Reflexión lingüística

los comienzos Rafael Fernández

imagen de: Rafael Hernández, 1997

Cuando yo era niña las expresiones que solíamos utilizar para decir que algo nos gustaba eran qué bacán, qué vacilón (con la duda de que si era con b o v)  palabras que por cierto están en el Diccionario de la Real Academia. De las telenovelas venezolanas heredamos el qué chévere y no sé de dónde vino qué paja (cuyo doble sentido limitaba su uso en las chicas bien educadas). Yo tenía heredado el qué neto de la generación de mis hermanas y ya el clásico qué bestial.

Empecé mi labor docente cuando tenía 20 años y compartía con mis alumnos las mismas expresiones, pero a medida que el tiempo pasaba empezaba a incorporar otras y luego a tomar distancia de unas que no me vacilaban mucho. Qué mostro,  eso es pajaza (léase, una paja más entusiasta).

Hemos cambiado algunas, hecho permanente otras. Por ejemplo, mi amiga Magalli debe ser una de las pocas que usa qué vacilón cuando algo le parece bacán.

También me llama la atención la tendencia que, con el pasar de los años, se ha ido  agudizando para reducir  casi todo lo que se pueda a dos sílabas. Por ejemplo, cuando mi hija era chica, sus amigos que tenían nombres serios e importantes pero pasaron a ser: Ma-ka, Juan-di, E-du, Ju-ca, Ro-dri, Se-bas, Ti-na, Ka-ri,  Ta-li, Ta-lo, A-le, Ma-fer, Mi-ca, entre los destacados. Chicos, los amo y los convoco. Pero claro, nosotros los padres que le ponemos el nombre completo a nuestros hijos, cuando hacíamos mención al grupo preguntábamos si era lo mismo decir: ¿ca-ca, pi-chi, po-to? Sin ánimo de ofender, desde luego.

Hoy por hoy, biselabeamos con fuerza y oímos: sa-le por de acuerdo, da-le por perfecto, Pun-ta por Punta Hermosa, Sur-chi por el sur chico, sal-chi por salchipapas, cham-pi, por champiñones y di-ver por divertido.

Conservamos los apelativos cariños ya mencionados y es raro que te llamen por tu nombre completo: ahí la cosa se pone seria o tienes la suerte de que tu nombre ya tenga dos sílabas o tienes un sobrenombre ad eternum que también las tiene. Yo soy Cha-ta, o Clau y la verdad es que ninguno de los dos me encanta pero sé que me lo dicen con cariño.

Entonces, continuemos con este ahorro silábico, la historia del habla lo sustenta. Cada generación con lo suyo y como suele ocurrir, lo que quede se incorporará a la norma.

Y por si acaso, no quiero reflexionar en todas las variaciones utilizadas en el wassap, de ello se ha escrito y escribirá; y  porque -la verdad-  la ausencia de las vocales me loquea, csm.

 

 

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