Archivos Mensuales: agosto 2017

Un hito en la vida

1982

Todo ser humano guarda en su corazón fechas que han sido definitivas en su vida, también podemos hablar de años buenos y años malos. Años que uno ha vivido bajo la sombra de la desgracia o por el contrario, que dejaron recuerdos maravillosos. Tal vez el amor define la selección,  tal vez – por el contrario  – es la muerte o la cercanía a esta la que deja una huella imborrable, tal vez la lectura de un libro nos sacude de tal modo que la perspectiva del mundo cambia. Tal vez la suma de todos los elementos anteriores.

En lo personal tengo dos años que reconozco como transcendentales en mi vida. Hoy, me detengo en el primero.

1982 marcó mi historia personal para siempre. Ello básicamente debido a tres hechos trascendentales: una decisión profesional, un libro que leí y mi primer beso. De lo último hablaré otro día.

1982: “Las Malvinas son argentinas”, Ebony and Ivory, Thriller, las películas Reds y Carros de fuego, la última vez que el Perú fue a un Mundial, García Márquez ganaba el Nobel de Literatura, la Nueva Trova en su esplendor.

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Cuando estaba en Estudios Generales, tuve un jefe de práctica de Filosofía que lanzó una pregunta al aire: ¿están seguros de tomar decisiones correctas? ¿están seguros de que la carrera que han elegido pertenece a ese conjunto de decisiones correctas? Quedé desalentada dándole vueltas a la decisión que tenía en mano: ser abogada. Y junto con la pregunta filosófica mi mente trabaja a mil y la desorientación -con altas dosis de cobardía- me torturaron varias semanas. Enfrentar a mi madre y decirle que el sueño de SU vida no se iba a concretar fue una traición a la patria. Tienes que ser lo que yo no pude ser. Todavía veo su rostro, ambas sentadas en la cocina, tomando un café mientras que yo le transmitía mi decisión. Lágrimas, increpaciones, desilusión, defensa, miedo, terquedad. Te vas a morir de hambre, no vas a llegar a ningún lado, no vas a ser nadie (el español y su doble negación). Al conocer mi decisión, mi padre, parado en una lejanísima orilla, veía a otro lado: en el fondo disfrutaba el macabro espectáculo de la pena que al haber expresado mi voluntad causaría en mi relación con su ex-mujer. Tiempo complicados. Me dije: a los dieciocho años es momento de mostrar valentía, te crees dueño del mundo le duela a quien le duela, a la mierda, voy por ello. Destrocé un sueño pero cumplí el mío. Cuando murió, exactamente veinticinco años después, siguió convencida de que hubiera sido mejor abogada que la profesional en la que me había convertido.

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Curso: Ética. Profesor: Hernán Silva Santisteban. Lectura obligatoria: Demian de Hermann Hesse. Edad: 18 años. Situación emocional: desbrujulada.

Mi interior reventó en menos de doscientas páginas. La novela llegó en el momento preciso, aquel en el  que emergía de una apesadumbrada adolescencia y llegaba al agreste camino de la madurez;  el mundo se presentaba con tantos matices que solo asumía mi humana condición de ser una más de las partículas del gran universo. Emil, Max, Frau Eva, Kromer, todos los personajes me decían algo. Y con mucha fuerza sentía que mi vida se reflejaba interminablemente en ese libro que mi profesor me había obligado a leer. Una sala de espejos.

“La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el intento de una camino, el esbozo de un sendero. Ningún hombre ha llegado a ser él mismo por completo; sin embargo, cada cual aspira a llegar, los unos a ciegas, los otros con más luz, cada cual como puede. Todos llevan consigo, hasta el fin, los restos de su nacimiento…”

Demian me hablaba a mí: “algo había en mí mismo que no estaba en orden sino en franco desorden”. “…es bueno tener conciencia de que en nosotros hay algo que lo sabe todo, lo quiere todo y lo hace todo mejor que nosotros”.

El mundo empezó a mostrarse de otra manera, los errores de mis padres tan influyentes en mí empezaron a perder poder, la vida universitaria empezó a entrarme por los poros y con ella: la libertad. Salir al mundo, saber que había algo más allá de refugiarme en una conocida y segura zona de confort. El ave rompe el cascarón. La voz interior levantaba su volumen, la búsqueda de una identidad, tener valor. Pensar. Max Demian había hablado.

Cuando 1982 terminó y con él,  la primera etapa de mi educación universitaria. Mi corazón me pertenecía y de ahí, estuve preparada para compartirlo.

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En la memoria

1 Niñas en escalera

Croacia, antigua Yugoslavia, 1939

Entre los gustos que he tenido en los últimos tiempos, destaco el hecho de haber  acompañado a una hermosa y sensible mujer a cumplir con un sueño postergado. Su fortaleza y su valentía me han enseñado, a lo largo de un especial proceso, que el ser humano es capaz de hacerse y rehacerse muchas veces. No importa qué edad tengas. Me hizo repensar en lo valioso que es estar rodeada de personas que crean en ti, en tus ilusiones, porque precisamente a veces estas se terminan prorrogando al surgir otros responsabilidades que pasan a ser prioridad.

Deponemos los sueños, por cumplir con otras cosas, tal vez igual de importantes en su momento. Pero no hay que perder la esperanza de lograrlo. No es tarde, nunca es tarde para ponerle ganas y dar rienda suelta a un proyecto. Si ya esperamos, por qué seguir haciéndolo.

 Escuchar su historia me marcó. Releer cada dolor sufrido, cada carencia, cada señal de desesperanza me movió en lo más profundo. La fe, el temple, la valentía, pudieron mantenerla entera; frágil, quizás, pero entera. No hay dramatismo, hay testimonio. No hay dolor, simplemente vivencia. No hay pena, solo melancolía. No hay resentimiento, solo amor.

Sin querer esta mujer me ha confirmado que uno puede volverse inmortal mientras haya alguien que siempre te recuerde, mientras vivas en el pensamiento del otro, mientras un corazón te convoque. En su recuerdo ha sido capaz de resucitar a personas, verlas, evocarlas, sentarlas a la mesa. Están  vivas mientras habiten en su memoria.

Todos tenemos derecho a llevar nuestros propios cadáveres, los personales, los íntimos. Todos tenemos derecho a cargar nuestros espíritus familiares, cercanos o dejar que estos se pierdan en el olvido. Del mismo modo, ganamos el derecho de que nos recuerden o nos olviden, ya dependerá de qué forma lo haga el otro.

Si quieren saber algo de esta historia no duden en escribirme, el producto lo tengo en mano. Es una obra maravillosamente humana.

Todas íbamos a ser reinas

collage 4

de Cecilia Arrópide

Todas íbamos a ser reinas.

Cuando éramos niñas, más de una vez, soñamos que éramos princesas. Bella, Ariel, Cenicienta, Blanca Nieves, entre otros personajes de los cuentos infantiles nos hicieron vivir, por momentos, por segundos, la maravillosa fantasía de sentirnos esas protagonistas vulnerables a la espera del príncipe que vendría a rescatarnos montado en su corcel impetuoso. Éramos niñas, ingenuidad e ilusión. Para eso está la infancia, para vivirla así.

Por lógica, en un lugar muy lejano donde no existía el tiempo, en el “vivieron felices para siempre”, lo natural era que la princesa del cuento se convirtiera en una reina. Todas íbamos a ser reinas.

Tiempos oscuros para aquellas princesas de cuentos, tiempos de seguir callando por miedo. Tiempos de violencia, tiempos de realidad. Tiempos de egoísmo, tiempos de competencia. Tiempos de envidia y de maldad.

Muchas niñas no pueden ni siquiera pensar en parecerse a esas princesas, porque cuando deberían estar jugando ya están trabajando y no precisamente como la Cenicienta a la que se le aparece el Hada Madrina, o son víctimas de algún ogro negro que se traga su infancia con una lujuria enfermiza y soterrada.

Muchas jóvenes no se libran de lo anterior, y pasan de mano en mano en un ultra conocido mercado de carne que las reduce a eso, a un pedazo sin sentimientos ni corazón. Y su fantasía queda en la mente iluminada por una pequeñísima luz de esperar a su príncipe anhelado. En la otra mano, algunas sacrifican algunos de sus valores por querer ser amadas, y caen en ser complacientes con su compañero deponiendo sus propios sueños, sus planes de progreso, porque él prefiere la zona de confort y la arrastra a una comodidad en que ella cree que es feliz. Ellas también iban a ser reinas. 

Tal vez,  las que caminan al encuentro de su reino, para ser la luz  de ese hogar del “había una vez, en un país muy muy lejano”, voltearán la cabeza para comprobar que el príncipe en cuestión se convirtió en un monstruo egoísta, repulsivo que la maltrata y la insulta y ella, calla. Calla porque en ese círculo vicioso está condenada a pasar sus días apresada en la torre del castillo, con barrotes más gruesos que los reales, con una dependencia que ni ella entiende y en un encierro que pareciera no tener final. Sola no irá a ninguna parte, volver al bosque no es una solución, es difícil que otro príncipe la escoja y vuelva a ser reina. Mejor malo conocido, aunque pasen los años.

Todas íbamos a ser reinas nosotros íbamos, pretérito imperfecto indicativo. Tan imperfecto como lo es la vida. Y en una retórica pero humana pregunta digo: ¿Por qué mejor no empezamos a usar el verbo ser en presente indicativo?

Todas somos reinas, todas somos reinas…Repítelo, y créelo.