Dentro o fuera

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Encontramos personas que se paran en la cancha con tal liderazgo que pueden decir/decidir quién es digno de pertenecer a su círculo o no. Se observa en los círculos laborales tanto como en los amicales, y en estos últimos esas dinámicas resultan inclusive dolorosas y malsanas.

Se configura una suerte de logia o “mini reino” en el cual funcionan unas reglas similares o parecidas a un sistema feudal: o estás dentro del feudo o no lo estás. Al ganar la confianza del líder o los líderes, se respira una especie de seguridad, de bendición,  es como estar bajo el halo de protección y que no te pasará nada. “Felizmente es mi amigo/a” lo dice una voz interior, aunque no queramos reconocerlo. Porque obviamente preferimos –como al señor feudal- tenerlo de amigo que de enemigo.

No te pasará nada, siempre y cuando te sometas a las reglas pre-establecidas. Reglas que tal vez nunca se han dicho, reglas que tal vez ni siquiera has intuido. Pero sigues el juego, entras en la dinámica.

Sin embargo, pobre de ti si te equivocas. Si hacer algo  que no gusta. Si dices la verdad, si eres sincero, si te opones al juego, si criticas lo criticable. Un error, un simple error muchas veces involuntario, o incluso ajeno, puede condenar a un individuo a que la manada lo condene al ostracismo: castigo que los antiguos griegos utilizaban para expulsar a aquellos que consideraban sospechosos o peligrosos para la ciudad. Ojo, no eran criminales, solo que al perder la confianza de la masa, caían en un abismo profundo de desprecio.

Hoy podemos ver que una de las caras más comunes del ostracismo es la cotidiana ley del hielo. La gente te deja de hablar, te ignora, te castiga con su desprecio, te baja el dedo como en la antigua Roma, te saca del reino. Empieza a respirarse un ambiente tenso porque se callan cuando el apestado aparece, se cambian de sitio, se retiran, no sonríen, solo hacen muecas forzadas y a veces, el pobre condenado (gratis) no entiende ni un carajo lo que está pasando. Peor aún, empieza a preguntarse qué hizo para que la atmósfera se le vuelva irrespirable. Nadie le dice nada. Lo abandonan a su suerte y lo dejan sumido en la ignorancia.

Y este ostracismo no tiene edad, no tiene nacionalidad, no tiene bandera. Se te aplica y punto, no hay retorno.

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Estocolmo literario

 

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-Sombras literarias- Leonardo Faibich

Hace unos diez años atrás me encontré casualmente con una amiga en una librería buscando una buena novela y ella, tomando un ejemplar me dijo: lee esto, te vas a sorprender, no logro entender hasta qué límite un autor puede ser así de creativo.

No les voy a decir el nombre ni del autor ni de la novela. Cuando empecé mi lectura recuerdo que llevaba mi libro a clases y mientras que los chicos leían en la hora que teníamos destinada a compartir ese placer,  yo aprovechaba en avanzar lo propio. Llegado el momento, me di cuenta que no podía seguir leyendo. Había algo entrampado en el texto que me lo impedía. Me daba vergüenza hacerlo en público.

Los que me conoces dirán: ¿tú? ¿vergüenza? Lo digo en serio. No podía verme rodeada de gente. Sentía que lo que el autor había logrado transmitirme era tan íntimo, tan sórdido que la interacción entre el texto y el lector (en este caso yo) solo era permitido en soledad sola. No una soledad abstracta, sino una soledad real.

Me volvió a pasar hace poco leyendo otro texto, contenía unas escenas tan duras que el dolor que este transmitía no me permitían leerlo de un tirón. Era como compartir un testimonio doliente y el narrador me ofrecía a compartir la pesada carga de su mochila y yo, creo que indefensa, no me sentía capaz de acompañarlo.

Lo que me confirma que leer no es solo un placer, también es sufrimiento y desgarro porque sentimos, vivimos y nos transportamos a una tierra ignota en donde no sabemos qué habrá agazapado detrás de la esquina que resulta el voltear la página. ¿Qué me sorprenderá? ¡Qué me querrá decir ahora, maldita sea! ¿Podré soportar una vez más que me tire al piso para escupirme su verdad a la cara? ¿incluso, sabiendo que puedo cerrar el libro en cualquier momento y huir con toda la libertad que me da ser SU lector?

Novelas que me han secuestrado, que me han dejado amordazada, encadenada a su ficción.

“…la creación de la palabra y vida existían y, cogidos de la mano danzaban ante mí llamándome como si les faltara uno para jugar.” Amelia Martínez

 

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Desde dentro

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“Quiso mirar y encontró un paraíso
Quiso mirar y encontró el infierno
Quiso mirar lo que siempre nos duele
Quiso mirarse por dentro”
José Antonio Quesada

 

Cuánto se puede decir, cuántas fotos podemos publicar, cuántos rencores podemos guardar, cuántos perdones podemos otorgar.

Cuántas palabras podemos compartir, cuántas historias podemos fabular, cuantas versiones podemos tamizar, cuántos cuentos podemos creer.

¿Cuánto nos podemos mentir?

La vida está llena de errores, deslices, pecados, caídas. Tenemos la tendencia de culpar a los demás de aquello que no logramos, de sueños truncos, de proyectos inconclusos y peor aún, solemos decir que lo que vive el otro es porque se lo merece: “debe ser por algo”.

¿Cuántas veces, cuando no te han salido las cosas como querías asumiste que el error era tuyo? Y tuyo, no por confiar en otros, TUYO totalmente. Tomaste decisiones equivocadas, la cagaste.  Tal vez no tenías las habilidades necesarias para obtener buenos resultados.  Tal vez eras muy bueno para aconsejar pero no tanto para mirar tu propia vida.

En más de una ocasión miramos al otro parados en un peldaño y eso precisamente nos impide ver nuestro propio terreno.  Por eso es que siempre le dices a los demás que todo está bien, que estás totalmente tranquilo con tu vida, que eres feliz, que no tienes problemas. Todo está bien, no necesito a nadie. Y cuando la gente te pregunta y tú le cuentas las historias de cómo has salido adelante y te pintas como campeón, te convences de que todo está bien.

¿Cuánto nos podemos mentir?

Todos nuestros hijos son buenos, recuerda. Todos los maridos son afectuosos y todas las esposas devotas. Todos los infieles aparecen de la nada y todos seguimos atados a destinos que no merecemos porque los otros están equivocados. Todos vamos a cambiar y todo va a mejorar, porque en el fondo, pocas veces nos equivocamos ¿no?.

Tú más que nadie  eres el mejor en mentirte. Te convences todos los días de que eres un sobreviviente de fatalidades y no te das cuenta de cuántos errores has cometido y si bien, eres como eres debido a mil factores que se han conjugado a tu favor (o en tu contra), resulta que no tienes el valor necesario para para ver las propias cartas que estás jugando.

Criticas, juzgas, lapidas, insultas, rajas, intrigas, demandas, te encaprichas, dramatizas, exageras, victimizas.

¿Te has mirado por dentro, te has mirado sin que nadie más te vea?

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María y Juan, simples diferencias

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1. Mientras María retiene todo, los problemas, los recuerdos, el papelito, la servilleta, el líquido acumulado, la grasa en la cadera,  la celulitis, el rencor, ergo: retiene lo habido y por haber…porque todavía me acuerdo que hace cinco años, tres meses y cuatro días me dijiste que… En cambio, Juan suelta todo, resuelve el problema y lo descarta, lo da por terminado. Sin embargo puede que no guarde “recuerditos” pero muchos tienen colecciones enormes de cosas inimaginables. Yo tengo un Juan con hartos rasgos de María en este aspecto, gracias a Dios varios testigos para confirmarlo.

2. María es multifocal, puede hacer mil cosas a la vez, hablar, pensar, tejer, ver televisión y encima echarle un ojo al hijo. Pero cuidado, a veces por abarcar tanto se nos pueden estar escapando las vacas. Se dice que Juan es monofocal, si ve tele el resto del mundo no existe. Ojo, que puede simular que le presta atención a lo que María dice, pero desconfíen de ello. Algunos Juanes argumentan que con la tecnología empieza a descubrir cierta posibilidad de hablar del multi tasking pero no le daría mucha fe. Del mismo modo, como esa premisa es realmente histórica muchos se esconden inteligentemente tras esa tara mental cuando lo que ocurre es que le llega al perno lo que María está diciéndole y la ignora, tan simple como eso.

3. Las Marías resolvemos nuestros conflictos hablando, dándole vueltas, compartiendo con otras Marías, analizamos, y encima a veces ni los resolvemos, los terminamos complicando… Los Juanes en cambio, resuelven sus conflictos en silencio y recién cuenta lo que les pasó cuando este ya esté resuelto, o no lo cuentan nunca. Es más, se perturban cuando María les insiste en : Amorcito, pero cuéntame que te pasa… Error garrafal: no va a contar, al menos en lo inmediato. Mejor es esperar. Lo interesante es cuando ELLOS toman la iniciativa de contarlo, eso ya es otra cosa. Curiosamente, las Marías ponemos cara de circunstancia para que él nos pregunte si nos pasa algo… y seguiremos con esa cara… porque son pocos los que preguntan… porque adivinen cuál será la respuesta en tono sufriente “…mmm nada, no me pasa nada”. Él, obviamente, asume que efectivamente es así y no pregunta más…

4. Algo que siempre me ha llamado la atención es que cuando las Marías llegan a la adultez, suelen dejar de jugar: ¿se ve seguido a alguna adulta jugando jaxes, por ejemplo?. Ellos en cambio, siguen con sus partiditos de fútbol. He aplaudido siempre esa diferencia y la envidio enormemente. Alguien dirá que las María también se reúnen a jugar cartas, por decir algo, pero sí hay una diferencia fundamental. Como dijimos en el punto (2) , juegan pero a vez conversan, chismean, pero falta “sudar la camiseta”.

 

5. Las Marías, tenemos la “insanía” de no saber valorarnos. De estar pendientes de lo que dicen de nosotras, de preocuparnos de cómo lucimos y encima de minimizar las alabanzas. Los Juanes, auténticos, les llega altamente… son orgullosos per se.  Hasta con su guata chelera se sienten sexies, si no se han afeitado… más… ¿nosotras?

De hecho, estoy es una generalización bien básica… pero está ahí, en nuestro disco genético, sea social, sea antropológico, sea genérico…. como quieran llamarlo. Igualmente, hay muchos Juanes con comportamientos de Marías porque la crianza de ciertas generaciones ha venido con cambios reales y tangibles; por otro lado, muchas Marías  han adquirido la practicidad de los Juanes.  Tal vez esto se aplica en la vida laboral pero si lo miramos bajo el microscopio es porque María siente la exigencia de comportarse como Juan.
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y qué pasaría si…

 

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Una de las premisas clásicas que heredamos de la civilización greco-romana es el famoso “Carpe diem”, tópico que reduce su sentido a: vive el hoy porque el mañana es incierto. Confiados entonces en que la vida se pasa en un suspiro nos abanderamos de sacarle el jugo al presente porque no sabemos si al día siguiente estaremos muertos.

El mañana es incierto, efectivamente y no hay peor cosa que vivir en la incertidumbre. Peor aún es tener esa malsana tendencia -dirán algunos-  de pensar y por ende, vivir continuamente pensando en qué ocurrirá si…

Escuchaba hace poco a una madre joven que se encontraba ante la siguiente angustia, qué pasará si mi hijo no ingresa al colegio, si no pasamos el examen, si tengo que decir por la segunda opción que no me encanta, si tengo una hija mujer luego y yo quería que fueran ambos al mismo colegio. Seguramente como no pronuncia bien la /r/ me lo mandarán a terapia entonces empezaré el carrusel de los gastos extras y no sé cómo voy a poner manejar toda esa mochila.

Yo la oía y a la vez, en mi cabeza se me organizaba la imagen de una larga fila de piezas de dominó que una vez que empujamos la primera, caen en cadena automática todas… una por una. Pero la vida no funciona así siempre. Y nos empeñamos en pasar por torturas anticipadas inútilmente.

Hay decisiones que tomamos sopesando un gran porcentaje de probabilidades y de consecuencias que estas pueden traer consigo; otras, traen pasivos que no dependen de nosotros; por último, también podemos encontrar decisiones riesgosas que no traen consecuencia alguna o por algún azar.

La ansiedad nos ataca antes de tiempo, la convocamos, nos invade adelantadamente tal vez con el fin de buscar soluciones a las que podamos recurrir en el caso de que una hecatombe se presente ante nuestra puerta.

El desgaste es atroz. Uno ni duerme y se plantea todos los escenarios habidos y por haber, y escenifica diálogos, quinientas posibles soluciones, invierte horas de horas diseñando estrategias para que no se active el efecto dominó o en todo caso no se vaya fuera de control. Y ello ocurre mientras que ninguna pieza se ha movido, peor aún… a veces nunca se mueve. En pocas palabras: perder el control de las situaciones…. a sabiendas que es imposible tenerlo siempre.

Otro panorama se da, cuando soñamos en qué pasaría si me gano la lotería. O si el hombre que amo me propone matrimonio, o si mi jefe me da el ascenso esperado. En lo positivo, en lo bueno, en lo que deseamos nos basta con que ello se cumpla y solo ser felices. Quizás solo seamos más realistas.

Vive el hoy, que la incertidumbre del mañana no te quite el buen sabor del presente.

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Laurencia, todos a una, presencia permanente

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Ballet de Antonio Gades “Fuenteovejuna”

 

Hay varios personajes literarios que viven y reviven en nuestros días gracias a la magia del teatro. Este año por ejemplo, Hamlet es uno de ellos. Una vez más hemos sido testigos de su dilema, de su locura impostada y de sus temores para poder encontrar la verdad. Hay otros que no gozan de tanta fama. Tal vez porque se pierden en el tiempo, tal vez porque la coyuntura no contribuye a llevarlos nuevamente a un escenario, o porque el tema de la obra misma termina minimizando su importancia.

Ello me lleva a recordar un monólogo de la misma época que creo es injustamente poco convocado: Laurencia, en Fuenteovejuna. En él transmite una fuerza que no puede pasar desapercibida por ningún lector medianamente observador. La imagen que tenemos de esta obra teatral del siglo XVII, como pasivos estudiantes de literatura escolar, es realmente patética, pregúntense aquellos de mi generación qué recuerdan de la obra y lo más probable es que al unísono (los acompaño) digamos: ¡Todos a una! Resumiríamos que el pueblo harto de los desmanes mató a la autoridad, al comendador, -por supuesto que ello corresponde a los que tengan mejor memoria-.

¿Quién era Laurencia?, una campesina, la hija del alcalde violada por el susodicho Comendador el día de su matrimonio. Cuando logra huir de él, irrumpe en la asamblea del pueblo donde todos los hombres están reunidos y pronuncia un discurso fabuloso. En este, acusa a los hombres del pueblo de cobardes, de ovejas (jugando con lo de Ovejuna), de afeminados –insultos realmente duros en la época- puesto que terminaron permitiendo que le pasara lo que le pasó y siente que nadie hizo nada para salvarla.

Vive Dios, que he de trazar
que solas mujeres cobren
la honra de estos tiranos,
la sangre de estos traidores
(…)

 

Como verán, el tema va más allá, porque la fuerza de sus palabras prende la chispa de la venganza del pueblo. Es ella, la que funge de catalizador, sin Laurencia la venganza no hubiera funcionado.

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No termina de asombrarme el emplazamiento claramente feminista, el deseo de volver a la etapa de la dominación amazona, el poder de la mujer, que cuando no se sienten defendidas por quien debía hacerlo no ve otra salida.

y yo me huelgo, medio-hombres,
por que quede sin mujeres
esta villa honrada, y torne
aquel siglo de amazonas,
eterno espanto del orbe.

La búsqueda del empoderamiento puesto que nadie le da su valor, la reivindicación, la venganza, la respuesta a un sistema injusto, maltratador y ciego.

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Foto de Perú 21, agosto 2016

 

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La medida de la vida

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En los tiempos turbulentos que vivimos hemos visto lo importante y fundamental que es la honestidad en la “Hoja de vida” o CV. Las personas se atribuyen títulos que no tienen, obras que son ajenas, logros académicos, membresías sin pertenencia alguna. Confieso que he distorsionado la verdad sobre mí misma alguna vez, pero tuve por cómplice a un funcionario allá por el año 1981.

Había cumplido 18 años, tenía que sacar la Libreta Electoral, documento de cartón de tres cuerpos que en ese entonces consignaba tus datos personales y que con el tiempo se convertiría en el DNI azul que tenemos todos los ciudadanos mayores de edad.

Libreta electoral

El documento se llenaba a mano. En los datos que debían tener registrados había uno en especial que me angustiaba: ¡estatura! ¡Pucha! Eso significaba que la medida que colocara dicho registrador iba a marcar mi vida Forever  21, 31,41,51…forever!!!!!

En ese entonces, el documento que te servía como confirmación de tus datos era tu Libreta Militar. Efectivamente, luego de 12 años de dictadura nos habíamos visto obligados a registrarnos en alguna de las tres instituciones que defienden al país: Marina, Aeronáutica y Ejército. Refrescando la memoria, llegué placé a la inscripción en la Marina y lo hice en la Fuerzas Aéreas… total: era miope, chata, pero me gustaba volar (en el sentido estricto del término, por favor). Ese documento lo había sacado en 1979 y tenía consignado lapidariamente: Estatura: 1.44 mts

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¡Ni cagando!, pensé. Ni cagando voy a decirle a este pata que ponga esa cantidad de centímetros en un documento que determinará mi vida ciudadana para siempre: ciento cuarenta y cuatro centímetros!!!! No hay forma. Ni con tacos me dejaban entrar al cine porque pensaban que tenía 13 años! Tienen que entenderme!

Mientras leía cachosamente los datos que yo le entregaba, el registrador me preguntó: ¿estatura?. De lo profundo del corazón me salió inmediatamente la siguiente respuesta: ¡Le juro que he crecido! ¡Le juro que he crecido! Esa medida tiene dos años de antigüedad y este año he dado tal estirón que usted ni se imagina.

El pata soltó la carcajada. No sé si habrá sido mi capacidad de convencimiento, o mi cara de Hush Puppie, pero en ese santiamén pasé a medir 1.51 mts. Dignidad.

Cómo es la vida… les juro que desde ese entonces no me he vuelto a medir. Sin embargo, hace mucho tiempo dejó de importarme, uno ya no tiene 18 años y de hecho soy recontrafeliz con mi estatura y más orgullosa que lo he transmitido en mis genes (si bien Cortés hizo lo suyo).

Dicen  por ahí que con los embarazos uno crece, tuve dos o sea que de hecho debo haber pasado el metro y medio. Pero también dicen que con la edad uno se va achicando: ¡joder! Todo es Karma en esta vida.

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Un poema para compartir

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Inauguro con esta sección la idea de compartir de vez en cuando textos pequeños que tal vez no tengan oportunidad de leer y que de alguna manera los lleve a recuperar el gusto por la poesía.

De Mario Benedetti:

El autor no lo hizo para mí/ yo tampoco

Lo leo para él/ yo y el libro

Nos precisamos mutuamente/ somos

Una pareja despareja/

 El libro tiene ojos tacto olfato

Hace preguntas y hace señas

Puede ser una esponja que me absorbe

O un interlocutor vacío de prejuicios

 El libro y yo tenemos un pasado

En común/ con frutales seducciones

Yo a veces le confisco a Madame Bovary

Y él me despoja de Ana Karenina

Si nos empalagamos de esos amores yertos

ya somos otros y nos reconciliamos

 el libro me provoca/ me arranca confesiones

y yo le escribo notas en los márgenes

es una relación casi incestuosa

nos conocemos tanto que no nos aburrimos

él me describe cielos incendiados

y yo se los extingo con lágrimas marina

 no lo hizo para mí/ ¿será por eso

que el rostro no me importa? / es un enigma/

yo sólo quiero descifrar el libro

y quedarme en su vida hasta mañana

 

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Nombres propios

Los seres humanos tenemos códigos que muchas veces son amicales, familiares, locales, regionales, así podemos observar que algunos de ellos tienen una fuerte influencia en la comunicación lingüística (y no lingüística).

En ese escenario pienso en ciertas palabras que son políticamente incorrectas pero que no están consignadas como tales en los diccionarios. A lo más se identifican como “americanismos” por ejemplo y todos los –ismos que corresponden a los diferentes países.

He escrito en ocasiones anteriores sobre los términos que utilizamos para llamar a ciertas partes del cuerpo, en vez de usar las correctas que en muchos casos las personas tenemos resistencia de pronunciarlas. Esto quizás por pudor, por tabú, o simplemente por convencionalismos que perteneces a tuna tradición ancestral de nuestras comunidades.

Hace poco me pasaron esta hermosa imagen que se había publicado en Facebook.

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Tal vez este nombre propio a ustedes no les indique nada, pero si este libro se publicara en Colombia o lo leyera el querido y recordado Gabriel García Márquez estaría retorciéndose de la risa en su tumba. Ello nacería de un pequeño detalle: cuando en el país norteño utilizan esa palabra están haciendo referencia a la parte púbica femenina. Los que hayan leído Crónica de una muerte anunciada recordarán estas palabras: “Me agarró toda la panocha —me dijo Divina Flor—. Era lo que hacía siempre cuando me encontraba sola por los rincones de la casa..”

Si bien me puedo jactar de mi buena memoria, mi gran amiga Roxana Ferreira es mi ayudamemoria… o sea que calculen ustedes cómo será. El otro día, le pedí confirmación a un recuerdo que pensé lo podía tener equivocado o tal vez idealizado por lo humorístico que podía resultar. Logré confirmar que no era así. Efectivamente, la imagen de un dibujo animado en blanco y negro cuando tendríamos alrededor de 9 años eran tan nítido en mi mente como ayer: un pez, una ducha y este, dándose un baño mientras una voz  nasal nos iba narrando una historia: La trucha Chucha cantando muy ducha se da un baño bajo la ducha y así, muy limpiecita la trucha en mención empezaba su día refrescada y feliz.

pez en ducha

La pobre no duró más de un par de días en la pantalla. Y así ocurre con decenas de nombres propios que han pasado por nuestras vidas dejando huellas de humor.

Hace algunos años leí un artículo sobre los problemas que surgían en la industria automotriz porque los nombres que les colocan a los modelos causaban incomodidad en ciertos mercados americanos. Por ejemplo, la camioneta Mitsubishi Pajero o el modelo que Toyota sacó al mercado norteamericano con el nombre de ISIS. Mmmm… creo no les encantó. Tuvieron a bien detener la exportación de dos marcas: Moko y otro, que de hecho hubiera resultado un fracaso: Puta.

Mi aplauso va a la valentía del Pez On que contra viento y marea llegó para quedarse y luchó su nombre con honor y dignidad, hace poco tiempo atrás. No como la pobre trucha que solo sobrevivió en la memoria de dos niñas.

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…alumbra lo que perdura

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y el hogar se ve mejor, cuando hay fuego que lo encienda
cuando hay leña que retenga tu mirada y mi voz.
Andrés Soto

¿Por qué te amo todavía?

Hoy amanezco con esta egoísta pregunta mientras contemplo tu sueño alterado por la tensión y los demonios interiores que a veces te esperan agazapados tras la puerta.

¿Por qué te amo todavía?

Y la respuesta me perturba el alma, me acaricia el corazón, me revolotea en el estómago y me asalta la culpa por los errores que se arrastran con los años.

Y yo te amo por tu capacidad de perdonarme, por tus principios principistas, porque después de tenerte como marido por veintiocho años y otros más de compañero de aventuras veo entre risas y resignación que mis ganas de cambiar algo de ti no lograron nada y que en todo caso, fue el tiempo el que nos cambió a ambos.

Y yo te amo todavía porque vuelvo a confirmar cada día que tu mano sigue extendida y que pase lo que pase, haya pasado lo que haya pasado estás dispuesto a levantarme.

Y yo te amo todavía, porque me guapeas, me sacudes, y al hacerlo me quitas la carga inútil que suelo echarme encima. Descargas pues, de mis hombros, lo que no suma y me ayudas justamente a acomodar en el alma lo valioso y permanente.

Y yo te amo todavía porque la magia no se ha perdido y sigo siendo huachafa o idealista por creer que el amor se reinventa cada día si seguimos reteniendo lo esencial, aquello que a veces el tiempo quiere arrebatarnos.

Y yo te amo todavía porque somos campeones para ver la vida con ironía, para compartir nuestras propias miserias, aunque tengamos miedo, aunque el corazón se arrugue en la confesión de nuestros dolores más profundos, aunque temamos escuchar respuestas a preguntas que tal vez no deberían hacerse.

Y yo te amo todavía porque hablamos de la mentira, de la traición, de la  muerte, cuando estas nos rondan, cuando las vemos de lejos, cuando las esquivamos, cuando las sufrimos.

Y yo te amo todavía porque reímos, y reímos, y nos miramos a los ojos y seguimos riendo. Y miramos a nuestros hijos y seguimos riendo.

Y yo te amo todavía porque me pregunto cada día:

-¿Por qué me amas todavía?

 

 

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