Archivos Mensuales: diciembre 2017

Carta a Papa Noel 20.17 versión 2

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Querido Papa Noel, hace unos días te había escrito una carta con humor, divertida y alegre. Pero hoy, decidí cambiarla íntegramente porque me duele el alma  y no puedo publicar algo que no siento. Tal vez, el próximo año lo haga –ojalá-.

Los dos últimos pedidos van con más optimismo.

Esta Navidad solo quiero pedirte:

1. Que inocules valor en todos los corazones de las mujeres, son tiempos difíciles y violentos los que vivimos. Cargamos con heridas oscuras en silencio y poco a poco vamos siendo testigos de dolores encarnados que están ahí y que, difícilmente, se irán. Sin embargo, con valor y fortaleza entenderemos que nosotras no somos culpables, que no somos putas, que no somos malas madres ni malas esposas. Entenderemos que en el trabajo no tenemos que dejarnos meter mano, permitir que nos respiren en la nuca y que no tengamos que sacarnos la mierda el doble para ganar la mitad. Valor, mi querido Papa Noel, valor en los corazones para seguir diciendo: ¡basta!

2. Será muy pero muy difícil que en los poderes del Estado, ¿consigas más “almas buenas de Sechuán”? Gente aguerrida, con huevos, comprometida con la justicia, con la búsqueda del bien colectivo, que luche día a día contra la mezquindad, la prepotencia y la cochinada, que hable con la verdad por delante, que no baje los brazos. Papa Noel, por favor! Los países se desangran, la gente muere víctima de la inoperancia de los sistemas, no solo el mío. Basta mirar el globo terráqueo para recordar a Mafalda diciendo: el mundo está enfermo. Sánalo, por favor

3. Para no perder el espíritu navideño (que no me encanta, como lo sabes) pero los que han hecho bien las cosas se merecen: el juguete de su infancia, revívelo, recíclalo, arréglalo. Todos necesitan recuperar algo perdido: un carrito, un tren, un trompo, una muñeca, una soga para saltar, un juego de jaxes, un pokemón, una varita mágica, el sombrero de Gillingan, un chocolate Golazo, la pelota de playa, el Corazón de Amicis o Mi planta de naranja lima, el avioncito de tecnopor, el tic-tac o el spirogragh. Algo de alegría no nos caería mal.

4. Para mi Perú: lo más  positivo que se me ha ocurrido…que como los colores de tu traje representan mi bandera, entonces… tal vez… maybe… quizás… perhaps… podrías plantarte frente a las oficinas de la FIFA y decirles que eres la “mascota” de la Selección y que POR FAVOR perdonen a Paolo… Anda… sí se puede. Necesitamos una noticia como esa!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Gracias adelantadas, y solo me queda decirte: relájate… ommmmmmmmmmmmm! Para ti, esta vaina es solo una vez al año y a nosotros los mortales nos ha tocado un diciembre con varios muñecos para quemar el último día del año.

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Arte a la bruta

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Una vez escuché en la universidad un concepto que llamó mi atención: “la experiencia estética”. Podía definirse –según la catedrática que lo mencionó- como la alteración de los sentidos que nace de la relación  establecida entre el objeto que uno observa y la psique del individuo; es decir: te toca, te sensibiliza, te afecta, lo sientes.

Si bien de niña, no sabía apreciar mucho el arte pictórico, siempre guardé con un cariño especial un libro que llegó a mis manos una Navidad: El pequeño museo para niños. No había explicaciones, solo los cuadros y sus autores… y a mí, me gustaba leer, no solo ver figuritas. Yo estaba acostumbrada a ver huacos, mantos Paracas, cerámicas pre-colombinas llevada de la  mano de lo que se respiraba en el ambiente familiar. De arte occidental, nada.  Confieso, era bien bruta. No obstante, ese librito quedó en mi recuerdo.

Cuando la adultez llegó, empecé a darme cuenta de que la vida de los seres humanos no podía deslindarse del arte: la pintura, el teatro,  la fotografía, la música y obviamente, la literatura se trenzaban, siglo tras siglo, en la evolución del género humano. Hubo avances, menos bruta.

El arte reflejaba un momento, una época, el alma de su creador y otros factores que no pueden ser medidos.

Al convertirme en profesora y en mi búsqueda de contagiar a mis alumnos “el disfrutar” de diferentes manifestaciones artísticas (especialmente de la literatura) me ayudé de la pintura  para que vieran cómo ningún aspecto de la creatividad marchaba ajeno a lo que el ser humano vivía. Lo sigo haciendo y creo que algo he aprendido. Concluyo que toda expresión artística es un producto y a la vez, una respuesta.

La primera vez que tuve la suerte de ver directamente la obra de uno de los pintores que más admiro, quedé paralizada frente a sus cuadros. CONMOCIÓN. Eso es lo que sentí y para los que me conocen, no creerán que el nudo se me quedó en la garganta y aguanté las ganas de llorar. Tal vez yo estaba viviendo una experiencia estética muy profunda…

Eso es lo que me pasa cuando entro a un museo. Hay obras de arte que me calan, que me afectan,  lo hacen tanto y de tal manera, que desestabilizan mi psique. Termino hecha polvo. Mi marido y mis hijos ya no se asustan cuando me quedo quieta en esta contemplación y me brotan lágrimas que reflejan la emoción del momento. No es que sea una plañidera, no es que ande llorando por los rincones por el contrario, casi nunca lloro (ahorren el psicoanálisis, por favor)  pero así como hay eventos ante los que me he ido protegiendo con el paso de los años, el arte me desarma y me condena a repensar muchas cosas.

Yo veo el arte a lo bruta, algo me gusta o no me gusta, no des-fragmento nada, no analizo forma, ni simetría, ni aspectos que seguramente los expertos hacen.

Video ergo sum, video ergo sentire.

Porque cuando entro a un museo, el arte es -para mí-  la Esfinge que me habla y es capaz, con su misterio, de derretir mi armadura.