Archivos Mensuales: noviembre 2016

Estocolmo literario

 

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-Sombras literarias- Leonardo Faibich

 

Hace unos diez años atrás me encontré casualmente con una amiga en una librería buscando una buena novela y ella, tomando un ejemplar me dijo: lee esto, te vas a sorprender, no logro entender hasta qué límite un autor puede ser así de creativo.

No les voy a decir el nombre ni del autor ni de la novela. Cuando empecé mi lectura recuerdo que llevaba mi libro a clases y mientras que los chicos leían en la hora que teníamos destinada a compartir ese placer,  yo aprovechaba en avanzar lo propio. Llegado el momento, me di cuenta que no podía seguir leyendo. Había algo entrampado en el texto que me lo impedía. Me daba vergüenza hacerlo en público.

Los que me conoces dirán: ¿tú? ¿vergüenza? Lo digo en serio. No podía verme rodeada de gente. Sentía que lo que el autor había logrado transmitirme era tan íntimo, tan sórdido que la interacción entre el texto y el lector (en este caso yo) solo era permitido en soledad sola. No una soledad abstracta, sino una soledad real.

Me volvió a pasar hace poco leyendo otro texto, contenía unas escenas tan duras que el dolor que este transmitía no me permitían leerlo de un tirón. Era como compartir un testimonio doliente y el narrador me ofrecía a compartir la pesada carga de su mochila y yo, creo que indefensa, no me sentía capaz de acompañarlo.

Lo que me confirma que leer no es solo un placer, también es sufrimiento y desgarro porque sentimos, vivimos y nos transportamos a una tierra ignota en donde no sabemos qué habrá agazapado detrás de la esquina que resulta el voltear la página. ¿Qué me sorprenderá? ¡Qué me querrá decir ahora, maldita sea! ¿Podré soportar una vez más que me tire al piso para escupirme su verdad a la cara? ¿incluso, sabiendo que puedo cerrar el libro en cualquier momento y huir con toda la libertad que me da ser SU lector?

Novelas que me han secuestrado, que me han dejado amordazada, encadenada a su ficción.

“…la creación de la palabra y vida existían y, cogidos de la mano danzaban ante mí llamándome como si les faltara uno para jugar.” Amelia Martínez

 

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Desde dentro

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“Quiso mirar y encontró un paraíso
Quiso mirar y encontró el infierno
Quiso mirar lo que siempre nos duele
Quiso mirarse por dentro”
José Antonio Quesada

 

Cuánto se puede decir, cuántas fotos podemos publicar, cuántos rencores podemos guardar, cuántos perdones podemos otorgar.

Cuántas palabras podemos compartir, cuántas historias podemos fabular, cuantas versiones podemos tamizar, cuántos cuentos podemos creer.

¿Cuánto nos podemos mentir?

La vida está llena de errores, deslices, pecados, caídas. Tenemos la tendencia de culpar a los demás de aquello que no logramos, de sueños truncos, de proyectos inconclusos y peor aún, solemos decir que lo que vive el otro es porque se lo merece: “debe ser por algo”.

¿Cuántas veces, cuando no te han salido las cosas como querías asumiste que el error era tuyo? Y tuyo, no por confiar en otros, TUYO totalmente. Tomaste decisiones equivocadas, la cagaste.  Tal vez no tenías las habilidades necesarias para obtener buenos resultados.  Tal vez eras muy bueno para aconsejar pero no tanto para mirar tu propia vida.

En más de una ocasión miramos al otro parados en un peldaño y eso precisamente nos impide ver nuestro propio terreno.  Por eso es que siempre le dices a los demás que todo está bien, que estás totalmente tranquilo con tu vida, que eres feliz, que no tienes problemas. Todo está bien, no necesito a nadie. Y cuando la gente te pregunta y tú le cuentas las historias de cómo has salido adelante y te pintas como campeón, te convences de que todo está bien.

¿Cuánto nos podemos mentir?

Todos nuestros hijos son buenos, recuerda. Todos los maridos son afectuosos y todas las esposas devotas. Todos los infieles aparecen de la nada y todos seguimos atados a destinos que no merecemos porque los otros están equivocados. Todos vamos a cambiar y todo va a mejorar, porque en el fondo, pocas veces nos equivocamos ¿no?.

Tú más que nadie  eres el mejor en mentirte. Te convences todos los días de que eres un sobreviviente de fatalidades y no te das cuenta de cuántos errores has cometido y si bien, eres como eres debido a mil factores que se han conjugado a tu favor (o en tu contra), resulta que no tienes el valor necesario para para ver las propias cartas que estás jugando.

Criticas, juzgas, lapidas, insultas, rajas, intrigas, demandas, te encaprichas, dramatizas, exageras, victimizas.

¿Te has mirado por dentro, te has mirado sin que nadie más te vea?

María y Juan, simples diferencias

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1. Mientras María retiene todo, los problemas, los recuerdos, el papelito, la servilleta, el líquido acumulado, la grasa en la cadera,  la celulitis, el rencor, ergo: retiene lo habido y por haber…porque todavía me acuerdo que hace cinco años, tres meses y cuatro días me dijiste que… En cambio, Juan suelta todo, resuelve el problema y lo descarta, lo da por terminado. Sin embargo puede que no guarde “recuerditos” pero muchos tienen colecciones enormes de cosas inimaginables. Yo tengo un Juan con hartos rasgos de María en este aspecto, gracias a Dios varios testigos para confirmarlo.

2. María es multifocal, puede hacer mil cosas a la vez, hablar, pensar, tejer, ver televisión y encima echarle un ojo al hijo. Pero cuidado, a veces por abarcar tanto se nos pueden estar escapando las vacas. Se dice que Juan es monofocal, si ve tele el resto del mundo no existe. Ojo, que puede simular que le presta atención a lo que María dice, pero desconfíen de ello. Algunos Juanes argumentan que con la tecnología empieza a descubrir cierta posibilidad de hablar del multi tasking pero no le daría mucha fe. Del mismo modo, como esa premisa es realmente histórica muchos se esconden inteligentemente tras esa tara mental cuando lo que ocurre es que le llega al perno lo que María está diciéndole y la ignora, tan simple como eso.

3. Las Marías resolvemos nuestros conflictos hablando, dándole vueltas, compartiendo con otras Marías, analizamos, y encima a veces ni los resolvemos, los terminamos complicando… Los Juanes en cambio, resuelven sus conflictos en silencio y recién cuenta lo que les pasó cuando este ya esté resuelto, o no lo cuentan nunca. Es más, se perturban cuando María les insiste en : Amorcito, pero cuéntame que te pasa… Error garrafal: no va a contar, al menos en lo inmediato. Mejor es esperar. Lo interesante es cuando ELLOS toman la iniciativa de contarlo, eso ya es otra cosa. Curiosamente, las Marías ponemos cara de circunstancia para que él nos pregunte si nos pasa algo… y seguiremos con esa cara… porque son pocos los que preguntan… porque adivinen cuál será la respuesta en tono sufriente “…mmm nada, no me pasa nada”. Él, obviamente, asume que efectivamente es así y no pregunta más…

4. Algo que siempre me ha llamado la atención es que cuando las Marías llegan a la adultez, suelen dejar de jugar: ¿se ve seguido a alguna adulta jugando jaxes, por ejemplo?. Ellos en cambio, siguen con sus partiditos de fútbol. He aplaudido siempre esa diferencia y la envidio enormemente. Alguien dirá que las María también se reúnen a jugar cartas, por decir algo, pero sí hay una diferencia fundamental. Como dijimos en el punto (2) , juegan pero a vez conversan, chismean, pero falta “sudar la camiseta”.

 

5. Las Marías, tenemos la “insanía” de no saber valorarnos. De estar pendientes de lo que dicen de nosotras, de preocuparnos de cómo lucimos y encima de minimizar las alabanzas. Los Juanes, auténticos, les llega altamente… son orgullosos per se.  Hasta con su guata chelera se sienten sexies, si no se han afeitado… más… ¿nosotras?

De hecho, estoy es una generalización bien básica… pero está ahí, en nuestro disco genético, sea social, sea antropológico, sea genérico…. como quieran llamarlo. Igualmente, hay muchos Juanes con comportamientos de Marías porque la crianza de ciertas generaciones ha venido con cambios reales y tangibles; por otro lado, muchas Marías  han adquirido la practicidad de los Juanes.  Tal vez esto se aplica en la vida laboral pero si lo miramos bajo el microscopio es porque María siente la exigencia de comportarse como Juan.