Archivos Mensuales: enero 2017

Sabor a libertad

moma-4

Contemplaba extasiada durante buen rato cómo una madre le enseñaba a montar bicicleta a su hijo de cinco años. Yo desde mi ventana me quedé en pausa mientras que ella no hacía más que darle aliento, vítores y otras maravillosas palabras que servían de impulso al crío aventurado y a la vez temeroso que tenía la imprudencia de correr riesgos y dominado por el miedo que una situación como esa suponía.

Un gran reto en la vida, aprender a montar bicicleta. Ese momento en el cual no estás consciente de que es una de esas habilidades que, una vez adquirida, llevarás contigo siempre aunque no practiques habitualmente.

Cada uno de nosotros ha tenido su propia experiencia de aprendizaje y de hecho, podrá haber sido tensa y traumática. Habrá dejado, literalmente, sangre, sudor y lágrimas en la empresa pero la libertad de pedalear libremente paga toda herida contraída en la batalla. Montar bicicleta cuando eres niño es lo más cercano que hay de volar.

Me la regalaron mi primera bicicleta cuando me recuperaba de haber tenido varicela (no por Navidad porque recuerden que siempre Papa Noel me traía lo mismo). No tenía rueditas auxiliares, y a mi papá se le ocurrió subirla al segundo piso porque yo estaba con “descanso médico”. Sin embargo, eso no fue impedimento para que me subiera al asiento y sin sacar el parante que la mantenía en pie,  me trepara a realizar mis primeros pedaleos. Curiosamente, iba de la sala de tv hasta el final del corredor montando y desde luego, rayando todo el piso. Lo simpático es que no recuerdo que mi madre se hubiera molestado porque el parquet quedó hecho moco, puesto que con una buena mano de cera todo quedó arreglado. Mi alegría debe haber sido tan grande que mi memoria ha inmortalizado solo lo bueno.

Al sanar venía la prueba, si no subía el parante/la pata y montaba de frente sola no iba a ver ninguna experiencia ciclística hasta nuevo aviso. Mi padre me llevó al parque,  recuerdo claramente sus palabras: confía, no mires para atrás  y pedalea, el resto viene solo. Se paró detrás de mí poniendo su mano en la parte posterior del asiento y corrió conmigo unos cuantos metros. Sin anestesia me dio un buen empujón repitiendo severamente dos de las instrucciones: ¡¡¡no mires atrás, pedalea!!!! No recuerdo caída, al menos en ese momento. De hecho, me saqué la mugre luego más de una vez. A los ocho años me sentía tan libre como podía serlo y en esa época podíamos salir a montar solos por la cuadra y dar vueltas libremente antes de que cayera la noche.

Cuando aprendes a montar bicicleta empiezas a entender el concepto de libertad, no mires atrás, pedalea termina siendo simbólico para cualquier niño que empieza a descubrir el mundo; para un adulto, una lección de vida.

Anuncios

Oda a la naturaleza

Soy de esas almas privilegiadas que vive mirando a un parque. Muy privilegiada porque es un honor, a pesar del avance urbanístico de la ciudad, abrir el ojo viendo la copa de los árboles.

En los cuatro años que ando por este barrio he visto con el pasar del tiempo la incrementación de aves. Felizmente que no sufro de ninguna fobia vinculada a los pájaros y miren que conozco a más de una persona con ornitofobia severa. Por ejemplo, ni siquiera pueden ver un pollo a la brasa entero porque le dan arcadas.

Cuando salía a trabajar muy temprano en la mañana, me levantaba –literalmente- antes que los pájaros, en plena oscuridad mi día empezaba rayando el alba y mi mente ocupada desoía los sonidos de la naturaleza. Zambullida en la rutina del cotidiano me ponía en modo avión y actuaba como robot hasta llegar al trabajo.

Hoy, mis horarios han cambiado y mis nuevas ocupaciones laborales me permiten despertar un poco más tarde y hacerlo a la par del trinar de los pajaritos. A mi cabeza los versos de Fray Luis de León cuando bien decía:

Despiértenme las aves

con su cantar sabroso no aprendido

Creo que son unos mirlos negros los que cantan sabrosamente todas las mañanas, lo hacen por encima de las cuculíes –que no me simpatizan, por invasivas y conchudas- . Confieso que estas últimas sí me despiertan un asco terrible. Para mí, son ratas voladoras.

cuculi

Mi vecina CZ que vive con mayor cercanía a la copa de los árboles como que no considera que el cantar sabroso lo sea tanto. Me perforan el oído, cito.  No sé si en la colectiva imaginación la imagen de la película de Hitchcock viene a las mentes de los vecinos, pero podría ser.

los-pajaros-de-htcock

A las 5.39 am arranca la melodía por lo menos durante unos 20 minutos. En invierno la función comienza a eso de las 6.07 am. Ya todo está calculado, les he seguido la pista y vivo alucinada con su puntualidad. La naturaleza es sabia, dicen. Sabia y exacta.

mirlo

Pero hay un placer mejor todavía, la hora del crepúsculo.

Durante el invierno pasadas las 5 de la tarde arranca el coro; durante el verano la presentación se retrasa un poco. García Lorca entonces llena el escenario…La hora aciaga puede ser también pura.

“El viento se llevó los algodones
a las cinco de la tarde.
….
Ya luchan la paloma y el leopardo
a las cinco de la tarde….”

A las pruebas me remito….

https://www.youtube.com/watch?v=OrNXLcMIdaI

Y en una milésima de momento, casi imperceptible: callan. Las voces se apagan. Hasta el día siguiente.

Lienzo en blanco

Hoy tenemos ante nosotros el primer día útil del año. Aunque no me gusta eso de útil porque los días que no se trabaja no debería contarse como una fecha antónima por naturaleza. Cada día es productivo a su manera. El ocio también lo es.

Cambiar de año es un tanto cabalístico, y en realidad si bien es un hito que se imprime con ilusión en los calendarios y en las agendas, también es una bolsa de deseos y aspiraciones.

Dejamos un año con la mochila pesada. Para muchos el 2016 ha sido una maldición, los conflictos sociales, los atentados, Trump, la intolerancia religiosa, la repartija del mundo, la lista innumerable de talentos que se han ido apagando (aunque varios quisieron que se apagara Arjona), la “grandeza” de nuestro Congreso, la asquerosa corrupción, el tráfico, la delincuencia, y la lista puede seguir. He visto un spot de la CBS en el que se insiste en la frase: Fuck 2016! No dejan de tener razón.

Evidentemente han pasado cosas buenas, pero los seres humanos tenemos la tendencia a priorizar lo malo, la tragedia, lo negativo y con facilidad olvidamos que tal vez este año… nació un niño esperado, nos curamos de una enfermedad complicada, conservamos el trabajo, pudimos pagar el préstamo, leímos buenos libros, conocimos  personas extraordinarias, recuperamos amigos perdidos, culminamos alguna meta, comimos un buen chocolate o un buen ceviche en grata compañía, tomamos una copa de vino, dimos cálidos besos, disfrutamos de una obra de teatro, nos envalentonamos, dijimos “no” varias veces, conocimos nuevas ciudades, miramos a nuestros hijos a los ojos, reconocimos nuestros errores, dejamos de mendigar afectos, protestamos en una marcha, nos reímos, nos reímos, nos reímos.

Tenemos la posibilidad de un re-inicio, un re-comenzar, un re-loaded. Pero hay que ser sinceros. Solemos desperdiciarla. ¿Cuántas dietas se han empezado al arrancar el año? ¿Cuántos planes de ahorro? ¿Cuántos viajes planeados? ¿Cuántas veces hemos dicho, este año nos vemos de todas maneras, voy a ser más ordenado, voy esforzarme más en mi chamaba/estudios, seré más responsable, dejo de fumar, visito más a mis viejos, bla, bla, bla.

Dicen que el camino al infierno está lleno de buenas intenciones pero al menos tratemos de ser más optimistas, y tomemos una buena intención, trabajemos en ella. Que ESO precisamente será nuestro norte en el lienzo en blanco que la vida nos regala una vez al año.

Me gusta el Año Nuevo y les confieso que yo misma recomencé mi vida hace unos años atrás un día como este.

Les dejo en buena onda estas palabras finales.

Un consejo: No argumentar si están molestos ni prometer si están alegres, ambas son decisiones incorrectas.

Un lema: suma lo que te sume y resta lo que te reste.

¡En sus marcas! ¡Listos! ¡Yaaaaaaaaaaaaaaaa!