Archivos Mensuales: diciembre 2016

Un remember navideño

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Árbol familia McCarthy Oliva

 

Ordenando papeles antiguos he encontrado un par de cartas a Papa Noel con letra de niña, insegura, los primeros trazos de letra corrida en una hoja de block papel carta, tiene aún una suerte de cenefa con aviones y letra pequeña que dice AIR MAIL.

La carta petitoria es puntual, enumera tres cosas, supongo que con el deseo de que al menos una llegara al solicitante.

Papa Noel: creo que me he portado bien este año y solo si puedes solo quiero una de estas tres cosas. Feliz navidad.

  • Un caja registradora, la roja con teclas amarillas
  • La casa de la Barbie
  • Una pista de carros

Porsiacaso, todo lo venden en “La Calleja”.

Nótese que en esta, se indicaba al destinatario en cuestión hasta el lugar donde podía adquirir la mercadería. La vieja librería de la esquina fundada en los 60’s -a la sazón, sigue viva en otro local-.

*

Viví la infancia en otros tiempos menos acelerados y mi madre no se hacía mucho problema en Navidad.

En mi casa no se ponía árbol, a lo más un bonsai de los que mi padre cultivaba, era decorado con algunas mini bolas rojas y eso era todo. Sin embargo, no faltaba jamás el nacimiento comprado en Oeschle. Tampoco, el afiche en la ventana de la parroquia que se guardaba de un año a otro hasta que se hacía moco: No hay Navidad sin Jesús –que nazca en ti– versaba el mensaje y se pegaba con cinta adhesiva. Luego, había que sacarlo con cuidado “para que dure”.

Los papeles de regalo salían de un cajón del closet en donde había además, lazos y moños que se guardaban durante el año y como mi mamá congelaba todo, siempre había un panetón que había sobrado del año pasado y era el primero en colocarse en un plato con su cuchillo respectivo para que uno fuera, al paso, cortando un poquito “para probar”.No estoy diciendo que fuera amarrete, solo que así era como se vivía antes: los reyes del reciclaje y los abanderados de  nada se desperdicia.

Repito, mi madre no se hacía problemas, no se alocaba con las compras, iba de paseo, a ver las vitrinas del Centro, a ver las vitrinas de la Avenida Larco. Yo quería tener un árbol como el de la tienda Yolanda pero era feliz con el bonsái que estaba en la mesa de la sala.

*

Pero volvamos a las cartas. Mencioné que había encontrado dos cartas. En la otra, fechada dos años después, se pide exactamente lo mismo.

  • Un caja registradora, la roja con teclas amarillas
  • La casa de la Barbie
  • Una pista de carrera.

Y en esta segunda lectura la memoria me jugó una mala buena pasada que cerré con una carcajada.

Todas las Navidades mi mamá –léase Papa Noel- me regalaba lo mismo.

  • Tres libros –para leer durante los tres meses de vacaciones-.
  • Una pelota vinibol.
  • Una pijama.
  • Un balde de playa.
  • Un libro para colorear.

Entonces yo pensaba, pobrecito, estará muy gastado comprando regalos para todos los niños del mundo o tal vez no sabe dónde queda “La Calleja”. No obstante, cuando el mito cayó, mi madre muy práctica no cambió los regalos. Y tímidamente ya más crecida (de edad, desde luego) pregunté por qué nunca llegó nada de lo que yo pedía. ***

La caja registradora era una porquería de plástico que se iba a romper ni bien abrieras el cajón para meter tu plata de juguete. Además no la ibas a usar más de una semana. La casa de la Barbie, olvídalo, es cara y  para qué necesitan las muñecas una casa si cuando acaba la tarde todas se van a la caja de madera donde las guardas. La pista de carreras ¿para qué quiere una mujercita, una pista de carrera?

En cambio, SUS regalos cumplían un objetivo. Me la pasaba leyendo en mi tiempo libre y me convertí en una ávida lectora; jugaba volley con mis amigas o contra la pared y  mientras la estatura no me pasó la factura, pertenecí al equipo del colegio. Tenía mi pijama nueva y se me invitaban a un “pijama party” no había problema. A la playa íbamos todos los fines de semana y tarde o temprano, el mar se llevaba la pala o el trinche. El libro de colorear fue lo único no que cumplió su cometido. Hasta hoy, cuando pinto mandalas me salgo de la línea.

Para cerrar, solo les cuento que mi madre conservó hasta el final su modus operandi. Todas las navidades yo recibía un libro y una pijama. ¡Mi marido y mis hijos, también!

*** los juguetes llegaban en el año, la Bajada de Reyes traía lo suyo y los cumpleaños también. Pero esos…

 

 

 

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Dentro o fuera

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Encontramos personas que se paran en la cancha con tal liderazgo que pueden decir/decidir quién es digno de pertenecer a su círculo o no. Se observa en los círculos laborales tanto como en los amicales, y en estos últimos esas dinámicas resultan inclusive dolorosas y malsanas.

Se configura una suerte de logia o “mini reino” en el cual funcionan unas reglas similares o parecidas a un sistema feudal: o estás dentro del feudo o no lo estás. Al ganar la confianza del líder o los líderes, se respira una especie de seguridad, de bendición,  es como estar bajo el halo de protección y que no te pasará nada. “Felizmente es mi amigo/a” lo dice una voz interior, aunque no queramos reconocerlo. Porque obviamente preferimos –como al señor feudal- tenerlo de amigo que de enemigo.

No te pasará nada, siempre y cuando te sometas a las reglas pre-establecidas. Reglas que tal vez nunca se han dicho, reglas que tal vez ni siquiera has intuido. Pero sigues el juego, entras en la dinámica.

Sin embargo, pobre de ti si te equivocas. Si hacer algo  que no gusta. Si dices la verdad, si eres sincero, si te opones al juego, si criticas lo criticable. Un error, un simple error muchas veces involuntario, o incluso ajeno, puede condenar a un individuo a que la manada lo condene al ostracismo: castigo que los antiguos griegos utilizaban para expulsar a aquellos que consideraban sospechosos o peligrosos para la ciudad. Ojo, no eran criminales, solo que al perder la confianza de la masa, caían en un abismo profundo de desprecio.

Hoy podemos ver que una de las caras más comunes del ostracismo es la cotidiana ley del hielo. La gente te deja de hablar, te ignora, te castiga con su desprecio, te baja el dedo como en la antigua Roma, te saca del reino. Empieza a respirarse un ambiente tenso porque se callan cuando el apestado aparece, se cambian de sitio, se retiran, no sonríen, solo hacen muecas forzadas y a veces, el pobre condenado (gratis) no entiende ni un carajo lo que está pasando. Peor aún, empieza a preguntarse qué hizo para que la atmósfera se le vuelva irrespirable. Nadie le dice nada. Lo abandonan a su suerte y lo dejan sumido en la ignorancia.

Y este ostracismo no tiene edad, no tiene nacionalidad, no tiene bandera. Se te aplica y punto, no hay retorno.