Archivos Mensuales: septiembre 2018

Una silla, una niña

cc 4 años

Hace muchos muchos años había una niña de pelo corto y cerquillo, que era tan pero tan pequeñita que cuando había que lavarse las manos antes de almorzar, no tenía mejor idea que hacerlo en el water del baño para las visitas. Treparse al lavamanos era una proeza de marca mayor puesto que, como era gordita su barriguita era un obstáculo insalvable, el borde de pepelma le terminaba apretando la huata. Su madre, conocedora de lo traviesa que podía ser, siempre hacía la pregunta de ley: “Gordita, ¿dónde te has lavado las manos?”. Lo que obligaba a la pequeña a sufrir la trepada al Everest… pero si la mami lo olvidaba, o no estaba ella sabía que podía disfrutar del chapoteo en esa gigantesca taza color verde mar. No obstante, había que buscar el remedio al problema porque por más limpio que estuviera el inodoro, esa costumbre era “higiénicamente incorrecta”.

Solución: comprarle a la pequeña una silla en la que además de sentarse para departir con los adultos fuera un vehículo para que no tuviera excusas y usara debidamente el lavamanos. La silla de madera y paja fue pintada de rojo: ¡El mejor regalo! ¡Las llaves del reino! Ahora, la niña de pelo corto y cerquillo arrastraba su nueva propiedad por toda la casa y urgaba en cuanto lugar, hasta ese momento le había sido inaccesible. De todos ellos, había uno en especial por el que tenía una especial fascinación.

El cajón de la cómoda de su madre era la “mina del Rey Salomón”, aunque para ella -fanática de los cuentos infantiles- era la cueva de los cuarenta ladrones y la niña se sentía Alí Babá. Cajas, cajitas, chocolates, chicles, llaves, libretas, tarjetas de presentación, papelitos de todos los colores, monedas sueltas, fotos carné. Recuerdos a mil: los públicos y hasta los privados que la niña calló por años… porque fueron los años los que le dieron sentido, especialmente a una vieja agenda de cartera en la que la madre anotaba sus vivencia dolorosas… -vendrá algún día la historia-.

Pero la silla roja tenía un problema: dejaba huella donde la apoyara y la cómoda era blanca… semanas después la cueva de los cuarenta ladrones se cerró con doble llave; no obstante, la niña no demoró mucho en encontrar… y en ese momento, aprendió a apoyar la silla sobre la marca anterior que su silla ya había dejado.

El mundo prohibido podría, por un tiempo, seguir estando a su alcance.

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Una caja de Pandora

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Tengo un libro que me gusta mucho, El diente del Parnaso –recopilación de Antonio Cisneros-. Es un volumen que recoge el testimonio de sesenta y seis peruanos destacados; en él, cada uno de ellos reflexiona sobre el arte del buen comer. Entre líneas uno termina siendo testigo de sus emociones, y preferencias, y cómo un plato de comida trae a la mente otros aspectos de la vida.

Hace muchos años atrás compartí con mis alumnos (entre 14 y 15 años)  un texto que extraje de ese libro. Luego de su lectura, los invité a que usaran la misma dinámica y escribieran lo que se les viniera a la cabeza: podían partir del sabor, del lugar, de quién lo preparaba, etcétera. El punto de partida era el plato, el puerto de llegada: impreciso. Y pasó una cosa que nunca me imaginé.

Mientras todos escribían, empecé a escuchar una suerte de gemido, muy callado, casi imperceptible, cuarta fila, quinto asiento. Una alumna levantó la cara hacia mí y con la mirada señaló al compañero del costado. El chico (YZ), tenía los ojos llenos de lágrimas y el llanto atorado en la garganta hasta que no pudo más, se echó a llorar frente a toda la clase.

Entre mi desconcierto, el de sus compañeros y su angustia, lo primero que hice fue acercarme a su carpeta e invitarlo a que me acompañara a salir de clase. Yo, torpemente -soy una bestia para consolar a alguien- trataba de hacerlo sentir mejor, y solo atinaba a decir: ¿estás bien? ¿qué pasó? ¿estás bien?

YZ solo me decía: Miss, perdóname, perdóname es que no me pude aguantar… y seguía llorando desconsoladamente mientras que yo me rompía la cabeza imaginándome qué habría podido pasar para que se diera tal situación. En eso, me entregó lo que había escrito. (Debió decir más o menos esto, trato de respetar su estilo de  redacción)

A mí me gusta mucho comer, creo que hay cosas que me gustan más que las otras, pero si tengo que pensar en algo especial uno de mis platos preferidos es el arroz con huevo frito, mi mamá siempre lo prepara y le sale buenazo. Sobre al arroz blanco coloca el huevo con la yema casi cruda buenazo. Cuando tendríamos unos seis o siete años yo y mi hermano hacíamos carreras para ver quién llegaba primero para empezar a devorarnos lo que mi mamá nos preparaba cuando llegaba del trabajo. Esto también me hace acordar que estábamos contentos porque era riquísimo, pero también estábamos tristes porque mis papás se acababan de separar, y habían días que ella lloraba después de la comida, yo la veía a escondidas. Cuando nos fuimos a vivir a C no era fácil conseguir el arroz de acá pero mi mamá hacía lo posible para que le quedara como en Perú. Ahora que hemos regresado ya no cocina ella porque ahora vivimos con mis abuelos y a la empleada no le queda igual.

No sé por qué ahora que pienso en ese arroz con huevo frito, hasta me acuerdo del color del plato y el adorno que tenía pero me mucha pena y me emociono mucho acordándome…

El texto obviamente se detenía ahí.

Su pena era enorme, su llanto reflejaba cómo el recuerdo de una comida lo había hecho sentirse ese niño. Ponerlo por escrito había abierto una herida que él creyó cerrada.

Me vienen a la mente las palabras de Ruiz Zafón:  Los recuerdos que uno entierra son los primeros en perseguirte.