Una caja de Pandora

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Tengo un libro que me gusta mucho, El diente del Parnaso –recopilación de Antonio Cisneros-. Es un volumen que recoge el testimonio de sesenta y seis peruanos destacados; en él, cada uno de ellos reflexiona sobre el arte del buen comer. Entre líneas uno termina siendo testigo de sus emociones, y preferencias, y cómo un plato de comida trae a la mente otros aspectos de la vida.

Hace muchos años atrás compartí con mis alumnos (entre 14 y 15 años)  un texto que extraje de ese libro. Luego de su lectura, los invité a que usaran la misma dinámica y escribieran lo que se les viniera a la cabeza: podían partir del sabor, del lugar, de quién lo preparaba, etcétera. El punto de partida era el plato, el puerto de llegada: impreciso. Y pasó una cosa que nunca me imaginé.

Mientras todos escribían, empecé a escuchar una suerte de gemido, muy callado, casi imperceptible, cuarta fila, quinto asiento. Una alumna levantó la cara hacia mí y con la mirada señaló al compañero del costado. El chico (YZ), tenía los ojos llenos de lágrimas y el llanto atorado en la garganta hasta que no pudo más, se echó a llorar frente a toda la clase.

Entre mi desconcierto, el de sus compañeros y su angustia, lo primero que hice fue acercarme a su carpeta e invitarlo a que me acompañara a salir de clase. Yo, torpemente -soy una bestia para consolar a alguien- trataba de hacerlo sentir mejor, y solo atinaba a decir: ¿estás bien? ¿qué pasó? ¿estás bien?

YZ solo me decía: Miss, perdóname, perdóname es que no me pude aguantar… y seguía llorando desconsoladamente mientras que yo me rompía la cabeza imaginándome qué habría podido pasar para que se diera tal situación. En eso, me entregó lo que había escrito. (Debió decir más o menos esto, trato de respetar su estilo de  redacción)

A mí me gusta mucho comer, creo que hay cosas que me gustan más que las otras, pero si tengo que pensar en algo especial uno de mis platos preferidos es el arroz con huevo frito, mi mamá siempre lo prepara y le sale buenazo. Sobre al arroz blanco coloca el huevo con la yema casi cruda buenazo. Cuando tendríamos unos seis o siete años yo y mi hermano hacíamos carreras para ver quién llegaba primero para empezar a devorarnos lo que mi mamá nos preparaba cuando llegaba del trabajo. Esto también me hace acordar que estábamos contentos porque era riquísimo, pero también estábamos tristes porque mis papás se acababan de separar, y habían días que ella lloraba después de la comida, yo la veía a escondidas. Cuando nos fuimos a vivir a C no era fácil conseguir el arroz de acá pero mi mamá hacía lo posible para que le quedara como en Perú. Ahora que hemos regresado ya no cocina ella porque ahora vivimos con mis abuelos y a la empleada no le queda igual.

No sé por qué ahora que pienso en ese arroz con huevo frito, hasta me acuerdo del color del plato y el adorno que tenía pero me mucha pena y me emociono mucho acordándome…

El texto obviamente se detenía ahí.

Su pena era enorme, su llanto reflejaba cómo el recuerdo de una comida lo había hecho sentirse ese niño. Ponerlo por escrito había abierto una herida que él creyó cerrada.

Me vienen a la mente las palabras de Ruiz Zafón:  Los recuerdos que uno entierra son los primeros en perseguirte. 

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