Archivos Mensuales: julio 2018

…y se fueron veinticinco.

 

CHorri

Más de una vez me han dicho que escribo poco de ti. Comentan que suelo mencionar mucho a tu hermana y que no casi no te menciono en mis posts. La gente tiende a generalizar y por ello, no recuerda que los padres nos relacionamos diferente con cada hijo (y viceversa). Por eso, escribir sobre ella es una cosa y escribir sobre ti, es otra.

Pero hoy es un día especial y lo amerita; sin embargo,  no sé qué puedo decir y menos, ponerlo en palabras. El lenguaje me queda corto para expresar lo que siento y me basta verte cada día cuando me das un beso antes de irte a trabajar y antes de irte a dormir.

Hoy cumples veinticinco años, pero para mí, no ha pasado ni un segundo cuando recuerdo lo que costó que llegaras sano y salvo a mis manos, cuando una friísima tarde de julio apareciste de forma prematura, porque no veías las horas de salir al mundo que ya te esperaba. Llegaste a este mundo para decir: ¡ya llegué! ¡estoy aquí! El Chorri llegó.

Viniste intrépido, aventurero, rebelde, impetuoso, travieso (¡Dios mío!…). Era  imposible que pasaras desapercibido. Hoy, ese bebé inquieto eres tú;  ese niño que perseguía una pelota de fútbol, eres tú; ese adolescente que cuestionaba cada orden que yo daba, eres tú: ecce hommo.

Eres tú, porque tu luz interior no se ha perdido y más bien, ha ido creciendo en todos estos años.

Una luz que me ilumina cada día, una luz que nos conecta de manera invisible; una luz que nos hace ver la vida de otra manera, y en donde tú tienes la paciencia de explicarme una y otra vez cómo es el mundo para ti. Una luz que no se cansa de enseñarme que no me preocupe por detalles que no valen la pena, que las cosas se tienen que decir cuando se tienen que decir. Una luz que ilumina tu humor agudo que destella ante el común. Una luz que nunca dice que no cuando le pido un favor.

Ha pasado mucha agua bajo el puente, hijo, y he sido testigo de todos tus esfuerzos, tus frustraciones, tus travesuras y el proceso de convertirte en lo que eres con tus aciertos y caídas. Has aprendido tanto y creo que yo nada. Has podido marcar diferencias  y seguir tu instinto. A mí en cambio, a veces me ha costado entender cada paso que das.

Eres lo que eres, no impostas nada porque ya la vida trae demasiados impostores. Eres generoso con tus acciones y muy mesurado con tus palabras: para qué hablar si no se tiene nada que decir que valga la pena. Y no eres perfecto ni lo pretendes, porque imperfectos nos hace mucho más humanos.

Para mí, los veinticinco años se detienen en estos minutos que uso para escribirte; porque seguiré siendo esa madre temerosa del mundo, esa madre que por encima de todo quiere estar siempre a tu lado –aunque algún día no sea así-  y que cree ingenuamente que nunca te ha fallado.

He rescatado de una carta que te envié cuando tenías quince años estas palabras: ofrece tu pecho para parar los golpes que vengan, defiende tus ideas con uñas y dientes, lucha por lo que creas justo y sobre todo verdaderamente humano. Esa fuerza interior es lo que yo veo como madre que llevas por dentro. 

Hijo querido, sigue marcando la diferencia.

Te quiero.

Tu ma’ aquí o en cualquier lugar.

 

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Una aventura que sigue y prosigue

No puede existir una celebración por el Día del Maestro sin pensar en los estudiantes. Ellos son, en su esencia, la razón de ser del trabajo que se realiza.

En los últimos años tengo el privilegio de trabajar con alumnos de todas las edades. Los rangos van entre los diecinueve y los ochentaicuatro años. Podrán ustedes imaginar los temas de conversación, el intercambio de ideas, las risas, las confidencias que van surgiendo cada semana y el aprendizaje privilegiado que yo recibo cuando ellos comparten sus propias reflexiones. A ellos va mi agradecimiento y mi homenaje.

A veces pienso que realmente no sé si les enseño pero lo que sí creo es que los ayudo a re-conocer el mundo con otras herramientas. El placer de mi jornada laboral sigue teniendo ese mismo sabor disfrutado cuando he sido profesora en una academia, en una universidad o en un colegio.

Hace unas semanas atrás, con uno de los grupos,  desarrollé el tema del Vanguardismo y se me ocurrió hacer un ejercicio que resultó sumamente interesante.

Los invité a realizar un “cadáver exquisito”: un tipo de técnica/juego utilizada especialmente por los seguidores de André Breton en el que los jugadores escribían por turno en una hoja de papel. Luego la doblaban para cubrir lo que habían escrito  y  pasaban el papel al compañero. Cada uno empezaba una historia nueva, en total teníamos varios textos, en prosa y en verso.

En el Día del Maestro quisiera compartir con ustedes dos resultados espectaculares, escrito a seis manos. Insisto e insistiré siempre, que la mayor felicidad de un profesor consiste en ser testigo de los alcances de sus alumnos.

PRIMER CADÁVER -cada cambio de letra corresponde al cambio de mano-

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 SEGUNDO CADÁVER 

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Cuando el misterio se develó y leí los resultados no podíamos salir de nuestro asombro.  Decidimos que estos dos eran los ganadores del ejercicio colectivo. Un gran experimento, dos cadáveres recontra exquisitos, un deleite del que hasta Breton habría disfrutado.

Gracias queridos alumnos porque semana a semana me siguen permitiendo compartir.

Gracias porque dan sentido a mi vocación.

Nada ni nadie ha podido empañar lo logrado. En algunos meses cumpliré treintaicinco años en este camino y todavía siento mariposas en el estómago antes de empezar cada sesión. Por eso, celebro con todos ustedes el seguir regocijándome con esta aventura de ida y vuelta: enseñar y aprender.