En la memoria

1 Niñas en escalera

Croacia, antigua Yugoslavia, 1939

Entre los gustos que he tenido en los últimos tiempos, destaco el hecho de haber  acompañado a una hermosa y sensible mujer a cumplir con un sueño postergado. Su fortaleza y su valentía me han enseñado, a lo largo de un especial proceso, que el ser humano es capaz de hacerse y rehacerse muchas veces. No importa qué edad tengas. Me hizo repensar en lo valioso que es estar rodeada de personas que crean en ti, en tus ilusiones, porque precisamente a veces estas se terminan prorrogando al surgir otros responsabilidades que pasan a ser prioridad.

Deponemos los sueños, por cumplir con otras cosas, tal vez igual de importantes en su momento. Pero no hay que perder la esperanza de lograrlo. No es tarde, nunca es tarde para ponerle ganas y dar rienda suelta a un proyecto. Si ya esperamos, por qué seguir haciéndolo.

 Escuchar su historia me marcó. Releer cada dolor sufrido, cada carencia, cada señal de desesperanza me movió en lo más profundo. La fe, el temple, la valentía, pudieron mantenerla entera; frágil, quizás, pero entera. No hay dramatismo, hay testimonio. No hay dolor, simplemente vivencia. No hay pena, solo melancolía. No hay resentimiento, solo amor.

Sin querer esta mujer me ha confirmado que uno puede volverse inmortal mientras haya alguien que siempre te recuerde, mientras vivas en el pensamiento del otro, mientras un corazón te convoque. En su recuerdo ha sido capaz de resucitar a personas, verlas, evocarlas, sentarlas a la mesa. Están  vivas mientras habiten en su memoria.

Todos tenemos derecho a llevar nuestros propios cadáveres, los personales, los íntimos. Todos tenemos derecho a cargar nuestros espíritus familiares, cercanos o dejar que estos se pierdan en el olvido. Del mismo modo, ganamos el derecho de que nos recuerden o nos olviden, ya dependerá de qué forma lo haga el otro.

Si quieren saber algo de esta historia no duden en escribirme, el producto lo tengo en mano. Es una obra maravillosamente humana.

Todas íbamos a ser reinas

collage 4

de Cecilia Arrópide

Todas íbamos a ser reinas.

Cuando éramos niñas, más de una vez, soñamos que éramos princesas. Bella, Ariel, Cenicienta, Blanca Nieves, entre otros personajes de los cuentos infantiles nos hicieron vivir, por momentos, por segundos, la maravillosa fantasía de sentirnos esas protagonistas vulnerables a la espera del príncipe que vendría a rescatarnos montado en su corcel impetuoso. Éramos niñas, ingenuidad e ilusión. Para eso está la infancia, para vivirla así.

Por lógica, en un lugar muy lejano donde no existía el tiempo, en el “vivieron felices para siempre”, lo natural era que la princesa del cuento se convirtiera en una reina. Todas íbamos a ser reinas.

Tiempos oscuros para aquellas princesas de cuentos, tiempos de seguir callando por miedo. Tiempos de violencia, tiempos de realidad. Tiempos de egoísmo, tiempos de competencia. Tiempos de envidia y de maldad.

Muchas niñas no pueden ni siquiera pensar en parecerse a esas princesas, porque cuando deberían estar jugando ya están trabajando y no precisamente como la Cenicienta a la que se le aparece el Hada Madrina, o son víctimas de algún ogro negro que se traga su infancia con una lujuria enfermiza y soterrada.

Muchas jóvenes no se libran de lo anterior, y pasan de mano en mano en un ultra conocido mercado de carne que las reduce a eso, a un pedazo sin sentimientos ni corazón. Y su fantasía queda en la mente iluminada por una pequeñísima luz de esperar a su príncipe anhelado. En la otra mano, algunas sacrifican algunos de sus valores por querer ser amadas, y caen en ser complacientes con su compañero deponiendo sus propios sueños, sus planes de progreso, porque él prefiere la zona de confort y la arrastra a una comodidad en que ella cree que es feliz. Ellas también iban a ser reinas. 

Tal vez,  las que caminan al encuentro de su reino, para ser la luz  de ese hogar del “había una vez, en un país muy muy lejano”, voltearán la cabeza para comprobar que el príncipe en cuestión se convirtió en un monstruo egoísta, repulsivo que la maltrata y la insulta y ella, calla. Calla porque en ese círculo vicioso está condenada a pasar sus días apresada en la torre del castillo, con barrotes más gruesos que los reales, con una dependencia que ni ella entiende y en un encierro que pareciera no tener final. Sola no irá a ninguna parte, volver al bosque no es una solución, es difícil que otro príncipe la escoja y vuelva a ser reina. Mejor malo conocido, aunque pasen los años.

Todas íbamos a ser reinas nosotros íbamos, pretérito imperfecto indicativo. Tan imperfecto como lo es la vida. Y en una retórica pero humana pregunta digo: ¿Por qué mejor no empezamos a usar el verbo ser en presente indicativo?

Todas somos reinas, todas somos reinas…Repítelo, y créelo.

Deseo y realidad

IMG_0075

Primos Molina, Mérida 1926

Como padres muchas veces (por no decir, siempre) queremos que nuestros hijos sean de un determinado modo. Es una falacia repetir en alta voz y  hasta el cansancio, quiero que mi hijo sea feliz, quiero que haga lo que le guste y se sienta bien, quiero criar un hijo libre, etcétera.  Seamos honestos: en el punto inicial, cuando arrancamos la larga caminata de la crianza nos ponemos (y LES ponemos) metas a las que hay que llegar. Más de una vez, he escuchado a una madre o a un padre decir: mi hijo no es como yo esperaba… (¡!!)

¿Qué hacer si sentimos que mientras crecen no dan la talla? Y seguimos tirando de la carreta y ajustando con discusiones, exigencias, frustraciones y llantos. ¿Qué hacer ante la señales de alarma? Cuando nos retumba sobre la cabeza la sentencia “árbol torcido, nunca endereza”. No podemos salir corriendo, no podemos encerrar a la criatura, no podemos impedir que crezca y, con el perdón de la audiencia… no podemos impedir que la cague de vez en cuando.

¿Qué hacer si nos tocó un hueso duro de roer? Hijos con una personalidad que parece inmoldeable o rebelde o floja o hijos que quieren volar y experimentar sin límite alguno. A veces nos mantienen en vilo caminando sobre el filo del precipicio y nosotros, padres cándidos, creemos que apresando esas ganas de libertad los estamos cuidando más y protegiéndolos de ellos mismos.

Sufrimos, claro que sufrimos… puesto que toda evolución supone un sufrimiento. Sufrimos más si esa evolución no la podemos manejar nosotros, otra falacia. Toda transición supone dolor, toda metamorfosis supone romper un cascarón.

¿Cambiamos? ¿Estamos dispuestos a cambiar?  ¿Dispuestos a ser flexibles? ¿Dispuestos a vigilar, pero a la distancia? ¿Tenemos disposición para entender que en  esa particular relación padres/hijos es donde tenemos que usar más sabiduría y autocontrol que nunca?

Tenemos que entender que su proceso es nuestro. Su camino a la madurez es nuestro pero a la vez, no nos pertenece. Suena contradictorio y cierto. Nos quieren y no nos quieren, los queremos y no los queremos, y cuando no lo hacemos (quererlos) sentimos culpa. Si se equivocan, la culpa es más grande todavía.

¿Dónde me equivoqué yo? Es la primera pregunta que surge… ¿dónde pasé por alto este detalle? Y el mundo y la duda siguen girando alrededor de nosotros cuando en realidad la llegada de la estabilidad está en cuán bien manejemos los hilos que empiezan a disolverse.

 

No importa

 

 

manos-botero

Un día como hoy no importa. Porque sabes que es un saludo a la bandera y que un feliz día viene como vienen otros más.

Un día como hoy no importa. Porque ves que la espontaneidad se va perdiendo con los años y que ese chiquitín que te miraba con admiración ahora, a veces, te mira diciéndote que de nada sirve lo que le explicas porque de nada le va a servir cuando esté en la universidad.

Un día como hoy no importa. Porque eres consciente de que te has llevado al menos unos 120 exámenes para corregir en casa y le dijiste que no a la propuesta de ir al cine con tu pareja porque era mejor avanzar un poco y que el trabajo no se acumulara para el fin de semana. Eso de jornada laboral de ocho horas, parece una comedia negra.

Un día como hoy no importa. Porque das fe de que a tu coordinador no le interesa cómo te llevas con tus otros compañeros y si el clima laboral está cargado, es mejor mirar a un lado porque tú sigues rindiendo como siempre.

Un día como hoy no importa. Porque hay padres que solo te ven como un/una babysitter de ocho de la mañana a tres de la tarde de por lo menos unos cien críos casi en simultáneo.

Un día como hoy no importa. Porque sabes que a pesar de tus intentos vas a tener un chico perdido en clase, soñando despierto, sin ganas de estar ahí porque nosequémierdamepasa cuando en realidad, si sus padres lo aceptaran, en otro colegio y con otro sistema  estaría mejor pero no puedes decirlo.

Un día como hoy no importa. Porque compruebas que las cosas que se te ocurren podrían funcionar para que los chicos aprendan mejor pero tus innovaciones caen en saco roto porque hay que cumplir con el programa.

Un día como hoy no importa. Porque si le llamaste la atención a XYZ mañana su madre pedirá una cita y vendrá muy oronda a enseñarte cómo debes tratar a su hijito.

Un día como hoy no importa. Porque es inútil tus años en la universidad,tus títulos, las capacitaciones, las especializaciones, la experiencia. Siempre habrá alguien con un PhD que te dirá: ah, verdad que tú solo eres docente. Recuerda, para muchos eres un profesional de segunda categoría.

Un día como hoy no importa que todo lo anterior sea verdad.

Porque en una cómplice mirada en clase, en un gesto afirmativo, en un saludo de buenos días, en un gracias de unos padres considerados y humanos, en una voz que te dice ¡hola! cruzando todo un supermercado para saludarte veinte años después de no haberte visto, en un rostro  curioso que cruza los 50´s y sigue aprendiendo gracias a ti, en esos lugares puedes confirmar el inmenso valor de tu trabajo.

Un día como hoy te importa a ti.

 

En busca del padre perdido

 

telemaco

La literatura está llena de páginas que buscan exorcizar y a la vez, expresar todos los nudos que se observan en el mundo paterno-filial. El niño que ve a su padre trabajando y que de adulto carga sus cenizas para echarlas al mar.  La huella de alguna frase pronunciada por un padre que marca para siempre. El padre que muere intempestivamente, los hijos que recuerdan. El padre que abandona, los hijos rencorosos. El padre solucionador e invasivo, el padre violento, autoritario. El padre ausente.  El hijo que busca. El hijo solitario.

En una obra muy antigua hay un adolescente que extraña a su padre. Un adolescente que necesita un padre para salvar su noción de hogar. Un padre que ponga orden y tenga autoridad. Sale a buscarlo pero su intento es inútil. Es el padre quien termina yendo a su encuentro y logrando así un final feliz.

En la actualidad se habla del complejo de Telémaco . El hijo que busca un padre durante su adolescencia y suele convivir con uno que, al no querer ser como el que tuvo, decide asumir un rol de amigo y cómplice. Yo diría, de “pata”. Yo quiero ser pata de mis hijos.  ¿Cuántas veces escuché esa frase? Fantasía laberíntica de la que a veces se entra pero no se sabe cómo salir. Por eso, el Telémaco de hoy busca a su padre, lo busca porque lo necesita. El padre cubre esa necesidad con objetos, con promesas, con amistad. Pero el joven no quiere un amigo, tiene muchos, los escoge, lo selecciona. Su padre no está, quizás estuvo de niño y luego se esfumó y en la adolescencia, cuando lo busca, no lo encuentra.

Ausencia, que palabra tan grande. Vacío que a veces mal ayuda a dibujar una figura que no coincide con la realidad. Me gustaría que fuera así, pero no puede. Me gustaría que estuviera, pero está trabajando. Me gustaría que escuchara, pero no sabe. Me gustaría que riera más, pero no tiene motivos. La ausencia llena de “peros”, que ayudan a entender la vida del padre cuando se necesita un cable a tierra y la presencia de la  madre no es suficiente.

Pienso en todos los padres que he conocido, incluyo al mío desde luego: hombres severos, juiciosos, célebres, trabajadores, algunos fallecidos a destiempo. Padres que quisieron manejar dos familias y fallaron en el intento. Padres que no pudieron con una sola. Padres que no supieron serlo y ni siquiera lo intentaron porque no estaba en agenda o era lo último de su lista, o consideraban que  para la crianza estaba la mamá. Por otro lado, padres de mis alumnos, padres de mi generación  que a pesar de tener una visión más moderna,  tomaron el camino de la patería y empujaron a sus hijos, sin saber, en su propia soledad.

Sobre ellos, destacan los buenos padres, buenísimos padres, de esos de sacarse el sombrero, de esos que hacen malabares para -literalmente- cumplir con todas las exigencias que la vida y la sociedad les plantea.

Esos son los que no se presentan a sí mismos como ejemplares ni se jactan de ello, ni compiten con otros padres con obvias evidencias, ni es el que produce más o le cumple todos los gustos a sus hijos; sino los que son conscientes de sus limitaciones y las expresan verbalmente, sin culpas.

Creo que sí se puede hablar de buenos y malos padres, la línea que los separa se llama responsabilidad y amor expreso. Nada más. Intentándolo harán el mejor trabajo.

Esos son los padres que todos necesitamos.

¿Por qué te gusta leer?

 

 

Mujer Leyendo Fernando Botero 2003

Mujer leyendo, Botero

Mi casa estaba llena de libros. Quienes hayan conocido a mi padre pensarán que es obvio. Sin embargo, su escritorio/biblioteca era el santuario de un hombre que necesitaba el espacio propio y privado que, como tal, el solo pensar sacar un libro de ahí me parecía un sacrilegio. Diariamente, recorría los estantes con la mirada y repasaba aquellos libros empastados en guinda cuyos títulos destacaban en letras doradas sobre un pequeño recuadro negro, los tocaba, los olía. Paredes cubiertas de libros, mesas cubiertas de revistas, copias, la máquina de escribir eléctrica, fotos, mapas, slides, al fondo de la habitación en un atril con ruedas, un diccionario gigante – el Webster– abierto al azar. – Esos libros son para grandes – me decía. El mundo se me hacía más vasto, pero vivía con la ilusión de que algún día empezaría a entender.

No obstante, en el segundo piso había un par de libreros con puertas de vidrio en los que se veía la Enciclopedia Barsa –que me salvó toda la vida escolar- y los libros de mi madre. Caridad Bravo Adams, Corín Tellado, Sidney Sheldon, Irving Wallace de un lado, y a la vez Wilde, García Lorca, Tolstoi, García Márquez, Papini, Malraux, Víctor Hugo y Dumas. Había también colecciones de cuentos infantiles rusos y españoles, que otrora habían sido de mis hermanas mayores y cuando empecé a leer pasaron a ser de mis favoritos. Como ya he comentado alguna vez, no hubo Navidad en mi vida en la que yo no recibiera de regalo un libro, e incluso colecciones completas. Las primeras lecturas, Mujercitas, Hombrecitos, La cabaña del tío Tom, las Rimas de Bécquer.

Siempre, en una repisa de color turquesa descansaban decenas de viejas Vanidades, Buenhogar, Archie, El Pato Donald… – la memoria me obliga a mencionar que en casa de mi amiga Claudia F. engullía las Susy –Secretos del corazón- ¡porque mi mamá no me dejaba leerlas!- Mis hermanas me tenían prohibido leer Cosmopolitan, que obviamente devoraba apenas me cruzaba con una “por casualidad”.

En el carro de mi papá,  el viejo Citröen color plata, había cuanto material escrito imaginarán: no importaba el trayecto ni el tiempo de espera que a veces pasábamos cuando él hacía sus visitas médicas y le servíamos de compañía. Yo tomaba cualquier revista que había en el asiento y leía de aquellas historias de plantas, avances quirúrgicos, estudios arqueológicos, el Time; curiosamente, no recuerdo periódicos.

Así se pasó mi infancia, y en la adolescencia esas típicas horas de soledad, de hormonas revueltas, del noséquémierdamepasa buscaron consuelo en miles de páginas variopintas. No había filtro para la lectura.  Jane Eyre marcó mi vida para siempre.

Entonces, me gusta leer porque solo sé que crecí entre libros y revistas. Leer nunca fue un castigo, nunca fue una obligación y si tengo que hablar de la mejor herencia que me dejaron mis padres, ambos recalco, fue esta.

Confieso que no he leído todo lo que me gustaría, hay muchísimos clásicos que me quedan todavía por conocer, contemporáneos que ni conozco, y de otro lado, hay  libros que ya debo haber leído unas diez por gusto o por razones de trabajo (que para mí es lo mismo). Hoy, por ejemplo releía pasajes del Quijote y reía más que la primera vez que lo hice. Hay argumentos que ya no recuerdo -creo que a veces incluso, los re-creo,  títulos que guardo en la memoria y no sé a quién le pertenecen, autores que están en mi cerebro y olvido qué escribieron. El disco duro empieza a fallar, es inevitable.

Sin embargo, tampoco leo tanto como debería, tengo vicios que no me avergüenzan confesar; mis mayores secuestradores:  los brazos de Netflix y oír el silencio.

Me hiciste esta pregunta hace unos días, mi querida C, espero haberte contestado con la sinceridad que sabes me caracteriza.

Y tú ¿por qué lees?

Lo falso, lo apócrifo

Hace un tiempo atrás circuló un texto llamado “La marioneta…”  atribuido a Gabriel García Márquez. Habrá sido en el 2005 diciendo que como al autor colombiano le habían diagnosticado cáncer linfático había decidido escribir ese testimonio creativo. En ese entonces, al menos a mí, me llegó en un power point musicalizado, recontra meloso.

Si supiera que hoy fuera la última vez que te voy a ver dormir, te abrazaría fuertemente y rezaría al Señor para poder ser el guardián de tu alma. Si supiera que esta fuera la última vez que te vea salir por la puerta, te daría un abrazo, un beso y te llamaría de nuevo para darte más. Si supiera que esta fuera la última vez que voy a oír tu voz, grabaría cada una de tus palabras para poder oírlas una y otra vez indefinidamente. Si supiera que estos son los últimos minutos que te veo diría “te quiero” y no asumiría, tontamente, que ya lo sabes. Siempre hay un mañana y la vida nos da otra oportunidad para hacer las cosas bien, pero por si me equivoco y hoy es todo lo que nos queda, me gustaría decirte cuanto te quiero, que nunca te olvidaré.

Luego, el propio GGM se vio obligado a  dar una declaración pública diciendo que él sería incapaz de escribir una cosa tan espantosa como esa… cito: “Lo que me puede matar es que alguien crea que escribí una cosa tan cursi. Esto es lo único que me preocupa“.

Borges no ha contado con tanta suerte. Aparecieron estos poemas póstumos en algún momento que por años dieron vueltas por ahí diciendo que eran de su autoría: InstantesDime y Aprendiendo. La verdad es que los tres pueden tener una gran aceptación, finalmente poesía hay para todos los gustos.

Dime por favor donde estás 
en qué lugar puedo ser tu ausencia 
dónde puedo vivir sin recordarte, 
y dónde recordar, sin que me duela. 

Dime por favor en qué vacío, 
no está tu sombra llenando los centros; 
dónde mi soledad es ella misma, 
y no el sentir que tú te encuentras lejos. 

Dime por favor por qué camino, 
podré yo caminar, sin ser tu huella; 
dónde podré correr no por buscarte, 
y dónde descansar de mi tristeza. 
(….) 
Dime por favor cuál es la noche, 
en que vendrás, para velar tu sueño; 
que no puedo vivir, porque te extraño; 
y que no puedo morir, porque te quiero.

Pero finalmente, aquí no importa quién lo haya dicho primero, quién es el autor, o si queda bien una firma o la otra. Lo que importa es el mensaje. Claro, que un nombre conocido siempre le da cierta autoridad pero igual, y quizás por eso circula y circula y falsamente admiramos o nos conmovemos con las palabras de un determinado autor.

Sin darnos cuenta en el día a día, más allá de poner una frase simpática en el Facebook, un buen poema, la cita destacada de una obra también hacemos lo mismo y sin querer (queriendo) ponemos frases en boca de autores equivocados.

 

Esto me lleva a una segunda reflexión más mundana.

Salvando distancias a todos les gusta las historias apócrifas, entiendo por este término “lo que no es auténtico o no es obra de la persona a la que se atribuye”

−¿Sabías que X ha dicho que Y odia a Z?

−Y, ¿quién te lo dijo, X?

−No, yo no hablo con X, pero Fulana me lo contó de buena fuente.

−Y ¿crees que X habrá dicho realmente eso?

Obvio, ya sabes, si Fulana me lo ha jurado, que a ella le ha contado un íntimo, pero no se lo digas a nadie, ah?

Y bla bla bla.

Vivimos en una sociedad apócrifa, donde muchas veces valoramos más, mucho más la historia antes que la verdad porque es más entretenida.