De ida y de vuelta, 35 años después.

La primera vez que me paré delante de un grupo de alumnos tenía veinte años, ellos unos diecisiete. Marzo 28, seis de la tarde, 1984. Salón L-107 de Estudios Generales Letras, curso: Lengua 1. Mi primer jefe, Luis Jaime Cisneros.

Cada semana iba cayendo en una trampa de la que nunca pude salir. La enseñanza empezó a ser para mí una diversión, lo mismo que es ahora. Entendí que se podía mantener una relación horizontal en la que tanto ellos como yo terminábamos aprendiendo. Luis Jaime, además, me ayudó a perder el miedo, a entonar mi lectura, a respetar las pausas, a leer en diagonal para corregir más rápido, a detectar las faltas de ortografía, a escuchar a los alumnos, a bromear con ellos.

Cuando empecé a enseñar en la academia pre-universitaria Trener, llegó una etapa sumamente especial,  llena de cursilería, diría que: fue algo para siempre (mis compañeros saben a qué me refiero). Desafío y aprendizaje, manejo de clase, aguantar el cochineo de los alumnos, el ponerme la mota en la parte más alta de la pizarra, el pararme sobre el escritorio para bajarla sin problema, orientarlos a tomar decisiones, putearlos si no estudiaban y miles de situaciones que cansarían al lector. Aprendí a tolerar, a inspirarme para que un curso obligatorio y aburrido como Literatura les fuera medianamente atractivo, a tener un discurso que levantara puentes, a llamarles la atención con cariño, a retarme cada día para tener información entretenida, a pararme frente a un salón de postulantes a carreras de ciencias de cuarenta chicos y una que otra chica. Y sobre todo, a cochinear antes que me cochineen. En tiempos trenerianos vino mi matrimonio, el nacimiento de mis dos hijos, mis amigos entrañables e incondicionales. ¡¡¡Uy, sí!!!

La enseñanza escolar arrancó en los 90s, y mi aprendizaje alcanzó niveles más ambiciosos. No podía sobrevivir únicamente con las herramientas que había ganado en los años anteriores, no bastaba. Trabajar con chicos entre los catorce y diecisiete años era ingresar a las Grandes Ligas. Otra cosa. Un universo que nunca había imaginado. Su desorientación (y la mía), su innata rebeldía (y mi ignorancia), su energía (y mi poca entrenada tolerancia), su desgano (y eso sí, mi creatividad). Trabajar con sus padres, máximo desafío. Durante más de veinte años aprendí, aprendí y aprendí. Generé conocimiento, me alejé de mis modelos escolares, hice cuerpo con muchas de sus ideas y argumenté otras desde mi orilla de adulta, madre y profesora. El conocimiento llegaba solo. Aprendía el que quería, nada de chanconería, escribir y leer, leer y escribir. Hablar, hablar y hablar. Largas horas invertidas en conversar de mil temas. Escuchar música, divertirnos juntos, contarnos secretos, apoyarnos, ser cómplices. Aprender, enseñar. Aprender, enseñar. Aprender, enseñar. Aprender, enseñar.

Hoy, mi presente es delicioso. Trabajo con adultos ávidos de aprendizaje, curiosos, cuestionadores. Cada uno aporta su experiencia, sus lecturas, sus dudas, y mil cosas más. Aprendemos nuevamente juntos, y valgan verdades: me han subido la valla. Cada semana se me plantea un nuevo desafío que me obliga a seguir aprendiendo.

Termino esta reflexión agradeciendo a los que me han acompañado en estos extraordinarios treinta y cinco años. Ustedes lo saben. Compartí estos espacios con personas extremadamente valiosas a las que perdí de vista. Comparto actualmente mis espacios con otros que incluso están desde el primer día.

Gran parte del tiempo invertido se los robé a personas especiales: a mi marido, que siempre me respalda en todos mis proyectos desde que fuimos enamorados; a mis  hijos que escucharon mis primeras lecciones en mi barriga y que luego tuve el placer de tenerlos en clase (otra historia). De ellos, las mejores enseñanzas.

¡GRACIAS!

Anuncios

Marzo, mes, mujer, menstruación: una sola regla.

maniquis

Foto: Anamaría McCarthy

Tanto el documental Period. The end of sentence (ver Neflix, ganador del Oscar de mejor documental)  como las confesiones que suscitaron el artículo de Daniela Meneses hace unos días en diario El Comercio (ver “Hablemos de la menstruación”) me animaron a escribir sobre este tema del que nunca había reflexionado en casi doce años que publico periódicamente . (periódicamente viene de la palabra “período”, qué irónico!!!).

Pertenezco a una generación en la que muchas de nuestras madres no nos dieron una explicación muy clara (o ninguna) de los cambios que iban a ocurrir en nuestros cuerpos cuando llegara la menarquia** (dicho sea de paso, el término lo aprendí cuando tenía más de treinta años). A mí, por lo pronto, me lo contó una amiga del colegio a los ocho años en los términos más cochinos del mundo, y me encargué de buscar en alguna enciclopedia algo al respecto. Tuve la suerte de que cuando empecé a menstruar, estaba con una tía muy cariñosa y dulce – viajando lejos de mi casa- y solo atinó a aplaudir diciendo que yo ya era toda una mujer: doce años, cuatro meses, cinco días. Se me jodió el viaje.

Cuando entré a secundaria con tremendo estreno,  las toallas higiénicas parecían colchones de la casa de la Barbie, y para que no se movieran habían algunas opciones: un cinturón de seguridad que con una especie de clip dentado sujetaba la toalla de cada extremo (ver foto a continuación) o, usar un imperdible para estabilizar la toalla al calzón: Mimosa o Serena.  Los calzones mochita o moll no eran los mejores del mundo. Pero era lo que había. Ya existían los bloomer que se vendían en la casa Val-Ro y que sobre el calzón también amortizaban el movimiento –y el peligro obvio de la falda de colegio que se abría, levantaba o similar, un diseño malazo con saña-.  ¿¿¿Always con alas, autoadhesivas, Nosotras invisible?? Eso sería ciencia ficción. Eso usaría Linda Carter en Wonder Woman!!!! Eso… NO se había inventado, por favor!!

cinturon serena

cinturón para fijar la TH, nótese los ganchos extremos Fuente: Joshua Yospyn/Getty Images

Las charlas que recibíamos en el colegio mixto y religioso desde luego eran separadas. En una promoción de 160 alumnos: a las 80 chicas nos pasaban videos (súper 8) sobre la menstruación y sus amigas las trompas de Falopio; a los 80  chicos supongo, les hablaban de los peligros de la masturbación y la posibilidad de que les crecieran pelos en las manos. La charla venía con souvenir: paquetón de toalla higiénica que obviamente metíamos debajo de la chompa para ir directo a nuestra clase y esconderla en nuestros maletines. No faltó el pendejerete que asaltó alguna compañerita y empezó a jugar camote con sus congéneres llevando casi al llanto a la humillada víctima. Les juro que hoy hubiéramos hecho guerra de toallas o competencia de toallas voladoras ¿por qué no?.

En ese contexto al llegar el “mes”,  ir al baño a cambiarnos era,  en la gran mayoría de los casos, una la vergüenza, había que ir escondiendo bien el paquetón. Algunas usaban unos pañales Mimi y no se cambiaban durante toda la jornada: aguantaban la pila, no se manchaban y en el peor de los casos se ponían hasta dos pañales.

Otro sufrimiento era que el profe te sacara a la pizarra porque por nuestra cabeza se anticipaba la tragedia: me está bajando, me está bajando, ¿Si se me nota? ¿Si me he pasado?  ¿Habré manchado la carpeta?

Tengo grabado el recuerdo de AMZ que un día tuvo una hemorragia, y se ensució hasta las piernas y los 40 alumnos que había en el salón nos dimos cuenta. Ella, en su estupor, no podía levantarse. Solo escondió su cabeza y lloraba a mares. Tuvo que venir la encargada de OBE – Orientación y Bienestar del Educando-  para ayudarla y desde luego, el señor de la limpieza. Estaba sucia, la vimos sucia, nadie se acercó a consolarla. Miramos de lejos y nos fuimos. Ella no regresó al colegio hasta una semana después, el estigma lo llevó encima varias semanas.

Los jamases y leyendas heredados de las abuelas eran macondinos: no cortarte el pelo, no hacer mayonesa, no bañarte en agua fría, no batir claras porque no llegan a punto merengue, no usar pantalón blanco, cuidado con el tampax si eres virgen, mejor poner un plástico entre la sábana y el colchón por si te pasas, etcétera, etcétera, etcétera. Cada mundo femenino guardará sus propias historias.

Quiero cerrar  mi post con un guiño de humor: un día siendo chiquilla me llené de valor para ponerme mi primer tampón, era una chica pura, diáfana y verdadera, más tarada que ninguna. Me compré una caja a escondidas y seguí las instrucciones que traía el dibujito: no me imaginaba que mi interioridad podía ser tan “flexible”. Sudaba como nadie, mi psique conservador puro, diáfano y verdadero luchaba contra el Tampax “mini”…  porque además, no quería que me deflorara. Una vez lograda la empresa, sentía un dolor intenso, pero suponía que así era la cosa, si íbamos a parir con dolor, la comodidad de tener dentro algo que retuviera el flujo también vendría con su cuota de incomodidad. No podía sentarme bien, sobre una pierna la cosa estaba mejor. No obstante, ocurrió algo inesperado: un estornudo asaltó mi cuerpo y plaf! el tampón salió disparado!!!! Conclusión: no volví a usar tampones casi quince años después, casada y con dos hijos.

Joder, ayer, hoy y siempre estar con la regla es una reverenda vaina. Pero al menos hoy algunas de nosotros tenemos la libertad de compartirlo, hablarlo y renegarlo.

** primera menstruación: Del gr. mḗn, mēnós ‘mes’ y archḗ ‘principio’. Hoy pregunté en casa si alguien sabía el significado del término: los dos varones estaban perdidos en el espacio.

El círculo completo

La nochevieja no estaba completa sin una cena engalanada con un pavo horneado en la mesa. La vieja tradición familiar se repetía una y otra vez, y Lita esperaba ansiosa todo lo que eso suponía.  En casa, era la obra suprema, el resultado de algunos días de trabajo pertinaz, comprometido y dedicado de una persona, su madre.

Solía llegar a casa en alguna mañana ya alborotada con todos los preparativos, los encurtidos coloridos en los frascos brillantes y transparentes, las frutas secas maceradas en licor que luego pasarían a la masa azucarada que acabaría en el horno para ese bizcocho cuyo sabor solo se repetía una vez al año. El árbol desempolvado, las luces trejas que daban batalla para poder encenderlas. El ambiente artificial se estaba preparando.

En un costal de tocuyo, hacía su digna aparición el señor pavo pechugón moviéndose inquietamente. Lita, de la mano de su madre la ayudaba a abrir la puerta y recibía tremendo paquete que algún paciente de su padre regalaba para agradecerle la dedicación: el ave criada en su propio corral. Llegaba vivo y coleando, el tímido glú-glú se escuchaba a través de la tela desteñida como un lamento del que sabe a lo que está condenado. Al soltarlo en el patio el  plumaje negro brillaba bajo el especial sol que ilumina el pueblo en esa época de  diciembre.

Ana, la madre, miraba al señor pavo y surgía un primer diálogo de los siguientes días.

−Te voy a engordar, bonito. Tú eres la estrella de la casa. Te hemos esperado todo el año.

Entonces Ana lo amarraba de una pata a una tubería externa que había en el patio colindante con la cocina. Luego, iba alimentándolo día a día, mientras que el señor pavo glugluteaba interrumpiendo el ruido cotidiano de casa. Agazapada desde la puerta del patio, Lita iba a visitar al pavo desde lejos, era casi de su tamaño, tenía miedo,  y a la vez cierta atracción por tremendo animal, te van a matar, te van a matar…

Hasta que llegaba el día en el que  Ana se ponía su mandil de cocina y unos guantes gruesos. Se acercaba al señor pavo y le sujetaba el cogote con una mano para con la otra, empezar a darle un biberón de aguardiente: glup, glup, glup… Desde la puerta del patio, Lita observaba el espectáculo. El señor pavo empezaba a dar vueltas sobre su eje hasta que caía ebrio, rendido. Entonces,  con una fineza de dama, Ana le daba un par de vueltas al pescuezo e ipso facto le volaba la cabeza, como el satrecillo valiente que mató siete de un golpe. Acto seguido, el señor pavo de cabeza (sin cabeza) dentro de un cubo.

Como quien realizaba un trabajo de filigrana, la madre daba inicio a la ceremonia del desplume; el otoño, al fiesta del alcaucil,  hoja por hoja, pluma por pluma. Sentada en un banco de madera con alguna estación de radio como fondo musical. Había cierta poesía en esa escena: el colchón de plumas, las baladas de Nino Bravo, la ilusión de la pronta navidad, el pavo muerto en una suerte de striptease involuntario. El sol con su tibia luz iluminaba la escena, una imagen casi surrealista en el patio de una casa de pueblo.

−Ya estás listo, has quedado hermoso y más hermoso estarás esta noche.

El calor del horno prendido, los olores de cocina, la mesa que empezaba a engalanarse.

Lita sabía que al año siguiente esa escena se iba a repetir. Sin embargo, esperaba ansiosa el sortear con sus hermanos a quién le iba a tocar comerse esta vez la rabadilla.

Árbol + nacimiento

Los recuerdos que cargamos en la memoria pueden ser traumatizantes, sesgados, viscerales y hasta inexactos. Sin embargo, nuestros propios registros son los que nos ayudan a reconstruir nuestro pasado.

Ha llegado el mes navideño y mi grinch (al que he decidido bajarle la intensidad en beneficio de mi zen) busca su origen entre aquellos elementos que me han llevado a ser como soy. He tratado esta vez, de hacer el ejercicio de hurgar en mi mente entre los elementos de las fiestas que me impiden ver a  la Navidad como algo emocionante y, por el contrario me llegue “al mango” su existencia en el calendario.


Durante mi infancia,  mi casa solía estar decorada navideñamente de manera modesta:  un nacimiento, un afiche de la parroquia que mi madre pegaba con cinta adhesiva en la ventana (No hay Navidad sin Jesús –que nazca en ti-) unas estrellas doradas en otras, un papa Noel de papel y algo más que no logro recordar, unas bolas de colores, unos collares que se colocaban con las anteriores en una suerte de ánfora y unas botas de lana tejidas a crochet por ella misma.

El nacimiento, lo reconozco, era bien bonito: de cerámica blanca, cinco imágenes sin rasgos, como siluetas. Lo habían comprado en Oeschle (el original) pero a veces por miedo a que se rompiera mi mamá ponía uno de madera que cumplía su función. Y mientras escribo, me acaba de asaltar la imagen de un nacimiento que mi padre tenía hecho por Edilberto Mérida (artesano cuzqueño) que era –con el respeto que merece- para deprimir a cualquiera. Sufrí las veces que él insistió en colocarlo a la entrada de la casa.

Eso sí, árbol en casa nunca hubo.

En algunas navidades mi padre ponía en una mesita de  la sala uno de sus bonsáis que solíamos decorar con alguna que otra bolita en miniatura (tal vez CUATRO) de esas que se rompían al toque; era lo que había y no se iba a comprar nada. Por ende, tampoco había lugar para poner los regalos y solo puedo recordar que mi madre guardaba todos los paquetes en su closet.

En la casa de mi abuelo Juan Manuel (llámese Jesús María, muy ad hoc) la cosa era más elaborada. El nacimiento ocupaba el lugar vital porque además de estar presentes José, María, Jesucito, la vaca, el burro, Melchor, Gaspar y Baltazar, había una loma llena de vacas, caballos, gallos, gallinas y creo que toda el Arca de Noé representados en figuras de hierro que debían ser de los años cuarenta –por lo menos-. ¡Dios mío! Podía pasarme horas mirando cada bicho porque no entendía qué hacían en la escenografía. En mi casa, el nacimiento  solo tenía cinco elementos. En Jesús María, el nacimiento era hiperbólico, sobre poblado, horror vacui.

En Jesús María también había árbol, pero era uno sumamente particular, yo diría raro. El que yo recuerdo era plateado como hecho de flecos de papel platina y con bolas moradas –no sé si por seguir honrando al Señor de los Milagros o qué-; vuelvo a repetir es mi recuerdo, porque más de una persona perteneciente a la rama materna de mi familia va a empezar a corregir seguramente diciendo que el árbol no era así y que las bolas tenían otro color. Eso de tener memoria compartida es todo un tema. A mí, me parecía horroroso, yo quería ver en algún lugar familiar un pino verde, de ley!!!

Árbol y nacimiento en un cambalache bastante particular. Entre Jesusmaría y Miraflores el ambiente navideño no fluía, como quien dice.

Cuando tuve a mis hijos, por evitarles el trauma compré un árbol discreto que todavía tengo, a pesar de mí. El nacimiento blanco también lo conservo y aunque José perdió una mano antaño, le hice un muñoncito de teromasi que pasa desapercibido si no lo miras mucho. El padre de Jesús es una suerte de manco de Miraflores, cumpliendo su rol con hidalguía.

Hilos invisibles

night

Hace unos días me conmovió muchísimo un artículo publicado en el diario El País de la autora española Rosa Montero, a quien admiro muchísimo (ver “Un abrigo colgado en la percha”). En este, ella reflexionaba sobre el duelo por el que pasamos cuando perdemos a un ser querido (ya sea por su muerte o por otras circunstancias de la vida). Recuerden que uno también pasa por duelos cuando termina una relación, pierde un amigo por mil razones, o se aleja de la patria.

A veces, para no perder a esa persona del todo y llevarla siempre con nosotros conservamos algún objeto de importancia, ya fuere para la persona que no está más o porque nosotros trazamos un inconsciente o consciente hilo invisible entre estos dos “elementos”.

Las palabras de Montero me hicieron reflexionar en qué guardaba yo de mis gentes más queridas, cosas que tienen un real valor sentimental para mí y que los convoco, los veo y por lo tanto, el ejercicio recordatorio se hace dulce y amable. Debo aclarar que tengo un montón de cosas de mi madre, algunas piezas de ropa que me he acomodado al cuerpo y que disfruto con placer; de mi padre, casi nada porque la vida nos llevó por orillas diferentes y no hubo oportunidad de conservar algún recuerdo realmente personal e íntimo: eso sí, fotos y una carta compleja que guardo con celo.

Van entonces, dos hilos invisibles.

Un libro que le rogué a mi padre que me regalara pero no me dio el original; al preparar algunas temas de clase me acompaña como una lectura recurrente con anotaciones de su puño y letra: Las cuatro mujeres de Dios: la puta, la bruja, la santa y la tonta.  Él sabía cuánto me apasionaba los temas polémicos y un día me dijo, – tengo un libro que te va a encantar. Pero, como era un libro de consulta para uno de los tantos ensayos que estaba escribiendo, me regaló una copia. ¡Algo es algo! Cada vez que lo leo, evoco las conversaciones en las que discutíamos sobre los prejuicios, el machismo, la historia, entre otros temas interesantísimos. Un libro que no suelto por nada, que tiene un valor mayor al resto de mis otros libros -que son muchos-.

El aro de casada de mi madre: Como muchos saben, el matrimonio de mis padres terminó después de treinta años. Así de simple. Pero por esas razones del corazón que la razón no entiende, mi madre guardó toda la vida su aro de casada. La vi inmersa en lágrimas el día que se lo quitó para siempre. La vi guardarlo en una cajita de terciopelo en un oscuro rincón de su escondite personal (yo sabía dónde estaba ese escondite…). La vi también celebrar su aniversario número 50 porque ella decía que su matrimonio le había dado lo mejor del mundo: sus hijas y sus nietos (y sus yernos….) y para mí, ese aro lo representaba. Hace más de diez años el aro de mi madre acompaña en  mi anular al que me dio mi marido hace más de treinta. No sé qué me llevó a ponérmelo y evitemos análisis pseudofreudianos. Pero tengo su buena energía, su presencia constante y perecedera, su “amor constante más allá de la muerte”.

Me pregunto, cuando yo ya no esté en este mundo, ¿qué conservarán mis hijos donde pueda caber un pedacito de mi vida?

Sí, así somos las personas, ya lo he dicho antes: humanizamos los objetos, los dotamos de significado, los convertimos en fetiches. Son pequeños flotadores que impiden que las aguas del tiempo arrasen con todo. Rosa Montero, noviembre 2018.

Un año más…

dav

Se dice que escribir es terapéutico, sobran autores para confirmar que eso es una verdad categórica. Muchos especialistas en la mente (y en el alma) lo recomiendan como una herramienta que incluso podría ayudar a salvar vidas; en algunos casos no se logra, pienso en Arguedas como ejemplo.

Sin embargo, en este pequeño espacio -llamado blog–  que el ciberespacio me regaló un 17 de octubre y al que yo fui dándole un sabor hogareño, encontré un lugar donde volcar el amasijo de sentimientos y reflexiones que me asaltan día a día. Incluso, ha respetado mis tiempo de visitarlo, de cobijarme en él, de cambiarle de nombre, de dudar de seguir en la jornada. Mi blog me ha acompañado en momentos de desazón, tristeza, alegría, rabia, éxito, frustración y celebraciones. Ha recibido mis pensamientos políticamente incorrectos, mis opiniones, mis lecturas, mis anécdotas, mis cambios de humor, mis recuerdos más queridos y aquellos que no son tanto.

No sé qué pasará en un futuro, las redes sociales se dispersan, el Facebook está en una larga agonía, el Instagram es gráfico y las stories van demasiado rápido y el Twitter es un pop corn de opiniones variopintas.  Yo no sé mañana… versa la canción.

Mientras tanto, sigo en esta zona de confort, tranquila, contenta, tras haber encontrado un centro que tal vez se alcanza con la edad, la reflexión de los errores cometidos, el orgullo de lo logrado, la distancia de lo tóxico y un poquitín de sabiduría que da la vida.

Gracias a los que me dan su buen amor, a los que me aceptan y continúan a mi lado, a los que  perdonan mis desaciertos y con ellos a cuestas,  me dan cabida en sus vidas.

Escribir es liberar, pero también es permanecer.

¡Salud!

 

 

Reflexión lingüística

los comienzos Rafael Fernández

imagen de: Rafael Hernández, 1997

Cuando yo era niña las expresiones que solíamos utilizar para decir que algo nos gustaba eran qué bacán, qué vacilón (con la duda de que si era con b o v)  palabras que por cierto están en el Diccionario de la Real Academia. De las telenovelas venezolanas heredamos el qué chévere y no sé de dónde vino qué paja (cuyo doble sentido limitaba su uso en las chicas bien educadas). Yo tenía heredado el qué neto de la generación de mis hermanas y ya el clásico qué bestial.

Empecé mi labor docente cuando tenía 20 años y compartía con mis alumnos las mismas expresiones, pero a medida que el tiempo pasaba empezaba a incorporar otras y luego a tomar distancia de unas que no me vacilaban mucho. Qué mostro,  eso es pajaza (léase, una paja más entusiasta).

Hemos cambiado algunas, hecho permanente otras. Por ejemplo, mi amiga Magalli debe ser una de las pocas que usa qué vacilón cuando algo le parece bacán.

También me llama la atención la tendencia que, con el pasar de los años, se ha ido  agudizando para reducir  casi todo lo que se pueda a dos sílabas. Por ejemplo, cuando mi hija era chica, sus amigos que tenían nombres serios e importantes pero pasaron a ser: Ma-ka, Juan-di, E-du, Ju-ca, Ro-dri, Se-bas, Ti-na, Ka-ri,  Ta-li, Ta-lo, A-le, Ma-fer, Mi-ca, entre los destacados. Chicos, los amo y los convoco. Pero claro, nosotros los padres que le ponemos el nombre completo a nuestros hijos, cuando hacíamos mención al grupo preguntábamos si era lo mismo decir: ¿ca-ca, pi-chi, po-to? Sin ánimo de ofender, desde luego.

Hoy por hoy, biselabeamos con fuerza y oímos: sa-le por de acuerdo, da-le por perfecto, Pun-ta por Punta Hermosa, Sur-chi por el sur chico, sal-chi por salchipapas, cham-pi, por champiñones y di-ver por divertido.

Conservamos los apelativos cariños ya mencionados y es raro que te llamen por tu nombre completo: ahí la cosa se pone seria o tienes la suerte de que tu nombre ya tenga dos sílabas o tienes un sobrenombre ad eternum que también las tiene. Yo soy Cha-ta, o Clau y la verdad es que ninguno de los dos me encanta pero sé que me lo dicen con cariño.

Entonces, continuemos con este ahorro silábico, la historia del habla lo sustenta. Cada generación con lo suyo y como suele ocurrir, lo que quede se incorporará a la norma.

Y por si acaso, no quiero reflexionar en todas las variaciones utilizadas en el wassap, de ello se ha escrito y escribirá; y  porque -la verdad-  la ausencia de las vocales me loquea, csm.