Archivos Mensuales: junio 2017

En busca del padre perdido

 

telemaco

La literatura está llena de páginas que buscan exorcizar y a la vez, expresar todos los nudos que se observan en el mundo paterno-filial. El niño que ve a su padre trabajando y que de adulto carga sus cenizas para echarlas al mar.  La huella de alguna frase pronunciada por un padre que marca para siempre. El padre que muere intempestivamente, los hijos que recuerdan. El padre que abandona, los hijos rencorosos. El padre solucionador e invasivo, el padre violento, autoritario. El padre ausente.  El hijo que busca. El hijo solitario.

En una obra muy antigua hay un adolescente que extraña a su padre. Un adolescente que necesita un padre para salvar su noción de hogar. Un padre que ponga orden y tenga autoridad. Sale a buscarlo pero su intento es inútil. Es el padre quien termina yendo a su encuentro y logrando así un final feliz.

En la actualidad se habla del complejo de Telémaco . El hijo que busca un padre durante su adolescencia y suele convivir con uno que, al no querer ser como el que tuvo, decide asumir un rol de amigo y cómplice. Yo diría, de “pata”. Yo quiero ser pata de mis hijos.  ¿Cuántas veces escuché esa frase? Fantasía laberíntica de la que a veces se entra pero no se sabe cómo salir. Por eso, el Telémaco de hoy busca a su padre, lo busca porque lo necesita. El padre cubre esa necesidad con objetos, con promesas, con amistad. Pero el joven no quiere un amigo, tiene muchos, los escoge, lo selecciona. Su padre no está, quizás estuvo de niño y luego se esfumó y en la adolescencia, cuando lo busca, no lo encuentra.

Ausencia, que palabra tan grande. Vacío que a veces mal ayuda a dibujar una figura que no coincide con la realidad. Me gustaría que fuera así, pero no puede. Me gustaría que estuviera, pero está trabajando. Me gustaría que escuchara, pero no sabe. Me gustaría que riera más, pero no tiene motivos. La ausencia llena de “peros”, que ayudan a entender la vida del padre cuando se necesita un cable a tierra y la presencia de la  madre no es suficiente.

Pienso en todos los padres que he conocido, incluyo al mío desde luego: hombres severos, juiciosos, célebres, trabajadores, algunos fallecidos a destiempo. Padres que quisieron manejar dos familias y fallaron en el intento. Padres que no pudieron con una sola. Padres que no supieron serlo y ni siquiera lo intentaron porque no estaba en agenda o era lo último de su lista, o consideraban que  para la crianza estaba la mamá. Por otro lado, padres de mis alumnos, padres de mi generación  que a pesar de tener una visión más moderna,  tomaron el camino de la patería y empujaron a sus hijos, sin saber, en su propia soledad.

Sobre ellos, destacan los buenos padres, buenísimos padres, de esos de sacarse el sombrero, de esos que hacen malabares para -literalmente- cumplir con todas las exigencias que la vida y la sociedad les plantea.

Esos son los que no se presentan a sí mismos como ejemplares ni se jactan de ello, ni compiten con otros padres con obvias evidencias, ni es el que produce más o le cumple todos los gustos a sus hijos; sino los que son conscientes de sus limitaciones y las expresan verbalmente, sin culpas.

Creo que sí se puede hablar de buenos y malos padres, la línea que los separa se llama responsabilidad y amor expreso. Nada más. Intentándolo harán el mejor trabajo.

Esos son los padres que todos necesitamos.

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¿Por qué te gusta leer?

 

 

Mujer Leyendo Fernando Botero 2003

Mujer leyendo, Botero

Mi casa estaba llena de libros. Quienes hayan conocido a mi padre pensarán que es obvio. Sin embargo, su escritorio/biblioteca era el santuario de un hombre que necesitaba el espacio propio y privado que, como tal, el solo pensar sacar un libro de ahí me parecía un sacrilegio. Diariamente, recorría los estantes con la mirada y repasaba aquellos libros empastados en guinda cuyos títulos destacaban en letras doradas sobre un pequeño recuadro negro, los tocaba, los olía. Paredes cubiertas de libros, mesas cubiertas de revistas, copias, la máquina de escribir eléctrica, fotos, mapas, slides, al fondo de la habitación en un atril con ruedas, un diccionario gigante – el Webster– abierto al azar. – Esos libros son para grandes – me decía. El mundo se me hacía más vasto, pero vivía con la ilusión de que algún día empezaría a entender.

No obstante, en el segundo piso había un par de libreros con puertas de vidrio en los que se veía la Enciclopedia Barsa –que me salvó toda la vida escolar- y los libros de mi madre. Caridad Bravo Adams, Corín Tellado, Sidney Sheldon, Irving Wallace de un lado, y a la vez Wilde, García Lorca, Tolstoi, García Márquez, Papini, Malraux, Víctor Hugo y Dumas. Había también colecciones de cuentos infantiles rusos y españoles, que otrora habían sido de mis hermanas mayores y cuando empecé a leer pasaron a ser de mis favoritos. Como ya he comentado alguna vez, no hubo Navidad en mi vida en la que yo no recibiera de regalo un libro, e incluso colecciones completas. Las primeras lecturas, Mujercitas, Hombrecitos, La cabaña del tío Tom, las Rimas de Bécquer.

Siempre, en una repisa de color turquesa descansaban decenas de viejas Vanidades, Buenhogar, Archie, El Pato Donald… – la memoria me obliga a mencionar que en casa de mi amiga Claudia F. engullía las Susy –Secretos del corazón- ¡porque mi mamá no me dejaba leerlas!- Mis hermanas me tenían prohibido leer Cosmopolitan, que obviamente devoraba apenas me cruzaba con una “por casualidad”.

En el carro de mi papá,  el viejo Citröen color plata, había cuanto material escrito imaginarán: no importaba el trayecto ni el tiempo de espera que a veces pasábamos cuando él hacía sus visitas médicas y le servíamos de compañía. Yo tomaba cualquier revista que había en el asiento y leía de aquellas historias de plantas, avances quirúrgicos, estudios arqueológicos, el Time; curiosamente, no recuerdo periódicos.

Así se pasó mi infancia, y en la adolescencia esas típicas horas de soledad, de hormonas revueltas, del noséquémierdamepasa buscaron consuelo en miles de páginas variopintas. No había filtro para la lectura.  Jane Eyre marcó mi vida para siempre.

Entonces, me gusta leer porque solo sé que crecí entre libros y revistas. Leer nunca fue un castigo, nunca fue una obligación y si tengo que hablar de la mejor herencia que me dejaron mis padres, ambos recalco, fue esta.

Confieso que no he leído todo lo que me gustaría, hay muchísimos clásicos que me quedan todavía por conocer, contemporáneos que ni conozco, y de otro lado, hay  libros que ya debo haber leído unas diez por gusto o por razones de trabajo (que para mí es lo mismo). Hoy, por ejemplo releía pasajes del Quijote y reía más que la primera vez que lo hice. Hay argumentos que ya no recuerdo -creo que a veces incluso, los re-creo,  títulos que guardo en la memoria y no sé a quién le pertenecen, autores que están en mi cerebro y olvido qué escribieron. El disco duro empieza a fallar, es inevitable.

Sin embargo, tampoco leo tanto como debería, tengo vicios que no me avergüenzan confesar; mis mayores secuestradores:  los brazos de Netflix y oír el silencio.

Me hiciste esta pregunta hace unos días, mi querida C, espero haberte contestado con la sinceridad que sabes me caracteriza.

Y tú ¿por qué lees?