El círculo completo

La nochevieja no estaba completa sin una cena engalanada con un pavo horneado en la mesa. La vieja tradición familiar se repetía una y otra vez, y Lita esperaba ansiosa todo lo que eso suponía.  En casa, era la obra suprema, el resultado de algunos días de trabajo pertinaz, comprometido y dedicado de una persona, su madre.

Solía llegar a casa en alguna mañana ya alborotada con todos los preparativos, los encurtidos coloridos en los frascos brillantes y transparentes, las frutas secas maceradas en licor que luego pasarían a la masa azucarada que acabaría en el horno para ese bizcocho cuyo sabor solo se repetía una vez al año. El árbol desempolvado, las luces trejas que daban batalla para poder encenderlas. El ambiente artificial se estaba preparando.

En un costal de tocuyo, hacía su digna aparición el señor pavo pechugón moviéndose inquietamente. Lita, de la mano de su madre la ayudaba a abrir la puerta y recibía tremendo paquete que algún paciente de su padre regalaba para agradecerle la dedicación: el ave criada en su propio corral. Llegaba vivo y coleando, el tímido glú-glú se escuchaba a través de la tela desteñida como un lamento del que sabe a lo que está condenado. Al soltarlo en el patio el  plumaje negro brillaba bajo el especial sol que ilumina el pueblo en esa época de  diciembre.

Ana, la madre, miraba al señor pavo y surgía un primer diálogo de los siguientes días.

−Te voy a engordar, bonito. Tú eres la estrella de la casa. Te hemos esperado todo el año.

Entonces Ana lo amarraba de una pata a una tubería externa que había en el patio colindante con la cocina. Luego, iba alimentándolo día a día, mientras que el señor pavo glugluteaba interrumpiendo el ruido cotidiano de casa. Agazapada desde la puerta del patio, Lita iba a visitar al pavo desde lejos, era casi de su tamaño, tenía miedo,  y a la vez cierta atracción por tremendo animal, te van a matar, te van a matar…

Hasta que llegaba el día en el que  Ana se ponía su mandil de cocina y unos guantes gruesos. Se acercaba al señor pavo y le sujetaba el cogote con una mano para con la otra, empezar a darle un biberón de aguardiente: glup, glup, glup… Desde la puerta del patio, Lita observaba el espectáculo. El señor pavo empezaba a dar vueltas sobre su eje hasta que caía ebrio, rendido. Entonces,  con una fineza de dama, Ana le daba un par de vueltas al pescuezo e ipso facto le volaba la cabeza, como el satrecillo valiente que mató siete de un golpe. Acto seguido, el señor pavo de cabeza (sin cabeza) dentro de un cubo.

Como quien realizaba un trabajo de filigrana, la madre daba inicio a la ceremonia del desplume; el otoño, al fiesta del alcaucil,  hoja por hoja, pluma por pluma. Sentada en un banco de madera con alguna estación de radio como fondo musical. Había cierta poesía en esa escena: el colchón de plumas, las baladas de Nino Bravo, la ilusión de la pronta navidad, el pavo muerto en una suerte de striptease involuntario. El sol con su tibia luz iluminaba la escena, una imagen casi surrealista en el patio de una casa de pueblo.

−Ya estás listo, has quedado hermoso y más hermoso estarás esta noche.

El calor del horno prendido, los olores de cocina, la mesa que empezaba a engalanarse.

Lita sabía que al año siguiente esa escena se iba a repetir. Sin embargo, esperaba ansiosa el sortear con sus hermanos a quién le iba a tocar comerse esta vez la rabadilla.

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Árbol + nacimiento

Los recuerdos que cargamos en la memoria pueden ser traumatizantes, sesgados, viscerales y hasta inexactos. Sin embargo, nuestros propios registros son los que nos ayudan a reconstruir nuestro pasado.

Ha llegado el mes navideño y mi grinch (al que he decidido bajarle la intensidad en beneficio de mi zen) busca su origen entre aquellos elementos que me han llevado a ser como soy. He tratado esta vez, de hacer el ejercicio de hurgar en mi mente entre los elementos de las fiestas que me impiden ver a  la Navidad como algo emocionante y, por el contrario me llegue “al mango” su existencia en el calendario.


Durante mi infancia,  mi casa solía estar decorada navideñamente de manera modesta:  un nacimiento, un afiche de la parroquia que mi madre pegaba con cinta adhesiva en la ventana (No hay Navidad sin Jesús –que nazca en ti-) unas estrellas doradas en otras, un papa Noel de papel y algo más que no logro recordar, unas bolas de colores, unos collares que se colocaban con las anteriores en una suerte de ánfora y unas botas de lana tejidas a crochet por ella misma.

El nacimiento, lo reconozco, era bien bonito: de cerámica blanca, cinco imágenes sin rasgos, como siluetas. Lo habían comprado en Oeschle (el original) pero a veces por miedo a que se rompiera mi mamá ponía uno de madera que cumplía su función. Y mientras escribo, me acaba de asaltar la imagen de un nacimiento que mi padre tenía hecho por Edilberto Mérida (artesano cuzqueño) que era –con el respeto que merece- para deprimir a cualquiera. Sufrí las veces que él insistió en colocarlo a la entrada de la casa.

Eso sí, árbol en casa nunca hubo.

En algunas navidades mi padre ponía en una mesita de  la sala uno de sus bonsáis que solíamos decorar con alguna que otra bolita en miniatura (tal vez CUATRO) de esas que se rompían al toque; era lo que había y no se iba a comprar nada. Por ende, tampoco había lugar para poner los regalos y solo puedo recordar que mi madre guardaba todos los paquetes en su closet.

En la casa de mi abuelo Juan Manuel (llámese Jesús María, muy ad hoc) la cosa era más elaborada. El nacimiento ocupaba el lugar vital porque además de estar presentes José, María, Jesucito, la vaca, el burro, Melchor, Gaspar y Baltazar, había una loma llena de vacas, caballos, gallos, gallinas y creo que toda el Arca de Noé representados en figuras de hierro que debían ser de los años cuarenta –por lo menos-. ¡Dios mío! Podía pasarme horas mirando cada bicho porque no entendía qué hacían en la escenografía. En mi casa, el nacimiento  solo tenía cinco elementos. En Jesús María, el nacimiento era hiperbólico, sobre poblado, horror vacui.

En Jesús María también había árbol, pero era uno sumamente particular, yo diría raro. El que yo recuerdo era plateado como hecho de flecos de papel platina y con bolas moradas –no sé si por seguir honrando al Señor de los Milagros o qué-; vuelvo a repetir es mi recuerdo, porque más de una persona perteneciente a la rama materna de mi familia va a empezar a corregir seguramente diciendo que el árbol no era así y que las bolas tenían otro color. Eso de tener memoria compartida es todo un tema. A mí, me parecía horroroso, yo quería ver en algún lugar familiar un pino verde, de ley!!!

Árbol y nacimiento en un cambalache bastante particular. Entre Jesusmaría y Miraflores el ambiente navideño no fluía, como quien dice.

Cuando tuve a mis hijos, por evitarles el trauma compré un árbol discreto que todavía tengo, a pesar de mí. El nacimiento blanco también lo conservo y aunque José perdió una mano antaño, le hice un muñoncito de teromasi que pasa desapercibido si no lo miras mucho. El padre de Jesús es una suerte de manco de Miraflores, cumpliendo su rol con hidalguía.

Hilos invisibles

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Hace unos días me conmovió muchísimo un artículo publicado en el diario El País de la autora española Rosa Montero, a quien admiro muchísimo (ver “Un abrigo colgado en la percha”). En este, ella reflexionaba sobre el duelo por el que pasamos cuando perdemos a un ser querido (ya sea por su muerte o por otras circunstancias de la vida). Recuerden que uno también pasa por duelos cuando termina una relación, pierde un amigo por mil razones, o se aleja de la patria.

A veces, para no perder a esa persona del todo y llevarla siempre con nosotros conservamos algún objeto de importancia, ya fuere para la persona que no está más o porque nosotros trazamos un inconsciente o consciente hilo invisible entre estos dos “elementos”.

Las palabras de Montero me hicieron reflexionar en qué guardaba yo de mis gentes más queridas, cosas que tienen un real valor sentimental para mí y que los convoco, los veo y por lo tanto, el ejercicio recordatorio se hace dulce y amable. Debo aclarar que tengo un montón de cosas de mi madre, algunas piezas de ropa que me he acomodado al cuerpo y que disfruto con placer; de mi padre, casi nada porque la vida nos llevó por orillas diferentes y no hubo oportunidad de conservar algún recuerdo realmente personal e íntimo: eso sí, fotos y una carta compleja que guardo con celo.

Van entonces, dos hilos invisibles.

Un libro que le rogué a mi padre que me regalara pero no me dio el original; al preparar algunas temas de clase me acompaña como una lectura recurrente con anotaciones de su puño y letra: Las cuatro mujeres de Dios: la puta, la bruja, la santa y la tonta.  Él sabía cuánto me apasionaba los temas polémicos y un día me dijo, – tengo un libro que te va a encantar. Pero, como era un libro de consulta para uno de los tantos ensayos que estaba escribiendo, me regaló una copia. ¡Algo es algo! Cada vez que lo leo, evoco las conversaciones en las que discutíamos sobre los prejuicios, el machismo, la historia, entre otros temas interesantísimos. Un libro que no suelto por nada, que tiene un valor mayor al resto de mis otros libros -que son muchos-.

El aro de casada de mi madre: Como muchos saben, el matrimonio de mis padres terminó después de treinta años. Así de simple. Pero por esas razones del corazón que la razón no entiende, mi madre guardó toda la vida su aro de casada. La vi inmersa en lágrimas el día que se lo quitó para siempre. La vi guardarlo en una cajita de terciopelo en un oscuro rincón de su escondite personal (yo sabía dónde estaba ese escondite…). La vi también celebrar su aniversario número 50 porque ella decía que su matrimonio le había dado lo mejor del mundo: sus hijas y sus nietos (y sus yernos….) y para mí, ese aro lo representaba. Hace más de diez años el aro de mi madre acompaña en  mi anular al que me dio mi marido hace más de treinta. No sé qué me llevó a ponérmelo y evitemos análisis pseudofreudianos. Pero tengo su buena energía, su presencia constante y perecedera, su “amor constante más allá de la muerte”.

Me pregunto, cuando yo ya no esté en este mundo, ¿qué conservarán mis hijos donde pueda caber un pedacito de mi vida?

Sí, así somos las personas, ya lo he dicho antes: humanizamos los objetos, los dotamos de significado, los convertimos en fetiches. Son pequeños flotadores que impiden que las aguas del tiempo arrasen con todo. Rosa Montero, noviembre 2018.

Un año más…

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Se dice que escribir es terapéutico, sobran autores para confirmar que eso es una verdad categórica. Muchos especialistas en la mente (y en el alma) lo recomiendan como una herramienta que incluso podría ayudar a salvar vidas; en algunos casos no se logra, pienso en Arguedas como ejemplo.

Sin embargo, en este pequeño espacio -llamado blog–  que el ciberespacio me regaló un 17 de octubre y al que yo fui dándole un sabor hogareño, encontré un lugar donde volcar el amasijo de sentimientos y reflexiones que me asaltan día a día. Incluso, ha respetado mis tiempo de visitarlo, de cobijarme en él, de cambiarle de nombre, de dudar de seguir en la jornada. Mi blog me ha acompañado en momentos de desazón, tristeza, alegría, rabia, éxito, frustración y celebraciones. Ha recibido mis pensamientos políticamente incorrectos, mis opiniones, mis lecturas, mis anécdotas, mis cambios de humor, mis recuerdos más queridos y aquellos que no son tanto.

No sé qué pasará en un futuro, las redes sociales se dispersan, el Facebook está en una larga agonía, el Instagram es gráfico y las stories van demasiado rápido y el Twitter es un pop corn de opiniones variopintas.  Yo no sé mañana… versa la canción.

Mientras tanto, sigo en esta zona de confort, tranquila, contenta, tras haber encontrado un centro que tal vez se alcanza con la edad, la reflexión de los errores cometidos, el orgullo de lo logrado, la distancia de lo tóxico y un poquitín de sabiduría que da la vida.

Gracias a los que me dan su buen amor, a los que me aceptan y continúan a mi lado, a los que  perdonan mis desaciertos y con ellos a cuestas,  me dan cabida en sus vidas.

Escribir es liberar, pero también es permanecer.

¡Salud!

 

 

Reflexión lingüística

los comienzos Rafael Fernández

imagen de: Rafael Hernández, 1997

Cuando yo era niña las expresiones que solíamos utilizar para decir que algo nos gustaba eran qué bacán, qué vacilón (con la duda de que si era con b o v)  palabras que por cierto están en el Diccionario de la Real Academia. De las telenovelas venezolanas heredamos el qué chévere y no sé de dónde vino qué paja (cuyo doble sentido limitaba su uso en las chicas bien educadas). Yo tenía heredado el qué neto de la generación de mis hermanas y ya el clásico qué bestial.

Empecé mi labor docente cuando tenía 20 años y compartía con mis alumnos las mismas expresiones, pero a medida que el tiempo pasaba empezaba a incorporar otras y luego a tomar distancia de unas que no me vacilaban mucho. Qué mostro,  eso es pajaza (léase, una paja más entusiasta).

Hemos cambiado algunas, hecho permanente otras. Por ejemplo, mi amiga Magalli debe ser una de las pocas que usa qué vacilón cuando algo le parece bacán.

También me llama la atención la tendencia que, con el pasar de los años, se ha ido  agudizando para reducir  casi todo lo que se pueda a dos sílabas. Por ejemplo, cuando mi hija era chica, sus amigos que tenían nombres serios e importantes pero pasaron a ser: Ma-ka, Juan-di, E-du, Ju-ca, Ro-dri, Se-bas, Ti-na, Ka-ri,  Ta-li, Ta-lo, A-le, Ma-fer, Mi-ca, entre los destacados. Chicos, los amo y los convoco. Pero claro, nosotros los padres que le ponemos el nombre completo a nuestros hijos, cuando hacíamos mención al grupo preguntábamos si era lo mismo decir: ¿ca-ca, pi-chi, po-to? Sin ánimo de ofender, desde luego.

Hoy por hoy, biselabeamos con fuerza y oímos: sa-le por de acuerdo, da-le por perfecto, Pun-ta por Punta Hermosa, Sur-chi por el sur chico, sal-chi por salchipapas, cham-pi, por champiñones y di-ver por divertido.

Conservamos los apelativos cariños ya mencionados y es raro que te llamen por tu nombre completo: ahí la cosa se pone seria o tienes la suerte de que tu nombre ya tenga dos sílabas o tienes un sobrenombre ad eternum que también las tiene. Yo soy Cha-ta, o Clau y la verdad es que ninguno de los dos me encanta pero sé que me lo dicen con cariño.

Entonces, continuemos con este ahorro silábico, la historia del habla lo sustenta. Cada generación con lo suyo y como suele ocurrir, lo que quede se incorporará a la norma.

Y por si acaso, no quiero reflexionar en todas las variaciones utilizadas en el wassap, de ello se ha escrito y escribirá; y  porque -la verdad-  la ausencia de las vocales me loquea, csm.

 

 

Una silla, una niña

cc 4 años

Hace muchos muchos años había una niña de pelo corto y cerquillo, que era tan pero tan pequeñita que cuando había que lavarse las manos antes de almorzar, no tenía mejor idea que hacerlo en el water del baño para las visitas. Treparse al lavamanos era una proeza de marca mayor puesto que, como era gordita su barriguita era un obstáculo insalvable, el borde de pepelma le terminaba apretando la huata. Su madre, conocedora de lo traviesa que podía ser, siempre hacía la pregunta de ley: “Gordita, ¿dónde te has lavado las manos?”. Lo que obligaba a la pequeña a sufrir la trepada al Everest… pero si la mami lo olvidaba, o no estaba ella sabía que podía disfrutar del chapoteo en esa gigantesca taza color verde mar. No obstante, había que buscar el remedio al problema porque por más limpio que estuviera el inodoro, esa costumbre era “higiénicamente incorrecta”.

Solución: comprarle a la pequeña una silla en la que además de sentarse para departir con los adultos fuera un vehículo para que no tuviera excusas y usara debidamente el lavamanos. La silla de madera y paja fue pintada de rojo: ¡El mejor regalo! ¡Las llaves del reino! Ahora, la niña de pelo corto y cerquillo arrastraba su nueva propiedad por toda la casa y urgaba en cuanto lugar, hasta ese momento le había sido inaccesible. De todos ellos, había uno en especial por el que tenía una especial fascinación.

El cajón de la cómoda de su madre era la “mina del Rey Salomón”, aunque para ella -fanática de los cuentos infantiles- era la cueva de los cuarenta ladrones y la niña se sentía Alí Babá. Cajas, cajitas, chocolates, chicles, llaves, libretas, tarjetas de presentación, papelitos de todos los colores, monedas sueltas, fotos carné. Recuerdos a mil: los públicos y hasta los privados que la niña calló por años… porque fueron los años los que le dieron sentido, especialmente a una vieja agenda de cartera en la que la madre anotaba sus vivencia dolorosas… -vendrá algún día la historia-.

Pero la silla roja tenía un problema: dejaba huella donde la apoyara y la cómoda era blanca… semanas después la cueva de los cuarenta ladrones se cerró con doble llave; no obstante, la niña no demoró mucho en encontrar… y en ese momento, aprendió a apoyar la silla sobre la marca anterior que su silla ya había dejado.

El mundo prohibido podría, por un tiempo, seguir estando a su alcance.

Una caja de Pandora

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Tengo un libro que me gusta mucho, El diente del Parnaso –recopilación de Antonio Cisneros-. Es un volumen que recoge el testimonio de sesenta y seis peruanos destacados; en él, cada uno de ellos reflexiona sobre el arte del buen comer. Entre líneas uno termina siendo testigo de sus emociones, y preferencias, y cómo un plato de comida trae a la mente otros aspectos de la vida.

Hace muchos años atrás compartí con mis alumnos (entre 14 y 15 años)  un texto que extraje de ese libro. Luego de su lectura, los invité a que usaran la misma dinámica y escribieran lo que se les viniera a la cabeza: podían partir del sabor, del lugar, de quién lo preparaba, etcétera. El punto de partida era el plato, el puerto de llegada: impreciso. Y pasó una cosa que nunca me imaginé.

Mientras todos escribían, empecé a escuchar una suerte de gemido, muy callado, casi imperceptible, cuarta fila, quinto asiento. Una alumna levantó la cara hacia mí y con la mirada señaló al compañero del costado. El chico (YZ), tenía los ojos llenos de lágrimas y el llanto atorado en la garganta hasta que no pudo más, se echó a llorar frente a toda la clase.

Entre mi desconcierto, el de sus compañeros y su angustia, lo primero que hice fue acercarme a su carpeta e invitarlo a que me acompañara a salir de clase. Yo, torpemente -soy una bestia para consolar a alguien- trataba de hacerlo sentir mejor, y solo atinaba a decir: ¿estás bien? ¿qué pasó? ¿estás bien?

YZ solo me decía: Miss, perdóname, perdóname es que no me pude aguantar… y seguía llorando desconsoladamente mientras que yo me rompía la cabeza imaginándome qué habría podido pasar para que se diera tal situación. En eso, me entregó lo que había escrito. (Debió decir más o menos esto, trato de respetar su estilo de  redacción)

A mí me gusta mucho comer, creo que hay cosas que me gustan más que las otras, pero si tengo que pensar en algo especial uno de mis platos preferidos es el arroz con huevo frito, mi mamá siempre lo prepara y le sale buenazo. Sobre al arroz blanco coloca el huevo con la yema casi cruda buenazo. Cuando tendríamos unos seis o siete años yo y mi hermano hacíamos carreras para ver quién llegaba primero para empezar a devorarnos lo que mi mamá nos preparaba cuando llegaba del trabajo. Esto también me hace acordar que estábamos contentos porque era riquísimo, pero también estábamos tristes porque mis papás se acababan de separar, y habían días que ella lloraba después de la comida, yo la veía a escondidas. Cuando nos fuimos a vivir a C no era fácil conseguir el arroz de acá pero mi mamá hacía lo posible para que le quedara como en Perú. Ahora que hemos regresado ya no cocina ella porque ahora vivimos con mis abuelos y a la empleada no le queda igual.

No sé por qué ahora que pienso en ese arroz con huevo frito, hasta me acuerdo del color del plato y el adorno que tenía pero me mucha pena y me emociono mucho acordándome…

El texto obviamente se detenía ahí.

Su pena era enorme, su llanto reflejaba cómo el recuerdo de una comida lo había hecho sentirse ese niño. Ponerlo por escrito había abierto una herida que él creyó cerrada.

Me vienen a la mente las palabras de Ruiz Zafón:  Los recuerdos que uno entierra son los primeros en perseguirte.