pescuezo e ipso facto le volaba la cabeza, como el satrecillo valiente que mató siete de un golpe. Acto seguido, el señor pavo de cabeza (sin cabeza) dentro de un cubo.

Como quien realizaba un trabajo de filigrana, la madre daba inicio a la ceremonia del desplume; el otoño, al fiesta del alcaucil,  hoja por hoja, pluma por pluma. Sentada en un banco de madera con alguna estación de radio como fondo musical. Había cierta poesía en esa escena: el colchón de plumas, las baladas de Nino Bravo, la ilusión de la pronta navidad, el pavo muerto en una suerte de striptease involuntario. El sol con su tibia luz iluminaba la escena, una imagen casi surrealista en el patio de una casa de pueblo.

−Ya estás listo, has quedado hermoso y más hermoso estarás esta noche.

El calor del horno prendido, los olores de cocina, la mesa que empezaba a engalanarse.

Lita sabía que al año siguiente esa escena se iba a repetir. Sin embargo, esperaba ansiosa el sortear con sus hermanos a quién le iba a tocar comerse esta vez la rabadilla.

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Árbol + nacimiento

Los recuerdos que cargamos en la memoria pueden ser traumatizantes, sesgados, viscerales y hasta inexactos. Sin embargo, nuestros propios registros son los que nos ayudan a reconstruir nuestro pasado.

Ha llegado el mes navideño y mi grinch (al que he decidido bajarle la intensidad en beneficio de mi zen) busca su origen entre aquellos elementos que me han llevado a ser como soy. He tratado esta vez, de hacer el ejercicio de hurgar en mi mente entre los elementos de las fiestas que me impiden ver a  la Navidad como algo emocionante y, por el contrario me llegue “al mango” su existencia en el calendario.


Durante mi infancia,  mi casa solía estar decorada navideñamente de manera modesta:  un nacimiento, un afiche de la parroquia que mi madre pegaba con cinta adhesiva en la ventana (No hay Navidad sin Jesús –que nazca en ti-) unas estrellas doradas en otras, un papa Noel de papel y algo más que no logro recordar, unas bolas de colores, unos collares que se colocaban con las anteriores en una suerte de ánfora y unas botas de lana tejidas a crochet por ella misma.

El nacimiento, lo reconozco, era bien bonito: de cerámica blanca, cinco imágenes sin rasgos, como siluetas. Lo habían comprado en Oeschle (el original) pero a veces por miedo a que se rompiera mi mamá ponía uno de madera que cumplía su función. Y mientras escribo, me acaba de asaltar la imagen de un nacimiento que mi padre tenía hecho por Edilberto Mérida (artesano cuzqueño) que era –con el respeto que merece- para deprimir a cualquiera. Sufrí las veces que él insistió en colocarlo a la entrada de la casa.

Eso sí, árbol en casa nunca hubo.

En algunas navidades mi padre ponía en una mesita de  la sala uno de sus bonsáis que solíamos decorar con alguna que otra bolita en miniatura (tal vez CUATRO) de esas que se rompían al toque; era lo que había y no se iba a comprar nada. Por ende, tampoco había lugar para poner los regalos y solo puedo recordar que mi madre guardaba todos los paquetes en su closet.

En la casa de mi abuelo Juan Manuel (llámese Jesús María, muy ad hoc) la cosa era más elaborada. El nacimiento ocupaba el lugar vital porque además de estar presentes José, María, Jesucito, la vaca, el burro, Melchor, Gaspar y Baltazar, había una loma llena de vacas, caballos, gallos, gallinas y creo que toda el Arca de Noé representados en figuras de hierro que debían ser de los años cuarenta –por lo menos-. ¡Dios mío! Podía pasarme horas mirando cada bicho porque no entendía qué hacían en la escenografía. En mi casa, el nacimiento  solo tenía cinco elementos. En Jesús María, el nacimiento era hiperbólico, sobre poblado, horror vacui.

En Jesús María también había árbol, pero era uno sumamente particular, yo diría raro. El que yo recuerdo era plateado como hecho de flecos de papel platina y con bolas moradas –no sé si por seguir honrando al Señor de los Milagros o qué-; vuelvo a repetir es mi recuerdo, porque más de una persona perteneciente a la rama materna de mi familia va a empezar a corregir seguramente diciendo que el árbol no era así y que las bolas tenían otro color. Eso de tener memoria compartida es todo un tema. A mí, me parecía horroroso, yo quería ver en algún lugar familiar un pino verde, de ley!!!

Árbol y nacimiento en un cambalache bastante particular. Entre Jesusmaría y Miraflores el ambiente navideño no fluía, como quien dice.

Cuando tuve a mis hijos, por evitarles el trauma compré un árbol discreto que todavía tengo, a pesar de mí. El nacimiento blanco también lo conservo y aunque José perdió una mano antaño, le hice un muñoncito de teromasi que pasa desapercibido si no lo miras mucho. El padre de Jesús es una suerte de manco de Miraflores, cumpliendo su rol con hidalguía.