Archivos Mensuales: noviembre 2018

Hilos invisibles

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Hace unos días me conmovió muchísimo un artículo publicado en el diario El País de la autora española Rosa Montero, a quien admiro muchísimo (ver “Un abrigo colgado en la percha”). En este, ella reflexionaba sobre el duelo por el que pasamos cuando perdemos a un ser querido (ya sea por su muerte o por otras circunstancias de la vida). Recuerden que uno también pasa por duelos cuando termina una relación, pierde un amigo por mil razones, o se aleja de la patria.

A veces, para no perder a esa persona del todo y llevarla siempre con nosotros conservamos algún objeto de importancia, ya fuere para la persona que no está más o porque nosotros trazamos un inconsciente o consciente hilo invisible entre estos dos “elementos”.

Las palabras de Montero me hicieron reflexionar en qué guardaba yo de mis gentes más queridas, cosas que tienen un real valor sentimental para mí y que los convoco, los veo y por lo tanto, el ejercicio recordatorio se hace dulce y amable. Debo aclarar que tengo un montón de cosas de mi madre, algunas piezas de ropa que me he acomodado al cuerpo y que disfruto con placer; de mi padre, casi nada porque la vida nos llevó por orillas diferentes y no hubo oportunidad de conservar algún recuerdo realmente personal e íntimo: eso sí, fotos y una carta compleja que guardo con celo.

Van entonces, dos hilos invisibles.

Un libro que le rogué a mi padre que me regalara pero no me dio el original; al preparar algunas temas de clase me acompaña como una lectura recurrente con anotaciones de su puño y letra: Las cuatro mujeres de Dios: la puta, la bruja, la santa y la tonta.  Él sabía cuánto me apasionaba los temas polémicos y un día me dijo, – tengo un libro que te va a encantar. Pero, como era un libro de consulta para uno de los tantos ensayos que estaba escribiendo, me regaló una copia. ¡Algo es algo! Cada vez que lo leo, evoco las conversaciones en las que discutíamos sobre los prejuicios, el machismo, la historia, entre otros temas interesantísimos. Un libro que no suelto por nada, que tiene un valor mayor al resto de mis otros libros -que son muchos-.

El aro de casada de mi madre: Como muchos saben, el matrimonio de mis padres terminó después de treinta años. Así de simple. Pero por esas razones del corazón que la razón no entiende, mi madre guardó toda la vida su aro de casada. La vi inmersa en lágrimas el día que se lo quitó para siempre. La vi guardarlo en una cajita de terciopelo en un oscuro rincón de su escondite personal (yo sabía dónde estaba ese escondite…). La vi también celebrar su aniversario número 50 porque ella decía que su matrimonio le había dado lo mejor del mundo: sus hijas y sus nietos (y sus yernos….) y para mí, ese aro lo representaba. Hace más de diez años el aro de mi madre acompaña en  mi anular al que me dio mi marido hace más de treinta. No sé qué me llevó a ponérmelo y evitemos análisis pseudofreudianos. Pero tengo su buena energía, su presencia constante y perecedera, su “amor constante más allá de la muerte”.

Me pregunto, cuando yo ya no esté en este mundo, ¿qué conservarán mis hijos donde pueda caber un pedacito de mi vida?

Sí, así somos las personas, ya lo he dicho antes: humanizamos los objetos, los dotamos de significado, los convertimos en fetiches. Son pequeños flotadores que impiden que las aguas del tiempo arrasen con todo. Rosa Montero, noviembre 2018.

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