Archivos Mensuales: septiembre 2017

Un día como hoy

Mica cumple 2017

Hoy cumpliré un año más de haber sido madre por primera vez. La hora: las 05:40 am. El día: un viernes 13. Cabalística perfecta para un número extrañamente mágico.

Creo que esperas que escriba algo un día como hoy  y este año no quiero decepcionarte. Sabes, además, que podría decirte esto en privado, imprimir estas palabras y dejarte una carta sobre tu cama. Pero, no puedo evitarlo, cuando pienso en ti, el pecho me tiembla de emoción y el corazón se me sube a la garganta como un cliché común, porque soy una mujer que gusta de los clichés, nos gustan los clichés. Y porque tu hermano no se va a poner celoso, porque lo sabe: eres la mujer de mi vida.

Llegaste a este mundo para decir: ¡ya llegué! ¡estoy aquí! Y desde hace veintisiete años has ido perfeccionando esa técnica;  a pesar de lo evidente por tus dimensiones es imposible que pases desapercibida. Tu luz interior te convierte en el faro que puede iluminar más de una vida. Viniste alborotada, impetuosa, curiosa, demandante, achorada y valiente, mil veces valiente, un millón de veces valiente. No me voy a cansar de decirlo: valiente, carajo.

Pero también fuiste una niña con temores y sé que a veces exageré hasta empujarte y pararte frente a ellos, mientras te decía: aquí estoy, no pasa nada, no te preocupes, aquí estoy. Hoy es al revés. Cuando incursionas en terrenos oscuros y desconocidos para mí, y mis temores me destrozan el estómago,  tú eres la que me dice: aquí estoy, no pasa nada, no te preocupes, aquí estoy. Y confío, confío, no me dejas alternativa.

Hace 9,862 días me regalaste la vida de madre, la magia de tus deditos posándose en mis mejillas y los besos lleno de baba. Esa magia que me confirmó que nos embronca lo mismo, como la injusticia del mundo; esa magia que nos ayudó a entender que la muerte solo es un paso que alivia el dolor. Esa magia que nos hace suspirar por Jon Snow y que me ayuda a aguantar estoicamente cuando tarareas la melodía de la serie de la manera más desentonada posible. Esa magia llamada complicidad.

La magia va con nosotros, la magia de las muchísimas de lecturas compartidas, de los viajes, de las fotos, de Fashion Emergency, de los memes, de los minions (nuestros clones), de los rompecabezas, de la salsa, de todo lo que tenemos planeado por hacer y por cocinar. La magia de la ropa compartida, la magia del “reggggggias y digggggggnas, sobre todo diggggggnas”, la magia de que tú pierdas mis cosas y  que yo encuentre las tuyas. La magia materna de querer meterme en todo y tu fineza de hija para que no vaya a lograrlo. La magia de reírnos y molestarnos, la magia de decirnos las verdades y de la jodida valentía de pedirnos perdón. La magia de los besos de moza y del crocante de manzana, de burlarnos de tu padre y de tu hermano. La magia de tratar, por encima de todo, de estar a tu lado y creer ingenuamente que nunca te he fallado.

¿Qué puedo regalarte hoy a manera de homenaje?

Pues solo la fuerza que tengo en mi corazón, que como bien ya sabes es tuyo; mi fuerza para ayudar a que cada día sigas brillando entre la bruma del estrés, mi fuerza para reír, mi fuerza para seguir protegiéndote a la distancia, mi fuerza para entender que todavía me necesitas… pero ya no tanto. Y aunque me quede sin fuerzas… que mi fuerza siempre te acompañe, mi princesa.

El mundo está ahí, complejo y salvaje. Sigue bien plantada, tu inteligencia es tu espada; tu sensibilidad es tu estrategia;  tu corazón, el mejor escudo.

¡Felices días por venir!

Tu madre

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Estrechez de corazón

 

mascaras

                Máscaras                         Anamaría McCarthy

Releer a los clásicos cada día cobra más importancia. Los lectores contemporáneos pueden confirmar que libro y lector funcionan por un efecto “espejo”. Nos reflejamos en el texto, y el texto nos refleja.

Si bien Otelo es una tragedia en la que destaca el tema de los celos, hay varios elementos fundamentales que terminan en un segundo plano como la envidia, la mentira y la manipulación.

De lejos destaca Yago, quien no es un personaje secundario. Por el contrario, está extraordinariamente configurado. Este construye una estrategia para destruir al moro que vive su momento de gloria: amado por una mujer que supera los prejuicios raciales y sociales de la época; admirado por los nobles de Venecia y requerido por su capacidad de liderazgo para comandar la lucha contra los turcos. En conclusión: presa fácil de la envidia.

Otelo fue víctima de esa envidia y si bien era una personaje complejo por su propia naturaleza, todas las piezas que Yago movió encajaron para que la vida del moro se convirtiera en una desgracia. Shakespeare representa, a través de  sus personajes, las pasiones más sublimes del ser humano como el amor y también las más sórdidas como los celos, la rivalidad, el deseo por lo ajeno. Si a ello le agregamos un par de gotas del veneno perfecto, la mentira: voilá!

Yo no sé mis queridos lectores si alguna vez habrán sido víctimas de un plan sistematizado y tan estudiado como el de Yago.  Una partida de ajedrez: el rey con poco espacio para huir y a merced de un peón, un caballo, un alfil, una torre, su misma reina.

Otelo cree en la amistad de Yago, confía sus íntimos secretos; como amigo, este último conoce sus debilidades, su vulnerabilidad y la usa en sus planes. Yago convoca a los tontos e ingenuos, planea, mueve sus fichas, saborea la derrota del moro, es un ser enfermizo cuya satisfacción radica en la destrucción de su general, de ese lugar que ocupa por mérito propio. Otelo no le debe nada a nadie, Yago en cambio, le debe mucho a Otelo. Este último cae enredado en la maraña, y con él los elementos fundamentales de su vida: la mujer que adora, su trabajo, sus compañeros.

¿Es esta tragedia una obra estancada en el Renacimiento inglés? ¿O es un clásico actualizado que puede repetirse en la vida cotidiana una y otra vez?

Los “Yagos” existen. Su mezquindad es tan grande que su propia infelicidad es el alimento para su estrategia, su droga, su adrenalina. Al  final de la obra todos los que cayeron en su juego terminaron compartiendo la culpa y la sangre. Venecia, ya sin Yago ni Otelo, sigue su curso con algunos en los que la historia se ve como accidental y lejana.