Archivos Mensuales: julio 2017

Deseo y realidad

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Primos Molina, Mérida 1926

Como padres muchas veces (por no decir, siempre) queremos que nuestros hijos sean de un determinado modo. Es una falacia repetir en alta voz y  hasta el cansancio, quiero que mi hijo sea feliz, quiero que haga lo que le guste y se sienta bien, quiero criar un hijo libre, etcétera.  Seamos honestos: en el punto inicial, cuando arrancamos la larga caminata de la crianza nos ponemos (y LES ponemos) metas a las que hay que llegar. Más de una vez, he escuchado a una madre o a un padre decir: mi hijo no es como yo esperaba… (¡!!)

¿Qué hacer si sentimos que mientras crecen no dan la talla? Y seguimos tirando de la carreta y ajustando con discusiones, exigencias, frustraciones y llantos. ¿Qué hacer ante la señales de alarma? Cuando nos retumba sobre la cabeza la sentencia “árbol torcido, nunca endereza”. No podemos salir corriendo, no podemos encerrar a la criatura, no podemos impedir que crezca y, con el perdón de la audiencia… no podemos impedir que la cague de vez en cuando.

¿Qué hacer si nos tocó un hueso duro de roer? Hijos con una personalidad que parece inmoldeable o rebelde o floja o hijos que quieren volar y experimentar sin límite alguno. A veces nos mantienen en vilo caminando sobre el filo del precipicio y nosotros, padres cándidos, creemos que apresando esas ganas de libertad los estamos cuidando más y protegiéndolos de ellos mismos.

Sufrimos, claro que sufrimos… puesto que toda evolución supone un sufrimiento. Sufrimos más si esa evolución no la podemos manejar nosotros, otra falacia. Toda transición supone dolor, toda metamorfosis supone romper un cascarón.

¿Cambiamos? ¿Estamos dispuestos a cambiar?  ¿Dispuestos a ser flexibles? ¿Dispuestos a vigilar, pero a la distancia? ¿Tenemos disposición para entender que en  esa particular relación padres/hijos es donde tenemos que usar más sabiduría y autocontrol que nunca?

Tenemos que entender que su proceso es nuestro. Su camino a la madurez es nuestro pero a la vez, no nos pertenece. Suena contradictorio y cierto. Nos quieren y no nos quieren, los queremos y no los queremos, y cuando no lo hacemos (quererlos) sentimos culpa. Si se equivocan, la culpa es más grande todavía.

¿Dónde me equivoqué yo? Es la primera pregunta que surge… ¿dónde pasé por alto este detalle? Y el mundo y la duda siguen girando alrededor de nosotros cuando en realidad la llegada de la estabilidad está en cuán bien manejemos los hilos que empiezan a disolverse.

 

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No importa

 

 

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Un día como hoy no importa. Porque sabes que es un saludo a la bandera y que un feliz día viene como vienen otros más.

Un día como hoy no importa. Porque ves que la espontaneidad se va perdiendo con los años y que ese chiquitín que te miraba con admiración ahora, a veces, te mira diciéndote que de nada sirve lo que le explicas porque de nada le va a servir cuando esté en la universidad.

Un día como hoy no importa. Porque eres consciente de que te has llevado al menos unos 120 exámenes para corregir en casa y le dijiste que no a la propuesta de ir al cine con tu pareja porque era mejor avanzar un poco y que el trabajo no se acumulara para el fin de semana. Eso de jornada laboral de ocho horas, parece una comedia negra.

Un día como hoy no importa. Porque das fe de que a tu coordinador no le interesa cómo te llevas con tus otros compañeros y si el clima laboral está cargado, es mejor mirar a un lado porque tú sigues rindiendo como siempre.

Un día como hoy no importa. Porque hay padres que solo te ven como un/una babysitter de ocho de la mañana a tres de la tarde de por lo menos unos cien críos casi en simultáneo.

Un día como hoy no importa. Porque sabes que a pesar de tus intentos vas a tener un chico perdido en clase, soñando despierto, sin ganas de estar ahí porque nosequémierdamepasa cuando en realidad, si sus padres lo aceptaran, en otro colegio y con otro sistema  estaría mejor pero no puedes decirlo.

Un día como hoy no importa. Porque compruebas que las cosas que se te ocurren podrían funcionar para que los chicos aprendan mejor pero tus innovaciones caen en saco roto porque hay que cumplir con el programa.

Un día como hoy no importa. Porque si le llamaste la atención a XYZ mañana su madre pedirá una cita y vendrá muy oronda a enseñarte cómo debes tratar a su hijito.

Un día como hoy no importa. Porque es inútil tus años en la universidad,tus títulos, las capacitaciones, las especializaciones, la experiencia. Siempre habrá alguien con un PhD que te dirá: ah, verdad que tú solo eres docente. Recuerda, para muchos eres un profesional de segunda categoría.

Un día como hoy no importa que todo lo anterior sea verdad.

Porque en una cómplice mirada en clase, en un gesto afirmativo, en un saludo de buenos días, en un gracias de unos padres considerados y humanos, en una voz que te dice ¡hola! cruzando todo un supermercado para saludarte veinte años después de no haberte visto, en un rostro  curioso que cruza los 50´s y sigue aprendiendo gracias a ti, en esos lugares puedes confirmar el inmenso valor de tu trabajo.

Un día como hoy te importa a ti.