En busca del padre perdido

 

telemaco

La literatura está llena de páginas que buscan exorcizar y a la vez, expresar todos los nudos que se observan en el mundo paterno-filial. El niño que ve a su padre trabajando y que de adulto carga sus cenizas para echarlas al mar.  La huella de alguna frase pronunciada por un padre que marca para siempre. El padre que muere intempestivamente, los hijos que recuerdan. El padre que abandona, los hijos rencorosos. El padre solucionador e invasivo, el padre violento, autoritario. El padre ausente.  El hijo que busca. El hijo solitario.

En una obra muy antigua hay un adolescente que extraña a su padre. Un adolescente que necesita un padre para salvar su noción de hogar. Un padre que ponga orden y tenga autoridad. Sale a buscarlo pero su intento es inútil. Es el padre quien termina yendo a su encuentro y logrando así un final feliz.

En la actualidad se habla del complejo de Telémaco . El hijo que busca un padre durante su adolescencia y suele convivir con uno que, al no querer ser como el que tuvo, decide asumir un rol de amigo y cómplice. Yo diría, de “pata”. Yo quiero ser pata de mis hijos.  ¿Cuántas veces escuché esa frase? Fantasía laberíntica de la que a veces se entra pero no se sabe cómo salir. Por eso, el Telémaco de hoy busca a su padre, lo busca porque lo necesita. El padre cubre esa necesidad con objetos, con promesas, con amistad. Pero el joven no quiere un amigo, tiene muchos, los escoge, lo selecciona. Su padre no está, quizás estuvo de niño y luego se esfumó y en la adolescencia, cuando lo busca, no lo encuentra.

Ausencia, que palabra tan grande. Vacío que a veces mal ayuda a dibujar una figura que no coincide con la realidad. Me gustaría que fuera así, pero no puede. Me gustaría que estuviera, pero está trabajando. Me gustaría que escuchara, pero no sabe. Me gustaría que riera más, pero no tiene motivos. La ausencia llena de “peros”, que ayudan a entender la vida del padre cuando se necesita un cable a tierra y la presencia de la  madre no es suficiente.

Pienso en todos los padres que he conocido, incluyo al mío desde luego: hombres severos, juiciosos, célebres, trabajadores, algunos fallecidos a destiempo. Padres que quisieron manejar dos familias y fallaron en el intento. Padres que no pudieron con una sola. Padres que no supieron serlo y ni siquiera lo intentaron porque no estaba en agenda o era lo último de su lista, o consideraban que  para la crianza estaba la mamá. Por otro lado, padres de mis alumnos, padres de mi generación  que a pesar de tener una visión más moderna,  tomaron el camino de la patería y empujaron a sus hijos, sin saber, en su propia soledad.

Sobre ellos, destacan los buenos padres, buenísimos padres, de esos de sacarse el sombrero, de esos que hacen malabares para -literalmente- cumplir con todas las exigencias que la vida y la sociedad les plantea.

Esos son los que no se presentan a sí mismos como ejemplares ni se jactan de ello, ni compiten con otros padres con obvias evidencias, ni es el que produce más o le cumple todos los gustos a sus hijos; sino los que son conscientes de sus limitaciones y las expresan verbalmente, sin culpas.

Creo que sí se puede hablar de buenos y malos padres, la línea que los separa se llama responsabilidad y amor expreso. Nada más. Intentándolo harán el mejor trabajo.

Esos son los padres que todos necesitamos.

¿Por qué te gusta leer?

 

 

Mujer Leyendo Fernando Botero 2003

Mujer leyendo, Botero

Mi casa estaba llena de libros. Quienes hayan conocido a mi padre pensarán que es obvio. Sin embargo, su escritorio/biblioteca era el santuario de un hombre que necesitaba el espacio propio y privado que, como tal, el solo pensar sacar un libro de ahí me parecía un sacrilegio. Diariamente, recorría los estantes con la mirada y repasaba aquellos libros empastados en guinda cuyos títulos destacaban en letras doradas sobre un pequeño recuadro negro, los tocaba, los olía. Paredes cubiertas de libros, mesas cubiertas de revistas, copias, la máquina de escribir eléctrica, fotos, mapas, slides, al fondo de la habitación en un atril con ruedas, un diccionario gigante – el Webster– abierto al azar. – Esos libros son para grandes – me decía. El mundo se me hacía más vasto, pero vivía con la ilusión de que algún día empezaría a entender.

No obstante, en el segundo piso había un par de libreros con puertas de vidrio en los que se veía la Enciclopedia Barsa –que me salvó toda la vida escolar- y los libros de mi madre. Caridad Bravo Adams, Corín Tellado, Sidney Sheldon, Irving Wallace de un lado, y a la vez Wilde, García Lorca, Tolstoi, García Márquez, Papini, Malraux, Víctor Hugo y Dumas. Había también colecciones de cuentos infantiles rusos y españoles, que otrora habían sido de mis hermanas mayores y cuando empecé a leer pasaron a ser de mis favoritos. Como ya he comentado alguna vez, no hubo Navidad en mi vida en la que yo no recibiera de regalo un libro, e incluso colecciones completas. Las primeras lecturas, Mujercitas, Hombrecitos, La cabaña del tío Tom, las Rimas de Bécquer.

Siempre, en una repisa de color turquesa descansaban decenas de viejas Vanidades, Buenhogar, Archie, El Pato Donald… – la memoria me obliga a mencionar que en casa de mi amiga Claudia F. engullía las Susy –Secretos del corazón- ¡porque mi mamá no me dejaba leerlas!- Mis hermanas me tenían prohibido leer Cosmopolitan, que obviamente devoraba apenas me cruzaba con una “por casualidad”.

En el carro de mi papá,  el viejo Citröen color plata, había cuanto material escrito imaginarán: no importaba el trayecto ni el tiempo de espera que a veces pasábamos cuando él hacía sus visitas médicas y le servíamos de compañía. Yo tomaba cualquier revista que había en el asiento y leía de aquellas historias de plantas, avances quirúrgicos, estudios arqueológicos, el Time; curiosamente, no recuerdo periódicos.

Así se pasó mi infancia, y en la adolescencia esas típicas horas de soledad, de hormonas revueltas, del noséquémierdamepasa buscaron consuelo en miles de páginas variopintas. No había filtro para la lectura.  Jane Eyre marcó mi vida para siempre.

Entonces, me gusta leer porque solo sé que crecí entre libros y revistas. Leer nunca fue un castigo, nunca fue una obligación y si tengo que hablar de la mejor herencia que me dejaron mis padres, ambos recalco, fue esta.

Confieso que no he leído todo lo que me gustaría, hay muchísimos clásicos que me quedan todavía por conocer, contemporáneos que ni conozco, y de otro lado, hay  libros que ya debo haber leído unas diez por gusto o por razones de trabajo (que para mí es lo mismo). Hoy, por ejemplo releía pasajes del Quijote y reía más que la primera vez que lo hice. Hay argumentos que ya no recuerdo -creo que a veces incluso, los re-creo,  títulos que guardo en la memoria y no sé a quién le pertenecen, autores que están en mi cerebro y olvido qué escribieron. El disco duro empieza a fallar, es inevitable.

Sin embargo, tampoco leo tanto como debería, tengo vicios que no me avergüenzan confesar; mis mayores secuestradores:  los brazos de Netflix y oír el silencio.

Me hiciste esta pregunta hace unos días, mi querida C, espero haberte contestado con la sinceridad que sabes me caracteriza.

Y tú ¿por qué lees?

Lo falso, lo apócrifo

Hace un tiempo atrás circuló un texto llamado “La marioneta…”  atribuido a Gabriel García Márquez. Habrá sido en el 2005 diciendo que como al autor colombiano le habían diagnosticado cáncer linfático había decidido escribir ese testimonio creativo. En ese entonces, al menos a mí, me llegó en un power point musicalizado, recontra meloso.

Si supiera que hoy fuera la última vez que te voy a ver dormir, te abrazaría fuertemente y rezaría al Señor para poder ser el guardián de tu alma. Si supiera que esta fuera la última vez que te vea salir por la puerta, te daría un abrazo, un beso y te llamaría de nuevo para darte más. Si supiera que esta fuera la última vez que voy a oír tu voz, grabaría cada una de tus palabras para poder oírlas una y otra vez indefinidamente. Si supiera que estos son los últimos minutos que te veo diría “te quiero” y no asumiría, tontamente, que ya lo sabes. Siempre hay un mañana y la vida nos da otra oportunidad para hacer las cosas bien, pero por si me equivoco y hoy es todo lo que nos queda, me gustaría decirte cuanto te quiero, que nunca te olvidaré.

Luego, el propio GGM se vio obligado a  dar una declaración pública diciendo que él sería incapaz de escribir una cosa tan espantosa como esa… cito: “Lo que me puede matar es que alguien crea que escribí una cosa tan cursi. Esto es lo único que me preocupa“.

Borges no ha contado con tanta suerte. Aparecieron estos poemas póstumos en algún momento que por años dieron vueltas por ahí diciendo que eran de su autoría: InstantesDime y Aprendiendo. La verdad es que los tres pueden tener una gran aceptación, finalmente poesía hay para todos los gustos.

Dime por favor donde estás 
en qué lugar puedo ser tu ausencia 
dónde puedo vivir sin recordarte, 
y dónde recordar, sin que me duela. 

Dime por favor en qué vacío, 
no está tu sombra llenando los centros; 
dónde mi soledad es ella misma, 
y no el sentir que tú te encuentras lejos. 

Dime por favor por qué camino, 
podré yo caminar, sin ser tu huella; 
dónde podré correr no por buscarte, 
y dónde descansar de mi tristeza. 
(….) 
Dime por favor cuál es la noche, 
en que vendrás, para velar tu sueño; 
que no puedo vivir, porque te extraño; 
y que no puedo morir, porque te quiero.

Pero finalmente, aquí no importa quién lo haya dicho primero, quién es el autor, o si queda bien una firma o la otra. Lo que importa es el mensaje. Claro, que un nombre conocido siempre le da cierta autoridad pero igual, y quizás por eso circula y circula y falsamente admiramos o nos conmovemos con las palabras de un determinado autor.

Sin darnos cuenta en el día a día, más allá de poner una frase simpática en el Facebook, un buen poema, la cita destacada de una obra también hacemos lo mismo y sin querer (queriendo) ponemos frases en boca de autores equivocados.

 

Esto me lleva a una segunda reflexión más mundana.

Salvando distancias a todos les gusta las historias apócrifas, entiendo por este término “lo que no es auténtico o no es obra de la persona a la que se atribuye”

−¿Sabías que X ha dicho que Y odia a Z?

−Y, ¿quién te lo dijo, X?

−No, yo no hablo con X, pero Fulana me lo contó de buena fuente.

−Y ¿crees que X habrá dicho realmente eso?

Obvio, ya sabes, si Fulana me lo ha jurado, que a ella le ha contado un íntimo, pero no se lo digas a nadie, ah?

Y bla bla bla.

Vivimos en una sociedad apócrifa, donde muchas veces valoramos más, mucho más la historia antes que la verdad porque es más entretenida.

¿Quién hizo a quién?…

familiares_0003

Isla Negra, 1998

Fui  madre relativamente joven, a los treinta años los dos habían llegado a mi vida y no tenía la menor idea de lo que iba a funcionar y no iba a hacerlo durante su crianza. Yo no soy buena o mala madre, soy lo que ellos han hecho de una mujer medianamente educada, medianamente leída, medianamente juiciosa y medianamente intuitiva.

¿Qué tipo de madre ha hecho de mí Micaela?

Micaela despertó en mí una valentía desconocida y una paciencia insospechada.  Fue una niña llorona y pataletera y me enseñó con creces a respirar hoooooondo antes de decir o hacer algo que la pudiera marcar de por vida. Me adiestró a reírme de sus chistes malos, a celebrar cumpleaños, a minimizar errores. Su paciencia me ha hecho más paciente, su alegría me ha hecho más alegre, su discreción me han hecho más respetuosa y su directa sinceridad me han movido el piso siempre. Todavía me cuesta acompañarla sin preguntar, pero entiende que ha construido justamente una madre que sigue aprendiendo de sus “pruebas/errores”. Y sobre todo, me obligó a entrenarla como mujer empoderada, defensora de sus ideales, a repetirle cada día que el tamaño no hace al héroe sino la grandeza de sus actos.

¿Qué tipo de madre ha hecho de mí Alejandro?

Alejandro hizo de mí una madre guerrera desde que decidió salir al mundo a los seis meses de embarazo y tuve que mantenerlo bajo control. Arriesgado como es, me enseñó a correr riesgos, a preocuparme menos por el “qué dirán”. Me retó siempre a contestar las preguntas más inusitadas que se le podían cruzar por la cabeza y a darme cuenta de que no podía manejarlo todo. Los niveles de paciencia alcanzados con su hermana subieron en grado superlativo y sus “por qué” me dieron la habilidad de explicar cada una de mis órdenes… me convirtió en un ser más analítico. Con él aprendí a formularle preguntas que me dieran respuestas más desarrolladas que un simple: chévere, sí, no, no sé…  Todavía me cuesta acompañarlo sin hablar, a entender su silencio, todavía sigo aprendiendo de su humor negro y me sigo sorprendiendo de su capacidad de razonar. Me obligó a entrenarlo como un hombre que sabe respetar un “no”, a enseñarle a valorar el trabajo y a repetirle cada día que el tamaño no hace al héroe sino la grandeza de sus actos.

Ambos impidieron contraer la ceguera del amor maternal predicando que tenía hijos perfectos. Por el contrario, he reconocido sus yerros y he aplaudido (y lo sigo haciendo) de pie sus aciertos.

Hay dos frases fundamentales que han configurado mi vida en los últimos años. La primera: si no sueltas no podrás agarrar cosas nuevas. La segunda: algunas decisiones no se toman en un día adecuado, se toman cuando tienes los huevos para hacerlo.

Saquen sus conclusiones cuál es de quién.

Soy madre, soy de ellos, soy su hechura. Sin ellos, no tendría el título… ni huevo, ni gallina. Solo “mamá”.

#mellega

Descanso ll 30 x 30 cm

Imagen de: Cecilia Arróspide

Confirmo y reconfirmo que con la edad o si quieren que suene mejor con la cantidad de vueltas que damos alrededor del Sol, hay cosas que aguanto menos y otras, que increíblemente, me resbalan y no me afectan en lo absoluto.

En los tiempos que corren, rodeados de desastres, de egoísmo y que la intolerancia está a la vuelta de la esquina siento que dentro de mí crece un #mellega producido por varias situaciones.

Mi pentálogo catártico #mellega , queda corto… pero no los quiero agobiar.

  1. #mellega los prepotentes, los que meten el carro, los que no saben usar el “por favor”, los que se meten en la cola, los que piensan que subiendo la voz tienen más poder, lo que manejan a la gente sobre la base del miedo especialmente cuando la jerarquía social les da poder per se.
  1. #mellega los que jalan agua para su molino, los que buscan aprovechar la menor oportunidad para quedar como héroes,  los que no pueden ser anónimos y alardean, los que te preguntan cómo estás solo para quedar bien,  los que se golpean el pecho e impostan la voz para aparecer como salvadores de la patria. Por sobre todo, #mellega el hipócrita, #mellega, #mellega.
  1. #mellega la gente tóxica, la que inventa historias, la que se pone siempre de víctima, la que es incapaz de ver más allá, la que solo escucha una parte  y da por hecho que todas  las cojudeces que le dicen son verdad, la que sabotea las relaciones humanas, la que tira caca al ventilador para joder a todos, la que después de difamar a alguien no se hace responsable de lo que dice, no da la cara y se pone una máscara de asombro, #mellega.
  1. #mellega la gente que no sabe lo que es ser un humano, porque cree que la humanidad radica en ser heterosexual, en ser macho, en tener plata, en tener estudios, en tener carro, en ser blanco, en ser religioso,  en tener hijos,  en ser soberbio, en saber cómo “sacarle la vuelta a la situación” jugando sucio,  en ganar, en ganar y no importa cómo.
  1.  Y por encima de todo, #mellega el que se aprovecha del esfuerzo ajeno, #mellega el angurriento, el que no paga sus impuestos, el que no formaliza a sus trabajores para no gastar (por decir lo menos) el que quiere tener más sin importar a quien machaque o a quien sangre, o a quien perjudique… #mellega el corrupto, #mellega el corrupto, #mellega el corrupto, #mellega el corrupto, #mellega el corrupto, #mellega el corrupto.

A ti, ¿qué tellega?

Condenada por mi culpa, por mi gran culpa

DSC05371 (2)

He esperado que decanten un poco las neuronas para poder hilvanar mis ideas y escribir estas palabras. Tenía la sensación  meses atrás que algo andaba mal en mí. Tenía miedo. Las cosas habían empezado a ser distintas y por momentos mi cerebro me hacía malas pasadas. Me sentía como cuando uno busca un antiguo documento en su computadora con la lupita y pasan minutos decisivos en ubicarlo. Mis amigos me consolaban diciendo que también les pasaba lo mismo, que era un tema de estrés.

Mientras tanto yo sucumbía en lo que calmaba mis angustias, en lo que me daba un oasis, una paz interior, me refugiaba en mi sofá en silencio absoluto en una de las cosas que aprendí pronto a hacer: leer.

Y en eso vino, poco bienvenida,  la devastadora sentencia: la lectura produce Alzheimer. Entendí. Qué terrible, qué futuro, que cercano el final.

Me di cuenta entonces que durante años había sido verdugo de mí misma; una suicida por gotero, cada página recorrida desde aquel lejano cuento infantil que leí sola por primera vez Piel de asno de Perrault hasta el Homo Sapiens de Harari. ¡Dios! Todos los personajes tan cercanos resultaban siendo una maldición desde Jane Eyre hasta Lizbeth Salander, desde el cuento del chanchito precavido que construyó su casa de ladrillo hasta el inolvidable Aureliano Buendía.

Ay de las lecturas clandestinas, ay de las lecturas iluminada de linterna cuando me mandaban a dormir, ay de la novela que mi madre me prohibió, ayes por doquier.

Pero no solo eso. Los profesores hemos contribuido a inocular el bichito de la lectura en cientos de alumnos que se defendían a capa y espada, que no querían leer, que buscaban resúmenes en “El rincón del vago” para hacer sus trabajos, sin darse cuenta de que a su vez también estaban leyendo. A lo mejor alguno sí lo sabía y justamente esa era la razón por la que nos hacía la guerra y resistía, resistía.

A su vez, hemos formado transmisores terribles de este “síndrome”, fomentando la escritura en el aula: esos maravillosos espíritus creadores que vuelvan sus sueños, sus fantasías, sus demonios, sus vivencias en un objeto letal: el libro.

Pido perdón a mis alumnos por mi ignorancia, pido perdón porque parte de su deterioro mental será mi culpa, pido perdón a mis hijos y a mi marido a quienes torturé con recomendaciones, regalos y comentarios. Perdón a mis amigos. Vuestro detrimento cerebral será un poco mío.

Supongo que la vida se encargará del cobro. He decidido acelerar el proceso para sufrir menos por lo que tomaré grandes dosis de páginas escritas de todo tipo. Bienvenido sea el verbo LEER.

A todas…

figura-y-fondo

Figura y fondo, Patricia Laos

Nunca mejor que hoy, un encuentro casual. Hace más treinta años lo leí por primera vez y en ese entonces me impactó su valentía y crudeza.Lo sigue haciendo, porque eso deben hacer los poemas que no pierden su esencia: tocarnos en la fibra sensible siempre, aunque pasen los años. De María Emilia Cornejo.

SOY LA MUCHACHA MALA DE LA HISTORIA

soy
la muchacha mala de la historia,
la que fornicó con tres hombres
y le sacó cuernos a su marido.

soy la mujer
que lo engañó cotidianamente
por un miserable plato de lentejas,
la que le quitó lentamente su ropaje de bondad
hasta convertirlo en una piedra
negra y estéril,
soy la mujer que lo castró
con infinitos gestos de ternura
y gemidos falsos en la cama.

 soy
la muchacha mala de la historia.

8 de marzo, para las muchachas malas de la Historia.