Pasó el tiempo

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Un 17 de octubre del año 2007 salió a la luz mi primer post. Se llamaba: ...qué miedo!!! (post #1Mucha agua ha pasado debajo del puente, el río no es el mismo, buena Heráclito!

He bautizado al 2007 como “el año que viví en peligro”. Tengo razones íntimas y personales que no pienso ventilar que confirman que así fue. Ese año se cerró literalmente un 31 de diciembre con la muerte de mi madre. A las doce de la noche, con la pérdida encima, levantamos una copa, JC, mis hijos y Kevin –el mejor cura/amigo del mundo- y brindamos por el dolor, el amor y la vida: tres palabras fundamentales para la situación que habíamos y estábamos atravesando.

Han pasado diez años intensos y mi vida dio giros insospechados ¡Los juguetones dioses del Olimpo, el fatum, el Dios de mi infancia, la casualidad y los astros se conjugaron a la vez! En una década he cambiado de casa, he renunciado al trabajo del que pensé me iba a jubilar, he conocido gente de lujo, he recuperado amigos, otros han pasado a mi caja de  recuerdos, he visto a mis hijos sacarse la mierda: subir, caer, recuperarse, vivir; he sido testigo de la pasión que le pone JC a todo proyecto en el que se involucra y seguir siendo el rebelde que conocí, publiqué Palabra Viva y Visiones compartidas con una gran socia y he ayudado a una mujer hermosa a escribir su autobiografía que refleja el duro camino de la sobrevivencia. Sigo dictando clases, porque amo mi oficio que no es trabajo. Mis alumnos son la savia que alimenta mi corazón. Me rodea mucho, muchísimo amor que por encima de mí misma me acepta con todas mis humanas aristas.

En octubre del 2007 mi vida estaba “enpuntomuerto”,  había tomado decisiones poco acertadas y cargado con heridas propias y ajenas que llegaron a enceguecer mi entendimiento, casi como cuando Dante llegó al bosque y se encontró con tres fieras previo ingreso al Infierno para iniciar su larga jornada de purificación.

Diez años después, he cambiado mi centro emocional, he aprendido… uy… sí que he aprendido…y sin embargo, a mis 54 años estoy consciente de que no sé tanto como quisiera. Confirmo todos los días que tengo que seguir descubriendo y luchando por los sueños que aún tengo pendientes. No quiero ni debo perder la capacidad de cuestionarme, no se me puede terminar la curiosidad.

La vida es un continuo rehacerse puesto que, de lo contrario, estás condenado a estancarte en un punto-muerto, a morir en vida. Ahí, donde creo que estuve.

Le decía a mis alumnos, hace unos días, que una de las palabras que define la no definición es INEFABLE “ indecible y se utiliza para referirse a aquello que no puede explicarse con palabras” (DRAE). Este post en el que celebro diez años de estar en la blogosfera en esencia contiene tres sentimientos que para mí lo son: el dolor, el amor y sobre todo, el agradecimiento.

Gracias por la compañía en estos diez años, muchos de los temas desarrollados en casi 800 posts han nacido de experiencias compartidas con ustedes. Si bien no puedo agradecer a todos los que quisiera, tampoco puedo ser mezquina antes de cerrar:

A las dos mujeres de sangre McCarthy,  les debo mucho y creo que no pueden imaginar cuánto. M, confidente y cómplice en tiempos muy oscuros, siempre te tengo presente. S, F, A y G, pocos me han guapeado como ustedes. J y M, tener y re-tener su amistad ha sido una caricia para el alma. ME, no sabes cuán bien me hace tu compañía y optimismo. T, sobran palabras pero lo sabes. A mis hermanos escogidos P, J y A, incondicionales.  Gracias con los que comparto los cafés terapéuticos, larga vida para ustedes. A mis alumnos de ayer, de hoy y de mañana, los aplaudo. A mis profesores, a los que me dieron un ejemplo y a los que fueron un contraejemplo. Y por último, a los que lograron por un breve momento hacerme la vida a cuadritos, el tiempo que me dedicaron valió la pena: soy más fuerte, valiosa y por lo visto importante.

Juan Carlos, ¿qué hiciste conmigo? Un misterio; me has regalado tanto con tu enorme capacidad de amar, de motivar, de acompañar, de perdonar y entender… creo que nunca lo has percibido en su total dimensión.

A Micaela y Alejandro, mi todo, mi fruto, mi “tibio rincón”.  Recuerden que cuando yo no esté, mi voz les hablará en todo lo que he escrito a los largo de estos años. Ahí estará mami.

¡Levanto copa por lo aprendido!

 

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De por qué me gusta el fútbol

CHorri meses

para Hernán L.

Hace unos días alguien se sorprendió porque no se imaginaba que yo fuera una fanática discreta -pero fanática al fin y al cabo- de uno de los deportes que despiertan más pasiones. Lo soy, convicta y confesa. En mi haber tengo trece mundiales de los que recuerdo doce,  a Perú lo he visto en tres ¡chesu!

Sin embargo, ver fútbol no es debido al contagio de un virus mundialista como me lo preguntaron aunque es cierto que es innegable que “Football is in the air”

El recuerdo más lejano que tengo es la eliminatoria para México 70. Televisor enorme, de imágenes en blanco y negro cuya pantalla era verde jade cuando estaba apagada. Mi padre sentado en un berger de tapiz floreado cerveza en mano, nosotras, las tres hijas, sentadas en el piso y mi madre tejiendo en su sofá mecedora. Silencio sepulcral en la calle. Cubillas era churro, el negro era Perico León, Sotil un cholo que llegaría al cine y  Perú Campeón lo cantábamos en el colegio con la Sister Joanne.

El “María Reina” era un colegio mixto, religioso y conservador, pero tuvo a bien fomentar en las niñas el fútbol femenino. Los profesores inmersos en la reforma educativa nos dejaban ser durante los recreos; mis amigas Mayte y Marie Lis no me dejarán mentir cuando afirmo que en 1972 en el patio de primaria organizábamos partidos de fulbito solo de mujeres, los chicos jugaban en el jardín. Cuando estuvimos en secundaria, en las olimpiadas internas no faltaron esos partidos e incluso, alguna vez para seguir con esta paridad de géneros, las mujeres arbitramos algunos partidos de los chicos (para que no digan lisuras, decían…. Ilusión de los profes), un éxito de gesta.

Cuando todavía éramos una familia “funcional” esporádicamente un sábado o un domingo, mi padre abría una cerveza y se ponía a ver alguno de los pocos partidos que se transmitían. Era para lo único que prendía el televisor. Su equipo: Universitario. Un hombre inteligente mi padre. Un recuerdo  marcado, viendo los partidos de la Copa Libertadores me hacía analizar los corners del uruguayo Rubén Techera, podría ser en 1975 (¿?).

Teníamos quince años en Argentina 78 y llegó un profe gringo nuevo que era igualito a Muñante, el Brother Douglas. Las caricaturas vinculándolos invadían el salón y el pobre solo decía, okey, munante, okey. Morales Bermúdez se puso la sudorosa camiseta de Meléndez y a Quiroga le metieron seis pepas al hilo. ¡Oh por Dios! Y todo esto no lo he leído.

De España 82 recuerdo cuando José Velásquez sin querer queriendo se bajó a un árbitro en pleno partido, Paolo Rossi era un hit  y Naranjito era la mascota. Ese mismo año me enamoré de mi marido, un futbolero futbolista; confieso públicamente que las piernas de los futbolistas siempre me han alterado el metabolismo y este joven las tenía.**

A JC lo acompañé a todos los partidos que pude acompañarlo con todas las cábalas habidas y por haber (incluyendo la media sucia), a las chelas y cebiches posteriores, a las lesiones semanales de los aductores; me acostumbré  a ser de cuando en vez una segunda opción en su vida cuando el partido era vital para él. Tan vital que el día que nos casamos yendo a mi casa a celebrar pusimos el clásico U-Alianza en la radio. Tan vital que cuando estaba embarazada de Micaela en el lejano Italia 90 y sufríamos con los apagones, más de una vez, nos trepábamos apurados con mi tremenda panza en un micro para alcanzar  a ver algún partido en la casa de sus tías pues ahí no se había ido el fluido eléctrico. Qué atractivo era Baggio, buenas piernas.

Y así continué entre los descentralizados, la Eurocopa, la Copa Sudamericana, la Copa Libertadores, la Copa del Rey,  la Champion, la UEFA, los mundiales entre el 1994 y 2014.  Hoy con preferencias y más exigencias que la edad permiten. En mi casa se sigue respirando fútbol, y más con un hijo futbolero futbolista al que bautizaron a los siete  años como “el Chorri” y yo me reduje orgullosamente a ser la mamá del Chorri.

Mientras trabajé con alumnos de secundaria si había un partido importante, ahora lo puedo decir, hice caso omiso a la regla de “no se puede ver/oír ningún partido”, lo siento, el pecado fue cometido y los chicos tuvieron a bien guardar el secreto: cómo lo disfrutamos, el placer del fútbol clandestino. Yo ya había planeado que si alguien me llamaba la atención, iba a decir que era un ejercicio de lingüística para analizar el estilo pomposo de los comentaristas deportivos: con los argentinos no teníamos pierde.

Veo fútbol pero no opino, no soy conocedora de la técnica. Tengo en mi registro futbolístico dos frases inolvidables: “Un partido sin goles es como un campo sin flores” (Bruno Espósito, dixit) y “Dicen que Balán Gonzáles es un diamante en bruto, yo nunca vi el diamante” (El Veco, dixit). GENIALES!

Me gustan las jugadas, los pases, el movimiento. Veo fútbol, a veces sin saber quién juega, incluso sola. A veces, como una danza intensa de 22 hombres y uno extra que seudo vigila. A veces, como una batalla de noventa minutos donde al final algunos se lamen las heridas.

Aquí estamos, no sabremos qué pasará esta semana. Pero me debía este post y se lo debía como respuesta a un amigo que hace unos días me preguntaba si me había contagiado con el virus del Mundial.

No estoy contagiada, he sido una enferma desde que tengo uso de razón.

**Han pasado 35 años y las piernas de JC son los mismas.

El ojo

Mi padre fue -digamos- un hombre de avanzada; se definía a sí mismo como un progresista convicto y confeso. Con el paso de los años y cierta intuición confirmé que en muchos aspectos fue un visionario, a veces inentendido, infinitamente curioso y con un espíritu exageradamente travieso.

Lejanamente recuerdo que un día volvió de un viaje que había hecho a Nueva York. Sería el año 68 y no paraba de contar de manera entusiasmada cómo había sido testigo de una “cuasi invasión” de hippies en la ciudad.  Además, venía con un regalo especial para mi madre que había comprado en una feria ambulante instalada en los alrededores del Rockefeller Center. −Es un vestido de papel, dijo entusiasmado.

¿Un vestido de papel?− preguntó mi madre. ¡Ay Fernando! ¿Qué voy a hacer yo con un vestido de papel? ¿Cómo voy a salir a la calle con este vestido? ¡Esas locuras que se te ocurren a ti!

−Vamos Negrita, que es un regalo. Al menos déjame ver cómo te queda.

Yo tenía cinco años y los que me conocen saben que me puedo acordar casi clarito de una cosa como esa, pero no entendía cómo a mi papá se le había ocurrido comprar ese vestido que me miraba con un ojo inmenso y perturbador. Era un vestido literalmente impreso y plastificado en la parte de atrás. Aclaro que la explicación la puedo dar ahora. De niña no entendía nada. Solo pensaba que como mi mamá fumaba, al primer cigarro que prendiera corría el peligro de quemarse con vestido y todo, como Juana de Arco.

La Negrita le dio gusto. Se puso unas panties muy oscuras y el vestido de papel sobre su cuerpo, muy al estilo Twiggy. Se fueron a una cena con amigos y no recuerdo haber vuelto a ver ese vestido por años.

En octubre del 2012 me mudé un día como este. En la revisión previa de cachivaches antes del proceso, encontré doblado (súper doblado) un ojo que me miraba. Un ojo pixealeado, amarillento, un ojo que estaba en mi memoria. El vestido de papel resurgía del olvido. Mi sabia amiga y artista innata Cecilia Arróspide me sugirió enmarcarlo. Con una delicadeza digna de calígrafo chino, pasó varios días lavando a mano la prenda hasta desaparecer por completo las manchas amarillas que habían quedado como prueba del paso del tiempo y de la humedad de Lima. Como el vestido tenía la misma impresión por delante y por detrás, le propuse que ella se quedara con un lado y yo, con el otro. Así fue.

Hace poco tuve la enorme suerte de pasear por el MOMA (Museo de Arte Moderno de Nueva York). Iba recorriendo sala por sala, con paciencia de procesión, cuando  me di con la sorpresa de encontrar esto:

Moma 28

Me quedé paralizada. El rostro del Premio Nobel impreso en un formato igualito que el OJO!. Verán que le tomé una foto, así como también le tomé a los créditos de la obra. Detalle que he aprendido. Después no sabes qué es de quién,  ni qué viste, ni nada.

Moma 27

Hice mi investigación: Harry Gordon, el artista, diseñó una serie de vestidos/afiche (poster dress) con cinco diseños. Los vendía por menos de $3.00. Excepcionalmente imprimió alguno con la imagen de Bob Dylan, su cantante favorito.

“Mystic Eye” era el vestido de papel que mi papá había comprado y que rápidamente al final de la década de los sesenta fue un objeto obsoleto. Mi mamá, sabe Dios por qué razón, lo había terminado refundiendo en alguna caja donde guardaba retazos y disfraces que pudieran sacarla de apuro.

Hoy, la mitad de  “El ojo místico” cuelga en una pared de mi casa y la otra, en la casa de Cecilia.

 

poster ojo

Does it take much of a man to see his whole life go down,
To look up on the world from a hole in the ground,
To wait for your future like a horse that’s gone lame,
To lie in the gutter and die with no name?

Bob Dylan

Un día como hoy

Mica cumple 2017

Hoy cumpliré un año más de haber sido madre por primera vez. La hora: las 05:40 am. El día: un viernes 13. Cabalística perfecta para un número extrañamente mágico.

Creo que esperas que escriba algo un día como hoy  y este año no quiero decepcionarte. Sabes, además, que podría decirte esto en privado, imprimir estas palabras y dejarte una carta sobre tu cama. Pero, no puedo evitarlo, cuando pienso en ti, el pecho me tiembla de emoción y el corazón se me sube a la garganta como un cliché común, porque soy una mujer que gusta de los clichés, nos gustan los clichés. Y porque tu hermano no se va a poner celoso, porque lo sabe: eres la mujer de mi vida.

Llegaste a este mundo para decir: ¡ya llegué! ¡estoy aquí! Y desde hace veintisiete años has ido perfeccionando esa técnica;  a pesar de lo evidente por tus dimensiones es imposible que pases desapercibida. Tu luz interior te convierte en el faro que puede iluminar más de una vida. Viniste alborotada, impetuosa, curiosa, demandante, achorada y valiente, mil veces valiente, un millón de veces valiente. No me voy a cansar de decirlo: valiente, carajo.

Pero también fuiste una niña con temores y sé que a veces exageré hasta empujarte y pararte frente a ellos, mientras te decía: aquí estoy, no pasa nada, no te preocupes, aquí estoy. Hoy es al revés. Cuando incursionas en terrenos oscuros y desconocidos para mí, y mis temores me destrozan el estómago,  tú eres la que me dice: aquí estoy, no pasa nada, no te preocupes, aquí estoy. Y confío, confío, no me dejas alternativa.

Hace 9,862 días me regalaste la vida de madre, la magia de tus deditos posándose en mis mejillas y los besos lleno de baba. Esa magia que me confirmó que nos embronca lo mismo, como la injusticia del mundo; esa magia que nos ayudó a entender que la muerte solo es un paso que alivia el dolor. Esa magia que nos hace suspirar por Jon Snow y que me ayuda a aguantar estoicamente cuando tarareas la melodía de la serie de la manera más desentonada posible. Esa magia llamada complicidad.

La magia va con nosotros, la magia de las muchísimas de lecturas compartidas, de los viajes, de las fotos, de Fashion Emergency, de los memes, de los minions (nuestros clones), de los rompecabezas, de la salsa, de todo lo que tenemos planeado por hacer y por cocinar. La magia de la ropa compartida, la magia del “reggggggias y digggggggnas, sobre todo diggggggnas”, la magia de que tú pierdas mis cosas y  que yo encuentre las tuyas. La magia materna de querer meterme en todo y tu fineza de hija para que no vaya a lograrlo. La magia de reírnos y molestarnos, la magia de decirnos las verdades y de la jodida valentía de pedirnos perdón. La magia de los besos de moza y del crocante de manzana, de burlarnos de tu padre y de tu hermano. La magia de tratar, por encima de todo, de estar a tu lado y creer ingenuamente que nunca te he fallado.

¿Qué puedo regalarte hoy a manera de homenaje?

Pues solo la fuerza que tengo en mi corazón, que como bien ya sabes es tuyo; mi fuerza para ayudar a que cada día sigas brillando entre la bruma del estrés, mi fuerza para reír, mi fuerza para seguir protegiéndote a la distancia, mi fuerza para entender que todavía me necesitas… pero ya no tanto. Y aunque me quede sin fuerzas… que mi fuerza siempre te acompañe, mi princesa.

El mundo está ahí, complejo y salvaje. Sigue bien plantada, tu inteligencia es tu espada; tu sensibilidad es tu estrategia;  tu corazón, el mejor escudo.

¡Felices días por venir!

Tu madre

Estrechez de corazón

 

mascaras

                Máscaras                         Anamaría McCarthy

Releer a los clásicos cada día cobra más importancia. Los lectores contemporáneos pueden confirmar que libro y lector funcionan por un efecto “espejo”. Nos reflejamos en el texto, y el texto nos refleja.

Si bien Otelo es una tragedia en la que destaca el tema de los celos, hay varios elementos fundamentales que terminan en un segundo plano como la envidia, la mentira y la manipulación.

De lejos destaca Yago, quien no es un personaje secundario. Por el contrario, está extraordinariamente configurado. Este construye una estrategia para destruir al moro que vive su momento de gloria: amado por una mujer que supera los prejuicios raciales y sociales de la época; admirado por los nobles de Venecia y requerido por su capacidad de liderazgo para comandar la lucha contra los turcos. En conclusión: presa fácil de la envidia.

Otelo fue víctima de esa envidia y si bien era una personaje complejo por su propia naturaleza, todas las piezas que Yago movió encajaron para que la vida del moro se convirtiera en una desgracia. Shakespeare representa, a través de  sus personajes, las pasiones más sublimes del ser humano como el amor y también las más sórdidas como los celos, la rivalidad, el deseo por lo ajeno. Si a ello le agregamos un par de gotas del veneno perfecto, la mentira: voilá!

Yo no sé mis queridos lectores si alguna vez habrán sido víctimas de un plan sistematizado y tan estudiado como el de Yago.  Una partida de ajedrez: el rey con poco espacio para huir y a merced de un peón, un caballo, un alfil, una torre, su misma reina.

Otelo cree en la amistad de Yago, confía sus íntimos secretos; como amigo, este último conoce sus debilidades, su vulnerabilidad y la usa en sus planes. Yago convoca a los tontos e ingenuos, planea, mueve sus fichas, saborea la derrota del moro, es un ser enfermizo cuya satisfacción radica en la destrucción de su general, de ese lugar que ocupa por mérito propio. Otelo no le debe nada a nadie, Yago en cambio, le debe mucho a Otelo. Este último cae enredado en la maraña, y con él los elementos fundamentales de su vida: la mujer que adora, su trabajo, sus compañeros.

¿Es esta tragedia una obra estancada en el Renacimiento inglés? ¿O es un clásico actualizado que puede repetirse en la vida cotidiana una y otra vez?

Los “Yagos” existen. Su mezquindad es tan grande que su propia infelicidad es el alimento para su estrategia, su droga, su adrenalina. Al  final de la obra todos los que cayeron en su juego terminaron compartiendo la culpa y la sangre. Venecia, ya sin Yago ni Otelo, sigue su curso con algunos en los que la historia se ve como accidental y lejana.

Un hito en la vida

1982

Todo ser humano guarda en su corazón fechas que han sido definitivas en su vida, también podemos hablar de años buenos y años malos. Años que uno ha vivido bajo la sombra de la desgracia o por el contrario, que dejaron recuerdos maravillosos. Tal vez el amor define la selección,  tal vez – por el contrario  – es la muerte o la cercanía a esta la que deja una huella imborrable, tal vez la lectura de un libro nos sacude de tal modo que la perspectiva del mundo cambia. Tal vez la suma de todos los elementos anteriores.

En lo personal tengo dos años que reconozco como transcendentales en mi vida. Hoy, me detengo en el primero.

1982 marcó mi historia personal para siempre. Ello básicamente debido a tres hechos trascendentales: una decisión profesional, un libro que leí y mi primer beso. De lo último hablaré otro día.

1982: “Las Malvinas son argentinas”, Ebony and Ivory, Thriller, las películas Reds y Carros de fuego, la última vez que el Perú fue a un Mundial, García Márquez ganaba el Nobel de Literatura, la Nueva Trova en su esplendor.

***

Cuando estaba en Estudios Generales, tuve un jefe de práctica de Filosofía que lanzó una pregunta al aire: ¿están seguros de tomar decisiones correctas? ¿están seguros de que la carrera que han elegido pertenece a ese conjunto de decisiones correctas? Quedé desalentada dándole vueltas a la decisión que tenía en mano: ser abogada. Y junto con la pregunta filosófica mi mente trabaja a mil y la desorientación -con altas dosis de cobardía- me torturaron varias semanas. Enfrentar a mi madre y decirle que el sueño de SU vida no se iba a concretar fue una traición a la patria. Tienes que ser lo que yo no pude ser. Todavía veo su rostro, ambas sentadas en la cocina, tomando un café mientras que yo le transmitía mi decisión. Lágrimas, increpaciones, desilusión, defensa, miedo, terquedad. Te vas a morir de hambre, no vas a llegar a ningún lado, no vas a ser nadie (el español y su doble negación). Al conocer mi decisión, mi padre, parado en una lejanísima orilla, veía a otro lado: en el fondo disfrutaba el macabro espectáculo de la pena que al haber expresado mi voluntad causaría en mi relación con su ex-mujer. Tiempo complicados. Me dije: a los dieciocho años es momento de mostrar valentía, te crees dueño del mundo le duela a quien le duela, a la mierda, voy por ello. Destrocé un sueño pero cumplí el mío. Cuando murió, exactamente veinticinco años después, siguió convencida de que hubiera sido mejor abogada que la profesional en la que me había convertido.

***

Curso: Ética. Profesor: Hernán Silva Santisteban. Lectura obligatoria: Demian de Hermann Hesse. Edad: 18 años. Situación emocional: desbrujulada.

Mi interior reventó en menos de doscientas páginas. La novela llegó en el momento preciso, aquel en el  que emergía de una apesadumbrada adolescencia y llegaba al agreste camino de la madurez;  el mundo se presentaba con tantos matices que solo asumía mi humana condición de ser una más de las partículas del gran universo. Emil, Max, Frau Eva, Kromer, todos los personajes me decían algo. Y con mucha fuerza sentía que mi vida se reflejaba interminablemente en ese libro que mi profesor me había obligado a leer. Una sala de espejos.

“La vida de cada hombre es un camino hacia sí mismo, el intento de una camino, el esbozo de un sendero. Ningún hombre ha llegado a ser él mismo por completo; sin embargo, cada cual aspira a llegar, los unos a ciegas, los otros con más luz, cada cual como puede. Todos llevan consigo, hasta el fin, los restos de su nacimiento…”

Demian me hablaba a mí: “algo había en mí mismo que no estaba en orden sino en franco desorden”. “…es bueno tener conciencia de que en nosotros hay algo que lo sabe todo, lo quiere todo y lo hace todo mejor que nosotros”.

El mundo empezó a mostrarse de otra manera, los errores de mis padres tan influyentes en mí empezaron a perder poder, la vida universitaria empezó a entrarme por los poros y con ella: la libertad. Salir al mundo, saber que había algo más allá de refugiarme en una conocida y segura zona de confort. El ave rompe el cascarón. La voz interior levantaba su volumen, la búsqueda de una identidad, tener valor. Pensar. Max Demian había hablado.

Cuando 1982 terminó y con él,  la primera etapa de mi educación universitaria. Mi corazón me pertenecía y de ahí, estuve preparada para compartirlo.

En la memoria

1 Niñas en escalera

Croacia, antigua Yugoslavia, 1939

Entre los gustos que he tenido en los últimos tiempos, destaco el hecho de haber  acompañado a una hermosa y sensible mujer a cumplir con un sueño postergado. Su fortaleza y su valentía me han enseñado, a lo largo de un especial proceso, que el ser humano es capaz de hacerse y rehacerse muchas veces. No importa qué edad tengas. Me hizo repensar en lo valioso que es estar rodeada de personas que crean en ti, en tus ilusiones, porque precisamente a veces estas se terminan prorrogando al surgir otros responsabilidades que pasan a ser prioridad.

Deponemos los sueños, por cumplir con otras cosas, tal vez igual de importantes en su momento. Pero no hay que perder la esperanza de lograrlo. No es tarde, nunca es tarde para ponerle ganas y dar rienda suelta a un proyecto. Si ya esperamos, por qué seguir haciéndolo.

 Escuchar su historia me marcó. Releer cada dolor sufrido, cada carencia, cada señal de desesperanza me movió en lo más profundo. La fe, el temple, la valentía, pudieron mantenerla entera; frágil, quizás, pero entera. No hay dramatismo, hay testimonio. No hay dolor, simplemente vivencia. No hay pena, solo melancolía. No hay resentimiento, solo amor.

Sin querer esta mujer me ha confirmado que uno puede volverse inmortal mientras haya alguien que siempre te recuerde, mientras vivas en el pensamiento del otro, mientras un corazón te convoque. En su recuerdo ha sido capaz de resucitar a personas, verlas, evocarlas, sentarlas a la mesa. Están  vivas mientras habiten en su memoria.

Todos tenemos derecho a llevar nuestros propios cadáveres, los personales, los íntimos. Todos tenemos derecho a cargar nuestros espíritus familiares, cercanos o dejar que estos se pierdan en el olvido. Del mismo modo, ganamos el derecho de que nos recuerden o nos olviden, ya dependerá de qué forma lo haga el otro.

Si quieren saber algo de esta historia no duden en escribirme, el producto lo tengo en mano. Es una obra maravillosamente humana.