Arte a la bruta

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Una vez escuché en la universidad un concepto que llamó mi atención: “la experiencia estética”. Podía definirse –según la catedrática que lo mencionó- como la alteración de los sentidos que nace de la relación  establecida entre el objeto que uno observa y la psique del individuo; es decir: te toca, te sensibiliza, te afecta, lo sientes.

Si bien de niña, no sabía apreciar mucho el arte pictórico, siempre guardé con un cariño especial un libro que llegó a mis manos una Navidad: El pequeño museo para niños. No había explicaciones, solo los cuadros y sus autores… y a mí, me gustaba leer, no solo ver figuritas. Yo estaba acostumbrada a ver huacos, mantos Paracas, cerámicas pre-colombinas llevada de la  mano de lo que se respiraba en el ambiente familiar. De arte occidental, nada.  Confieso, era bien bruta. No obstante, ese librito quedó en mi recuerdo.

Cuando la adultez llegó, empecé a darme cuenta de que la vida de los seres humanos no podía deslindarse del arte: la pintura, el teatro,  la fotografía, la música y obviamente, la literatura se trenzaban, siglo tras siglo, en la evolución del género humano. Hubo avances, menos bruta.

El arte reflejaba un momento, una época, el alma de su creador y otros factores que no pueden ser medidos.

Al convertirme en profesora y en mi búsqueda de contagiar a mis alumnos “el disfrutar” de diferentes manifestaciones artísticas (especialmente de la literatura) me ayudé de la pintura  para que vieran cómo ningún aspecto de la creatividad marchaba ajeno a lo que el ser humano vivía. Lo sigo haciendo y creo que algo he aprendido. Concluyo que toda expresión artística es un producto y a la vez, una respuesta.

La primera vez que tuve la suerte de ver directamente la obra de uno de los pintores que más admiro, quedé paralizada frente a sus cuadros. CONMOCIÓN. Eso es lo que sentí y para los que me conocen, no creerán que el nudo se me quedó en la garganta y aguanté las ganas de llorar. Tal vez yo estaba viviendo una experiencia estética muy profunda…

Eso es lo que me pasa cuando entro a un museo. Hay obras de arte que me calan, que me afectan,  lo hacen tanto y de tal manera, que desestabilizan mi psique. Termino hecha polvo. Mi marido y mis hijos ya no se asustan cuando me quedo quieta en esta contemplación y me brotan lágrimas que reflejan la emoción del momento. No es que sea una plañidera, no es que ande llorando por los rincones por el contrario, casi nunca lloro (ahorren el psicoanálisis, por favor)  pero así como hay eventos ante los que me he ido protegiendo con el paso de los años, el arte me desarma y me condena a repensar muchas cosas.

Yo veo el arte a lo bruta, algo me gusta o no me gusta, no des-fragmento nada, no analizo forma, ni simetría, ni aspectos que seguramente los expertos hacen.

Video ergo sum, video ergo sentire.

Porque cuando entro a un museo, el arte es -para mí-  la Esfinge que me habla y es capaz, con su misterio, de derretir mi armadura.

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Sí es valioso (ojalá te acuerdes)

ni una menos

Hace pocos años atrás, y ojalá te acuerdes, en Nigeria fueron secuestras más de doscientas niñas por los militantes de Boko Haram. El mundo indignado se entregó a hacer una campaña llamada #bringbackourgirls. En uno de los días centrales se invitaba a usar un polo rojo en señal de solidaridad. Nos pusimos el polo, tú no te lo pusiste. Recuerdo que en tu argumento afirmabas que de nada servía usar un mísero polo rojo en un país perdido en el mundo como el Perú, que no tenía ningún valor. No te pusiste el polo.

Concientización, esa era la idea. Usar el polo rojo iba más allá, pero creo que no lo viste. Usar el polo rojo era un símbolo que representaba abrir los ojos,  ser empáticos, un símbolo para desarrollar sensibilización de problemas que nos afectan a todos en un país perdido llamado Perú, y que –especialmente- los jóvenes se dieran cuenta de que el mundo era amplio, violento, agreste, abusivo y que los afiches, las charlas, las explicaciones podrían llamar a la reflexión. No solo era por solidaridad, era por responsabilidad, se educa con el ejemplo. ¿Lo recuerdas?

El sábado que viene tendremos la marcha de #niunamenos, huelgan las explicaciones.  La sociedad nuevamente se moviliza como grupo.

Tal vez puedas decir que #niunamenos es sumamente diferente a #bringbackourgirls.  Me atrevo a decir que no lo es. Que hablemos de violencia contra la mujer sea aquí, en Nigeria, en Argentina o en Portugal no lo hace diferente. En este problema mundial importa el TÚ, el YO, y no sé si a lo mejor te seguirá pareciendo que ir a la marcha o compartir el objetivo de cambiar el chip de la sociedad son tonterías, un gota de agua en la mar. Espero que no. Espero que hayas abierto los ojos porque sí es valioso ser solidario, sí es valioso enterarse de lo que pasa a tu alrededor y asumir compromisos, sí es valioso tener cojones y decir basta, es valioso.

En este minúsculo país tercermundista tenemos conciencia. Marchamos, reflexionamos, denunciamos, estamos empezando a hablar, a educar hijos que no sean machistas, a entender que la violencia no “es normal”, y creo que en gran parte es porque nos hemos puesto un polo, el polo de #niunamenos. Un polo que debemos usar todos los días y sobre todo el sábado que viene.

Ojalá te acuerdes que hace unos años no te pusiste el polo y que con el derecho que todos tenemos de cambiar, hayas recapacitado.

El mundo no queda lejos, como piensa Susanita, la amiga de Mafalda.

El mundo es aquí y ahora. Ojalá te acuerdes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Muerte civil

999999999

Todos tenemos historias vinculadas a las operadoras que nos quieren enchufar nuevos servicios de comunicación (Claro, Movistar, Entel.. etcétera). Yo, la verdad, siempre he creído que todos son lo mismo de abusivos, sangrones, incumplidos, la misma WEBada.

El cuento es que tengo una empresa que me acosa, a pesar de mi inscripción en INDECOPI, el número de referencia es el (9) 999 999 999. Felizmente, porque sí era con 666 666 666 me hubiera tirado por la ventana desde el día uno.

CLARO se ha encaprichado con este pechito peruano (tómenlo en su dimensión real y metafórico, sin problema) y, contando sábado y domingo, debe realizar unas veinticinco llamadas a mi apacible hogar. De estas, cuando me agarra desprevenida y contesto, solo una –sí, están leyendo bien- solo una, hay alguien que me habla de otro lado de la línea. El resto de veces, largo silencio. No entiendo para qué llaman.

La primera vez, allá por mayo, traté de explicarle a la operadora que no estaba interesada pero ella  no dejaba de hablar, “lallamodeClaroconelfindeofrecerleunproductomásventajosoparausted…”. Calculo que estos jóvenes deben realizar unos ejercicios de respiración con esos aparatos de tres bolitas que soplas para que estas suban (nunca lo he logrado) y aprenden a retener aire.

Al conseguir, triunfalmente, una interrupción a su discurso le dije que le agradecía que no estaba interesada, niloibaestarnunca, y que por favor, me sacara de la base de datos de clientes potenciales. Día siguiente, la misma WEBada.

Ustedes pensarán que tengo una fijación masoquista con esto, pero en el fondo de mi ser me termina dando pena  que los pobres deben recibir contestaciones terribles, por eso trato (trato) de ser lo más educada posible, repitiendo que no estoy interesada,  niloibaestarnunca, que se ahorre tiempo y saque mi número de su lista. Los días siguieron, las llamadas también.

Después de varias semanas, mi tolerancia se quebró. Uno es humano ¡joder! Entonces le dije a ella (la “ella” va cambiando) que no le gustaría que la llamaran un domingo por la mañana para ofrecerle un producto y que había indicado en innumerables ocasiones que no estaba interesada niloibaestarnunca. Me pidió disculpas, y las llamadas cesaron unos días. Aclaro, se lo dije bien bonito, cual Manual de Carreño reeditado por Frida Holler.

JC ya había interceptado alguna llamada diciéndole que la titular de la línea, o sea: moi, que ya no vivía en casa. “La verdad señorita, es que me ha abandonado y no quiero saber más nada de ella”. Era un buen discurso, había recurrido a sazonar con  un poco de pathos buscando la empatía “del otro” con su dolor. Creo que la señorita no sabía ni mierda de recursos estilísticos. Al par de días,  volvieron al ataque.

(9) 999 999 999

CLARO: Buenos días, con la señora ClaudiaMariaCabiesesGuerraPérez

Moi: ¿Quién la llama?

CLARO: lallamodeClaroconelfindeofrecerleunproductomásventajoso

Moi: Lo siento señorita… (tono claramente de compungida)… la señora Claudia María ha fallecido ayer, snif, snif.

CLARO: …..  ……. …… ……

(no se ilusionen)

CLARO: ¿Me podría decir quién se ha quedado a cargo de la línea

            conelfindeofrecerleunproductomásventajos?

 

Amigos de CLARO, me queda claro que ustedes no respetan ni a los muertos. El Thanatos me ha tratado mejor.

Por favor, en paz quiero descansar.

Te voy a explicar, papito

 

Moma 6

“La serpentina” Henri Matisse

 

Hace unos días atrás surgió una campaña llamada #metoo (yo también) en todas las redes sociales. La idea tenía como origen denunciar el haber sufrido abuso o acoso sexual, yo agregaría: compartir.

La respuesta fue inmediata, miles de mujeres y hombres se sumaron a esta acción y con una sencilla frase pusieron –me arriesgo a decir- en evidencia cuánto silencio hay alrededor de ello.  Destaco además, que esto es como la punta de un iceberg, una metáfora que encaja perfectamente.

Sorprendida quedé, cuando vi que un exalumno mío ya bastante adulto, observaba que el muro público había quedado invadido por este hashtag y que “ahora resulta que a todas les ha pasado”. Me veo pues, en la necesidad de explicarte papito, algunas cosas en las que seguramente no te has detenido a pensar.

Para evitar malentendidos aclaro de entrada que  usaré el colectivo en género femenino y algunas otras licencias puesto que así me lo permite la Real Academia que “limpia, fija y da esplendor”.

Te voy a explicar, papito.

Ante todo hay que partir de una premisa: sufrir abuso o acoso sexual no se limita únicamente que te violen y te penetren contra tu voluntad. Y eso, que a veces ella misma es la culpable. Me queda claro que no entiendes lo que ello significa. Quizás el paso de los años ha limitado tu entendimiento y concluyes que somos unas exageradas y reduces la ecuación, así no más… facilazo.

La metida de mano, la agarrada de teta, la mira lasciva, el labio mordido, la apretujada en el micro, la sobada en la fila, el pellizco en el poto, un abrazo que cruza el límite, el susurro en la oreja, el “piropo”, que se masturben mientras te miran… son pocas muestras de lo primero que se me viene a la cabeza y que quizás para ti, no sean nada.

Te pregunto, papito ¿reconoces que tu cuerpo haya participado como “objeto directo” en alguno de esos escenarios?

¿Sabes tú lo que es “intimidad invadida”? ¿Sabes tú que somos la quinta ciudad a nivel mundial donde existen mayor agresión contra las mujeres? ¿Estás enterado lo que pasó el día del Censo y las vejaciones de las que somos víctimas? ¿O eres de los que solo dice… vamos, ya fue; dale vuelta a la página, qué tanto trauma  ? ¿Eres consciente de que nuestra voz tiene poco valor, o ninguno?

Te voy a explicar, papito.

No sabes lo que es que te sientas asqueada por culpa de tu cuerpo; que te percibas culpable porque te dicen que tal vez tú lo fomentaste; que pongan en duda lo que ocurrió, que te minimicen, que conociendo a tu agresor tengas que seguir compartiendo espacios laborales o tal vez, familiares; que el recuerdo no te abandone nunca, o que tal vez lo tenías bloqueado y una frase ha abierto una herida que no sabías que guardabas.

Te voy a explicar, papito.

Muchas personas cuando se asustan guardan silencio por años y no tienen el valor para contar lo que les ha pasado, porque por encima de todo el mayor temor es que no les crean, o que minimicen lo ocurrido, o que alguien como tú les parezca que están exagerando.

A ver… papito, ¿tienes tú la gran capacidad de medir el dolor ajeno, la vergüenza, la culpa o el silencio amordazado para evitar que la situación empeore?… no lo creo.

Entonces, sigamos en ello, porque tenemos que hablarlo, limpiar el alma, denunciarlo, poner en evidencia aquello que es callado todos los días.

Reacciona papito, reacciona.

#metoo  #yotambién

Pasó el tiempo

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Un 17 de octubre del año 2007 salió a la luz mi primer post. Se llamaba: ...qué miedo!!! (post #1Mucha agua ha pasado debajo del puente, el río no es el mismo, buena Heráclito!

He bautizado al 2007 como “el año que viví en peligro”. Tengo razones íntimas y personales que no pienso ventilar que confirman que así fue. Ese año se cerró literalmente un 31 de diciembre con la muerte de mi madre. A las doce de la noche, con la pérdida encima, levantamos una copa, JC, mis hijos y Kevin –el mejor cura/amigo del mundo- y brindamos por el dolor, el amor y la vida: tres palabras fundamentales para la situación que habíamos y estábamos atravesando.

Han pasado diez años intensos y mi vida dio giros insospechados ¡Los juguetones dioses del Olimpo, el fatum, el Dios de mi infancia, la casualidad y los astros se conjugaron a la vez! En una década he cambiado de casa, he renunciado al trabajo del que pensé me iba a jubilar, he conocido gente de lujo, he recuperado amigos, otros han pasado a mi caja de  recuerdos, he visto a mis hijos sacarse la mierda: subir, caer, recuperarse, vivir; he sido testigo de la pasión que le pone JC a todo proyecto en el que se involucra y seguir siendo el rebelde que conocí, publiqué Palabra Viva y Visiones compartidas con una gran socia y he ayudado a una mujer hermosa a escribir su autobiografía que refleja el duro camino de la sobrevivencia. Sigo dictando clases, porque amo mi oficio que no es trabajo. Mis alumnos son la savia que alimenta mi corazón. Me rodea mucho, muchísimo amor que por encima de mí misma me acepta con todas mis humanas aristas.

En octubre del 2007 mi vida estaba “enpuntomuerto”,  había tomado decisiones poco acertadas y cargado con heridas propias y ajenas que llegaron a enceguecer mi entendimiento, casi como cuando Dante llegó al bosque y se encontró con tres fieras previo ingreso al Infierno para iniciar su larga jornada de purificación.

Diez años después, he cambiado mi centro emocional, he aprendido… uy… sí que he aprendido…y sin embargo, a mis 54 años estoy consciente de que no sé tanto como quisiera. Confirmo todos los días que tengo que seguir descubriendo y luchando por los sueños que aún tengo pendientes. No quiero ni debo perder la capacidad de cuestionarme, no se me puede terminar la curiosidad.

La vida es un continuo rehacerse puesto que, de lo contrario, estás condenado a estancarte en un punto-muerto, a morir en vida. Ahí, donde creo que estuve.

Le decía a mis alumnos, hace unos días, que una de las palabras que define la no definición es INEFABLE “ indecible y se utiliza para referirse a aquello que no puede explicarse con palabras” (DRAE). Este post en el que celebro diez años de estar en la blogosfera en esencia contiene tres sentimientos que para mí lo son: el dolor, el amor y sobre todo, el agradecimiento.

Gracias por la compañía en estos diez años, muchos de los temas desarrollados en casi 800 posts han nacido de experiencias compartidas con ustedes. Si bien no puedo agradecer a todos los que quisiera, tampoco puedo ser mezquina antes de cerrar:

A las dos mujeres de sangre McCarthy,  les debo mucho y creo que no pueden imaginar cuánto. M, confidente y cómplice en tiempos muy oscuros, siempre te tengo presente. S, F, A y G, pocos me han guapeado como ustedes. J y M, tener y re-tener su amistad ha sido una caricia para el alma. ME, no sabes cuán bien me hace tu compañía y optimismo. T, sobran palabras pero lo sabes. A mis hermanos escogidos P, J y A, incondicionales.  Gracias con los que comparto los cafés terapéuticos, larga vida para ustedes. A mis alumnos de ayer, de hoy y de mañana, los aplaudo. A mis profesores, a los que me dieron un ejemplo y a los que fueron un contraejemplo. Y por último, a los que lograron por un breve momento hacerme la vida a cuadritos, el tiempo que me dedicaron valió la pena: soy más fuerte, valiosa y por lo visto importante.

Juan Carlos, ¿qué hiciste conmigo? Un misterio; me has regalado tanto con tu enorme capacidad de amar, de motivar, de acompañar, de perdonar y entender… creo que nunca lo has percibido en su total dimensión.

A Micaela y Alejandro, mi todo, mi fruto, mi “tibio rincón”.  Recuerden que cuando yo no esté, mi voz les hablará en todo lo que he escrito a los largo de estos años. Ahí estará mami.

¡Levanto copa por lo aprendido!

 

De por qué me gusta el fútbol

CHorri meses

para Hernán L.

Hace unos días alguien se sorprendió porque no se imaginaba que yo fuera una fanática discreta -pero fanática al fin y al cabo- de uno de los deportes que despiertan más pasiones. Lo soy, convicta y confesa. En mi haber tengo trece mundiales de los que recuerdo doce,  a Perú lo he visto en tres ¡chesu!

Sin embargo, ver fútbol no es debido al contagio de un virus mundialista como me lo preguntaron aunque es cierto que es innegable que “Football is in the air”

El recuerdo más lejano que tengo es la eliminatoria para México 70. Televisor enorme, de imágenes en blanco y negro cuya pantalla era verde jade cuando estaba apagada. Mi padre sentado en un berger de tapiz floreado cerveza en mano, nosotras, las tres hijas, sentadas en el piso y mi madre tejiendo en su sofá mecedora. Silencio sepulcral en la calle. Cubillas era churro, el negro era Perico León, Sotil un cholo que llegaría al cine y  Perú Campeón lo cantábamos en el colegio con la Sister Joanne.

El “María Reina” era un colegio mixto, religioso y conservador, pero tuvo a bien fomentar en las niñas el fútbol femenino. Los profesores inmersos en la reforma educativa nos dejaban ser durante los recreos; mis amigas Mayte y Marie Lis no me dejarán mentir cuando afirmo que en 1972 en el patio de primaria organizábamos partidos de fulbito solo de mujeres, los chicos jugaban en el jardín. Cuando estuvimos en secundaria, en las olimpiadas internas no faltaron esos partidos e incluso, alguna vez para seguir con esta paridad de géneros, las mujeres arbitramos algunos partidos de los chicos (para que no digan lisuras, decían…. Ilusión de los profes), un éxito de gesta.

Cuando todavía éramos una familia “funcional” esporádicamente un sábado o un domingo, mi padre abría una cerveza y se ponía a ver alguno de los pocos partidos que se transmitían. Era para lo único que prendía el televisor. Su equipo: Universitario. Un hombre inteligente mi padre. Un recuerdo  marcado, viendo los partidos de la Copa Libertadores me hacía analizar los corners del uruguayo Rubén Techera, podría ser en 1975 (¿?).

Teníamos quince años en Argentina 78 y llegó un profe gringo nuevo que era igualito a Muñante, el Brother Douglas. Las caricaturas vinculándolos invadían el salón y el pobre solo decía, okey, munante, okey. Morales Bermúdez se puso la sudorosa camiseta de Meléndez y a Quiroga le metieron seis pepas al hilo. ¡Oh por Dios! Y todo esto no lo he leído.

De España 82 recuerdo cuando José Velásquez sin querer queriendo se bajó a un árbitro en pleno partido, Paolo Rossi era un hit  y Naranjito era la mascota. Ese mismo año me enamoré de mi marido, un futbolero futbolista; confieso públicamente que las piernas de los futbolistas siempre me han alterado el metabolismo y este joven las tenía.**

A JC lo acompañé a todos los partidos que pude acompañarlo con todas las cábalas habidas y por haber (incluyendo la media sucia), a las chelas y cebiches posteriores, a las lesiones semanales de los aductores; me acostumbré  a ser de cuando en vez una segunda opción en su vida cuando el partido era vital para él. Tan vital que el día que nos casamos yendo a mi casa a celebrar pusimos el clásico U-Alianza en la radio. Tan vital que cuando estaba embarazada de Micaela en el lejano Italia 90 y sufríamos con los apagones, más de una vez, nos trepábamos apurados con mi tremenda panza en un micro para alcanzar  a ver algún partido en la casa de sus tías pues ahí no se había ido el fluido eléctrico. Qué atractivo era Baggio, buenas piernas.

Y así continué entre los descentralizados, la Eurocopa, la Copa Sudamericana, la Copa Libertadores, la Copa del Rey,  la Champion, la UEFA, los mundiales entre el 1994 y 2014.  Hoy con preferencias y más exigencias que la edad permiten. En mi casa se sigue respirando fútbol, y más con un hijo futbolero futbolista al que bautizaron a los siete  años como “el Chorri” y yo me reduje orgullosamente a ser la mamá del Chorri.

Mientras trabajé con alumnos de secundaria si había un partido importante, ahora lo puedo decir, hice caso omiso a la regla de “no se puede ver/oír ningún partido”, lo siento, el pecado fue cometido y los chicos tuvieron a bien guardar el secreto: cómo lo disfrutamos, el placer del fútbol clandestino. Yo ya había planeado que si alguien me llamaba la atención, iba a decir que era un ejercicio de lingüística para analizar el estilo pomposo de los comentaristas deportivos: con los argentinos no teníamos pierde.

Veo fútbol pero no opino, no soy conocedora de la técnica. Tengo en mi registro futbolístico dos frases inolvidables: “Un partido sin goles es como un campo sin flores” (Bruno Espósito, dixit) y “Dicen que Balán Gonzáles es un diamante en bruto, yo nunca vi el diamante” (El Veco, dixit). GENIALES!

Me gustan las jugadas, los pases, el movimiento. Veo fútbol, a veces sin saber quién juega, incluso sola. A veces, como una danza intensa de 22 hombres y uno extra que seudo vigila. A veces, como una batalla de noventa minutos donde al final algunos se lamen las heridas.

Aquí estamos, no sabremos qué pasará esta semana. Pero me debía este post y se lo debía como respuesta a un amigo que hace unos días me preguntaba si me había contagiado con el virus del Mundial.

No estoy contagiada, he sido una enferma desde que tengo uso de razón.

**Han pasado 35 años y las piernas de JC son los mismas.

El ojo

Mi padre fue -digamos- un hombre de avanzada; se definía a sí mismo como un progresista convicto y confeso. Con el paso de los años y cierta intuición confirmé que en muchos aspectos fue un visionario, a veces inentendido, infinitamente curioso y con un espíritu exageradamente travieso.

Lejanamente recuerdo que un día volvió de un viaje que había hecho a Nueva York. Sería el año 68 y no paraba de contar de manera entusiasmada cómo había sido testigo de una “cuasi invasión” de hippies en la ciudad.  Además, venía con un regalo especial para mi madre que había comprado en una feria ambulante instalada en los alrededores del Rockefeller Center. −Es un vestido de papel, dijo entusiasmado.

¿Un vestido de papel?− preguntó mi madre. ¡Ay Fernando! ¿Qué voy a hacer yo con un vestido de papel? ¿Cómo voy a salir a la calle con este vestido? ¡Esas locuras que se te ocurren a ti!

−Vamos Negrita, que es un regalo. Al menos déjame ver cómo te queda.

Yo tenía cinco años y los que me conocen saben que me puedo acordar casi clarito de una cosa como esa, pero no entendía cómo a mi papá se le había ocurrido comprar ese vestido que me miraba con un ojo inmenso y perturbador. Era un vestido literalmente impreso y plastificado en la parte de atrás. Aclaro que la explicación la puedo dar ahora. De niña no entendía nada. Solo pensaba que como mi mamá fumaba, al primer cigarro que prendiera corría el peligro de quemarse con vestido y todo, como Juana de Arco.

La Negrita le dio gusto. Se puso unas panties muy oscuras y el vestido de papel sobre su cuerpo, muy al estilo Twiggy. Se fueron a una cena con amigos y no recuerdo haber vuelto a ver ese vestido por años.

En octubre del 2012 me mudé un día como este. En la revisión previa de cachivaches antes del proceso, encontré doblado (súper doblado) un ojo que me miraba. Un ojo pixealeado, amarillento, un ojo que estaba en mi memoria. El vestido de papel resurgía del olvido. Mi sabia amiga y artista innata Cecilia Arróspide me sugirió enmarcarlo. Con una delicadeza digna de calígrafo chino, pasó varios días lavando a mano la prenda hasta desaparecer por completo las manchas amarillas que habían quedado como prueba del paso del tiempo y de la humedad de Lima. Como el vestido tenía la misma impresión por delante y por detrás, le propuse que ella se quedara con un lado y yo, con el otro. Así fue.

Hace poco tuve la enorme suerte de pasear por el MOMA (Museo de Arte Moderno de Nueva York). Iba recorriendo sala por sala, con paciencia de procesión, cuando  me di con la sorpresa de encontrar esto:

Moma 28

Me quedé paralizada. El rostro del Premio Nobel impreso en un formato igualito que el OJO!. Verán que le tomé una foto, así como también le tomé a los créditos de la obra. Detalle que he aprendido. Después no sabes qué es de quién,  ni qué viste, ni nada.

Moma 27

Hice mi investigación: Harry Gordon, el artista, diseñó una serie de vestidos/afiche (poster dress) con cinco diseños. Los vendía por menos de $3.00. Excepcionalmente imprimió alguno con la imagen de Bob Dylan, su cantante favorito.

“Mystic Eye” era el vestido de papel que mi papá había comprado y que rápidamente al final de la década de los sesenta fue un objeto obsoleto. Mi mamá, sabe Dios por qué razón, lo había terminado refundiendo en alguna caja donde guardaba retazos y disfraces que pudieran sacarla de apuro.

Hoy, la mitad de  “El ojo místico” cuelga en una pared de mi casa y la otra, en la casa de Cecilia.

 

poster ojo

Does it take much of a man to see his whole life go down,
To look up on the world from a hole in the ground,
To wait for your future like a horse that’s gone lame,
To lie in the gutter and die with no name?

Bob Dylan