¿Quién hizo a quién?…

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Isla Negra, 1998

Fui  madre relativamente joven, a los treinta años los dos habían llegado a mi vida y no tenía la menor idea de lo que iba a funcionar y no iba a hacerlo durante su crianza. Yo no soy buena o mala madre, soy lo que ellos han hecho de una mujer medianamente educada, medianamente leída, medianamente juiciosa y medianamente intuitiva.

¿Qué tipo de madre ha hecho de mí Micaela?

Micaela despertó en mí una valentía desconocida y una paciencia insospechada.  Fue una niña llorona y pataletera y me enseñó con creces a respirar hoooooondo antes de decir o hacer algo que la pudiera marcar de por vida. Me adiestró a reírme de sus chistes malos, a celebrar cumpleaños, a minimizar errores. Su paciencia me ha hecho más paciente, su alegría me ha hecho más alegre, su discreción me han hecho más respetuosa y su directa sinceridad me han movido el piso siempre. Todavía me cuesta acompañarla sin preguntar, pero entiende que ha construido justamente una madre que sigue aprendiendo de sus “pruebas/errores”. Y sobre todo, me obligó a entrenarla como mujer empoderada, defensora de sus ideales, a repetirle cada día que el tamaño no hace al héroe sino la grandeza de sus actos.

¿Qué tipo de madre ha hecho de mí Alejandro?

Alejandro hizo de mí una madre guerrera desde que decidió salir al mundo a los seis meses de embarazo y tuve que mantenerlo bajo control. Arriesgado como es, me enseñó a correr riesgos, a preocuparme menos por el “qué dirán”. Me retó siempre a contestar las preguntas más inusitadas que se le podían cruzar por la cabeza y a darme cuenta de que no podía manejarlo todo. Los niveles de paciencia alcanzados con su hermana subieron en grado superlativo y sus “por qué” me dieron la habilidad de explicar cada una de mis órdenes… me convirtió en un ser más analítico. Con él aprendí a formularle preguntas que me dieran respuestas más desarrolladas que un simple: chévere, sí, no, no sé…  Todavía me cuesta acompañarlo sin hablar, a entender su silencio, todavía sigo aprendiendo de su humor negro y me sigo sorprendiendo de su capacidad de razonar. Me obligó a entrenarlo como un hombre que sabe respetar un “no”, a enseñarle a valorar el trabajo y a repetirle cada día que el tamaño no hace al héroe sino la grandeza de sus actos.

Ambos impidieron contraer la ceguera del amor maternal predicando que tenía hijos perfectos. Por el contrario, he reconocido sus yerros y he aplaudido (y lo sigo haciendo) de pie sus aciertos.

Hay dos frases fundamentales que han configurado mi vida en los últimos años. La primera: si no sueltas no podrás agarrar cosas nuevas. La segunda: algunas decisiones no se toman en un día adecuado, se toman cuando tienes los huevos para hacerlo.

Saquen sus conclusiones cuál es de quién.

Soy madre, soy de ellos, soy su hechura. Sin ellos, no tendría el título… ni huevo, ni gallina. Solo “mamá”.

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#mellega

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Imagen de: Cecilia Arróspide

Confirmo y reconfirmo que con la edad o si quieren que suene mejor con la cantidad de vueltas que damos alrededor del Sol, hay cosas que aguanto menos y otras, que increíblemente, me resbalan y no me afectan en lo absoluto.

En los tiempos que corren, rodeados de desastres, de egoísmo y que la intolerancia está a la vuelta de la esquina siento que dentro de mí crece un #mellega producido por varias situaciones.

Mi pentálogo catártico #mellega , queda corto… pero no los quiero agobiar.

  1. #mellega los prepotentes, los que meten el carro, los que no saben usar el “por favor”, los que se meten en la cola, los que piensan que subiendo la voz tienen más poder, lo que manejan a la gente sobre la base del miedo especialmente cuando la jerarquía social les da poder per se.
  1. #mellega los que jalan agua para su molino, los que buscan aprovechar la menor oportunidad para quedar como héroes,  los que no pueden ser anónimos y alardean, los que te preguntan cómo estás solo para quedar bien,  los que se golpean el pecho e impostan la voz para aparecer como salvadores de la patria. Por sobre todo, #mellega el hipócrita, #mellega, #mellega.
  1. #mellega la gente tóxica, la que inventa historias, la que se pone siempre de víctima, la que es incapaz de ver más allá, la que solo escucha una parte  y da por hecho que todas  las cojudeces que le dicen son verdad, la que sabotea las relaciones humanas, la que tira caca al ventilador para joder a todos, la que después de difamar a alguien no se hace responsable de lo que dice, no da la cara y se pone una máscara de asombro, #mellega.
  1. #mellega la gente que no sabe lo que es ser un humano, porque cree que la humanidad radica en ser heterosexual, en ser macho, en tener plata, en tener estudios, en tener carro, en ser blanco, en ser religioso,  en tener hijos,  en ser soberbio, en saber cómo “sacarle la vuelta a la situación” jugando sucio,  en ganar, en ganar y no importa cómo.
  1.  Y por encima de todo, #mellega el que se aprovecha del esfuerzo ajeno, #mellega el angurriento, el que no paga sus impuestos, el que no formaliza a sus trabajores para no gastar (por decir lo menos) el que quiere tener más sin importar a quien machaque o a quien sangre, o a quien perjudique… #mellega el corrupto, #mellega el corrupto, #mellega el corrupto, #mellega el corrupto, #mellega el corrupto, #mellega el corrupto.

A ti, ¿qué tellega?

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Condenada por mi culpa, por mi gran culpa

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He esperado que decanten un poco las neuronas para poder hilvanar mis ideas y escribir estas palabras. Tenía la sensación  meses atrás que algo andaba mal en mí. Tenía miedo. Las cosas habían empezado a ser distintas y por momentos mi cerebro me hacía malas pasadas. Me sentía como cuando uno busca un antiguo documento en su computadora con la lupita y pasan minutos decisivos en ubicarlo. Mis amigos me consolaban diciendo que también les pasaba lo mismo, que era un tema de estrés.

Mientras tanto yo sucumbía en lo que calmaba mis angustias, en lo que me daba un oasis, una paz interior, me refugiaba en mi sofá en silencio absoluto en una de las cosas que aprendí pronto a hacer: leer.

Y en eso vino, poco bienvenida,  la devastadora sentencia: la lectura produce Alzheimer. Entendí. Qué terrible, qué futuro, que cercano el final.

Me di cuenta entonces que durante años había sido verdugo de mí misma; una suicida por gotero, cada página recorrida desde aquel lejano cuento infantil que leí sola por primera vez Piel de asno de Perrault hasta el Homo Sapiens de Harari. ¡Dios! Todos los personajes tan cercanos resultaban siendo una maldición desde Jane Eyre hasta Lizbeth Salander, desde el cuento del chanchito precavido que construyó su casa de ladrillo hasta el inolvidable Aureliano Buendía.

Ay de las lecturas clandestinas, ay de las lecturas iluminada de linterna cuando me mandaban a dormir, ay de la novela que mi madre me prohibió, ayes por doquier.

Pero no solo eso. Los profesores hemos contribuido a inocular el bichito de la lectura en cientos de alumnos que se defendían a capa y espada, que no querían leer, que buscaban resúmenes en “El rincón del vago” para hacer sus trabajos, sin darse cuenta de que a su vez también estaban leyendo. A lo mejor alguno sí lo sabía y justamente esa era la razón por la que nos hacía la guerra y resistía, resistía.

A su vez, hemos formado transmisores terribles de este “síndrome”, fomentando la escritura en el aula: esos maravillosos espíritus creadores que vuelvan sus sueños, sus fantasías, sus demonios, sus vivencias en un objeto letal: el libro.

Pido perdón a mis alumnos por mi ignorancia, pido perdón porque parte de su deterioro mental será mi culpa, pido perdón a mis hijos y a mi marido a quienes torturé con recomendaciones, regalos y comentarios. Perdón a mis amigos. Vuestro detrimento cerebral será un poco mío.

Supongo que la vida se encargará del cobro. He decidido acelerar el proceso para sufrir menos por lo que tomaré grandes dosis de páginas escritas de todo tipo. Bienvenido sea el verbo LEER.

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A todas…

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Figura y fondo, Patricia Laos

Nunca mejor que hoy, un encuentro casual. Hace más treinta años lo leí por primera vez y en ese entonces me impactó su valentía y crudeza.Lo sigue haciendo, porque eso deben hacer los poemas que no pierden su esencia: tocarnos en la fibra sensible siempre, aunque pasen los años. De María Emilia Cornejo.

SOY LA MUCHACHA MALA DE LA HISTORIA

soy
la muchacha mala de la historia,
la que fornicó con tres hombres
y le sacó cuernos a su marido.

soy la mujer
que lo engañó cotidianamente
por un miserable plato de lentejas,
la que le quitó lentamente su ropaje de bondad
hasta convertirlo en una piedra
negra y estéril,
soy la mujer que lo castró
con infinitos gestos de ternura
y gemidos falsos en la cama.

 soy
la muchacha mala de la historia.

8 de marzo, para las muchachas malas de la Historia.

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…del bullying al cariño

 

El diccionario de la Real Academia define la palabra apodo como: nombre que suele darse a una persona, tomado de sus defectos corporales o de alguna otra circunstancia. Curioso, pues hace hincapié a los defectos corporales. Yendo a ello, entonces, debo asumir de entrada que mi glorioso metroymedio de estatura es pues, un defecto corporal.

Durante toda mi niñez y adolescencia, cosa que seguramente le ha pasado a todos aquellos individuos que como yo, genéticamente son de baja estatura, recibí un mil apodos. El clásico chata por el que me llaman mis amigos más cercanos vino ya hacia la adultez.  Antes fui mosquito, hormiga, hormiga atómica, chinchón de suelo, jinete de cuy, pulga (ese me duró años), nicin -nicincuenta centímetros- y me resigné a pensar que ello sería inevitable. Algunos me jodieron, me dolieron,  otros me parecieron muy creativos y aprendí a ver quién y cómo me lo decían. Sin embargo, hubo uno que guarda una historia especial.

Cuando estábamos en segundo de primaria llegó al salón una alumna nueva, venía de otro colegio porque a su hermana mayor la habían expulsado y por lo tanto, su mamá había decidido mover de golpe a la dos. Buena fama, entonces acompañaba la llegada de M. Me imaginaba que no debía ser fácil llegar a un salón de cuarentaicinco galifardos y que todos te miraran como bicho raro y tomé la iniciativa de hacerme su amiga. M se integró inmediatamente y fue una más de la promoción al toque.

Un buen día, un sobrenombre nuevo llegó a mi vida:  Petipán. Hacía referencia, desde el luego, a ese personaje que aparecía en “El tornillo”, programa cómico de la época. Justo Espinoza encarnaba a este pequeño individuo al que todos buleaban, pegaban, maltrataban y hacían la vida imposible. No recuerdo quien vino con la “chapa” y durante varias semanas me dieron duro con ella. Y lo digo abiertamente, me dieron duro porque además de baja era gordita, entonces no solo era Petipán el actor, sino también me sentía como pan que abundaba en las mesas de los lonches de las tías – bien relleno de pollo-. Les juro que me estoy muriendo de risa ahora que escribo, pero confieso que al principio me jodió.

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El cuento es que M también formaba parte del coro que de cuando en vez me decía eso y reía; sin embargo, un buen día empezó a decirme Peti y lo decía con tanto cariño, cariño de amiga sincera y transparente que cuando llegamos a segundo de media, ella era  de las pocas que lo seguía usando. Es más, creo que la única. Tanto, que ese año en el cuaderno de recuerdos que tenía me dejó un autógrafo que decía: “Para Peti con mucho cariño, tu amiga M” acompañado de un dibujo muy gracioso.

Por curiosas e irónicas circunstancias de la vida que no me parecen adecuadas ventilar aquí, M no regresó al año siguiente. Más aún, luego nos perdimos de vista durante un largo largo tiempo y nos volvimos a reencontrar cuando ambas ya teníamos nuestras respectivas familias. Y claro, lo primero que me dijo cuando nos fundimos en un maravilloso abrazo fue: ¡Peti, estás igualita!.  

Qué sabor de infancia, qué calidez en un apodo que dicho con tanto cariño me había regresado a una época idílica.

Hoy veo a M al menos una vez a la semana, al recuperarla como amiga -porque confirmo lo valioso que es recuperar a las amigas que el tiempo a veces se ha llevado por otros caminos- también recuperé una etapa en donde alguien supo hacerme entender que a veces los apodos duros, pueden ser usados con cariño.

pd. No puedo dejar de agregar un apodo que mis alumnos lo decían a mis espaldas y luego lo hice mío: Edna Moda ¡tremendo personaje!

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Déjame ir (post largo)

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Foto de Anamaría McCarthy

Primera estancia

Me llegó un Estado cuenta del Banco XYZ de una tarjeta de crédito que tenía refundida en algún cajón. Es una tarjeta que nunca he usado ni usaré. El documento indica que tengo una deuda de 136 soles. ¿Concepto? Membresía anual, mora por no haber realizado el pago a tiempo y obviamente, envío físico del Estado de Cuenta.

Tomo aire, respiro. Pienso: okey, ¿en qué momento caí en la mora? No recuerdo que haya llegado una notificación anterior. ¿Se lo di a JC para que lo pague? ¿Lo boté pensando que era una vez más publicidad? En fin, asumo la culpa, por ello iré personalmente a pagar y de paso cancelo esta tarjeta que está refundida en el cajón, puesto que es una tarjeta que nuncaheusadoniusaré.

Segunda estancia

Voy al banco, calladita y en postura zen realizo el pago, he podido cancelar antes esta tarjeta pero en fin, pagaré al malayo banco la cuenta para que no me siga “moreando” y caiga en este círculo vicioso tan natural del sistema,  pagar por algo que nuncaheusadoniusaré.

Le digo a la señorita de ventanilla que cómo haríamos para cancelarla, que no me interesa mantenerla, porque es una tarjeta que nuncaheusadoniusaré.  Inmediatamente viene la pregunta de ley: ¿por qué? Pues porque no quiero tenerla, porque nuncaheusadoniusaré y pago por las puras una membresía. Uso el artilugio de que mi esposo ya tiene una tarjeta de crédito con el banco y que para qué tener dos. Entonces me ofrece una tarjeta mejor para el susodicho, golder-silver-black con tasa whatever de interés anual, la quinta esencia llevada al máximo. Educadísima de mí, entre una mezcla del dedo meñique de la Holler con el manual de Carreño, agradezco y le digo que voy a consultar con mi marido (debe ser al estilo Letona que dice ser sumisa en el hogar… o algo así). Aquí tiene mis datos señora, por si necesita asesoría/muchas gracias señorita/ tiene que hacer la cancelación por banca telefónica/muchas gracias señorita y que tenga buena semana.

Tercera estancia

Llamo a la línea indicada, sabiendo que hasta que llegue a comunicarme con un ser humano pasará un buen tiempo. Pero como suelo hacer en estas oportunidades, adivinaron, me pongo zen. Para qué me voy a amargar, para qué me voy a intoxicar, para qué voy a perder la paciencia si ya sé lo que me espera. Marque el 8, marque el 4, marque el 2, marque el 9, marque el csm 1. Sigo zen y no pierdo mi centro.

¡FASTEN SEAT BELTS y acompáñenme!

– Buenas tardes lo saluda Mxmxm Dfoie –porque además nunca llego a captar el nombrecillo de estos personajes de atención al cliente- ¿en qué lo podemos ayudar?.

-Buenas srta NN. Llamo porque quiero cancelar la tarjeta de crédito.

-¿Se debe a alguna razón en especial?

-(respuesta preparada porque era obvia la pregunta) Efectivamente puede saberlo, es una tarjeta que nuncaheusadoniusaré y que además estoy pagando la membresía inútilmente.

-Nos sentimos muy apenados por ello. Pero le explico, siempre es bueno que tenga una tarjeta en caso de emergencia.

-Gracias, pero ya comparto una tarjeta con mi marido (vil mentira) y es más, ya tengo una oferta muy interesante de la señorita que me atendió en el banco para revisar. (jojolete te la hice!!!!)

-Como le dije, nos sentimos muy apenados que decida dejar la tarjeta pero le explico, usted puede coordinar con el banco para que en caso de no usarla se le condone la membresía y la renueve año a año sin problema.

-Gracias, pero como le dije, no me interesa conservar la tarjeta que nuncaheusadoniusaré. No vale la pena tenerla por las puras –sigo en fase zen pero me siento un poco débil, flaqueando diría. Como YA le dije, quiero cancelarla.

-Nos sentimos muy apenados con su decisión. Pero como le acabo de explicar, conservarla no le va a causar ningún perjucio, porque bla bla bla (se las sabía todas)

-Gracias –sigo educada- pero vamos, le propongo algo, no me siga insistiendo porque no me va a convencer y las dos vamos a acabar en mala onda por algo que puede ser tan simple: me cancelas la tarjeta y pasamos un buen fin de semana.

-Entiendo señora, pero el banco se siente muy apenado de que usted cancele esa tarjeta. ¿Me podría indicar los motivos?

-Ya se los dije, es una tarjeta que nuncaheusadoniusaré.

-Entiendo, pero habrá otras razones que la motiven a cancelarla?

-A ver, digamos que motivos emocionales, subjetivos,  tener en el cajón una tarjeta que nuncahesusadoniusaré no va conmigo. (aquí caes güey! cede, cede, no me obligues a perder mi centro, que estoy a un poquito de hacerlo, te lo juro… )

-…..mmm, subjetivos? ¿cómo que subjetivos?

-… respira Claudia, respira, respira…. A ver mi reina,¿¡¿¡¿¡te la quieres dar de terapeuta o qué?¡?¡?¡?¡? –lo siento, no podía defraudarlos- …. Ommmmmm,  p o r f a v o r cancela la tarjeta y cada una hará su vida. Déjame ir. Pero ya!

-Espere, por favor.

Finale

Minuto 20, minuto 25, minuto 27, minuto 30, minuto 34.

-Señora, ¿sigue en línea?

– Sí, he sobrevivido para nuestra despedida.

-Todo listo, le reitero que nos sentimos muy apenados de que haya decidido cancelar su tarjeta. ¿Tendrá otra consulta por hacer?…

– Solo una cosita final, me siento muy apenada. Adiós.

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Sabor a libertad

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Contemplaba extasiada durante buen rato cómo una madre le enseñaba a montar bicicleta a su hijo de cinco años. Yo desde mi ventana me quedé en pausa mientras que ella no hacía más que darle aliento, vítores y otras maravillosas palabras que servían de impulso al crío aventurado y a la vez temeroso que tenía la imprudencia de correr riesgos y dominado por el miedo que una situación como esa suponía.

Un gran reto en la vida, aprender a montar bicicleta. Ese momento en el cual no estás consciente de que es una de esas habilidades que, una vez adquirida, llevarás contigo siempre aunque no practiques habitualmente.

Cada uno de nosotros ha tenido su propia experiencia de aprendizaje y de hecho, podrá haber sido tensa y traumática. Habrá dejado, literalmente, sangre, sudor y lágrimas en la empresa pero la libertad de pedalear libremente paga toda herida contraída en la batalla. Montar bicicleta cuando eres niño es lo más cercano que hay de volar.

Me la regalaron mi primera bicicleta cuando me recuperaba de haber tenido varicela (no por Navidad porque recuerden que siempre Papa Noel me traía lo mismo). No tenía rueditas auxiliares, y a mi papá se le ocurrió subirla al segundo piso porque yo estaba con “descanso médico”. Sin embargo, eso no fue impedimento para que me subiera al asiento y sin sacar el parante que la mantenía en pie,  me trepara a realizar mis primeros pedaleos. Curiosamente, iba de la sala de tv hasta el final del corredor montando y desde luego, rayando todo el piso. Lo simpático es que no recuerdo que mi madre se hubiera molestado porque el parquet quedó hecho moco, puesto que con una buena mano de cera todo quedó arreglado. Mi alegría debe haber sido tan grande que mi memoria ha inmortalizado solo lo bueno.

Al sanar venía la prueba, si no subía el parante/la pata y montaba de frente sola no iba a ver ninguna experiencia ciclística hasta nuevo aviso. Mi padre me llevó al parque,  recuerdo claramente sus palabras: confía, no mires para atrás  y pedalea, el resto viene solo. Se paró detrás de mí poniendo su mano en la parte posterior del asiento y corrió conmigo unos cuantos metros. Sin anestesia me dio un buen empujón repitiendo severamente dos de las instrucciones: ¡¡¡no mires atrás, pedalea!!!! No recuerdo caída, al menos en ese momento. De hecho, me saqué la mugre luego más de una vez. A los ocho años me sentía tan libre como podía serlo y en esa época podíamos salir a montar solos por la cuadra y dar vueltas libremente antes de que cayera la noche.

Cuando aprendes a montar bicicleta empiezas a entender el concepto de libertad, no mires atrás, pedalea termina siendo simbólico para cualquier niño que empieza a descubrir el mundo; para un adulto, una lección de vida.

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Oda a la naturaleza

Soy de esas almas privilegiadas que vive mirando a un parque. Muy privilegiada porque es un honor, a pesar del avance urbanístico de la ciudad, abrir el ojo viendo la copa de los árboles.

En los cuatro años que ando por este barrio he visto con el pasar del tiempo la incrementación de aves. Felizmente que no sufro de ninguna fobia vinculada a los pájaros y miren que conozco a más de una persona con ornitofobia severa. Por ejemplo, ni siquiera pueden ver un pollo a la brasa entero porque le dan arcadas.

Cuando salía a trabajar muy temprano en la mañana, me levantaba –literalmente- antes que los pájaros, en plena oscuridad mi día empezaba rayando el alba y mi mente ocupada desoía los sonidos de la naturaleza. Zambullida en la rutina del cotidiano me ponía en modo avión y actuaba como robot hasta llegar al trabajo.

Hoy, mis horarios han cambiado y mis nuevas ocupaciones laborales me permiten despertar un poco más tarde y hacerlo a la par del trinar de los pajaritos. A mi cabeza los versos de Fray Luis de León cuando bien decía:

Despiértenme las aves

con su cantar sabroso no aprendido

Creo que son unos mirlos negros los que cantan sabrosamente todas las mañanas, lo hacen por encima de las cuculíes –que no me simpatizan, por invasivas y conchudas- . Confieso que estas últimas sí me despiertan un asco terrible. Para mí, son ratas voladoras.

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Mi vecina CZ que vive con mayor cercanía a la copa de los árboles como que no considera que el cantar sabroso lo sea tanto. Me perforan el oído, cito.  No sé si en la colectiva imaginación la imagen de la película de Hitchcock viene a las mentes de los vecinos, pero podría ser.

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A las 5.39 am arranca la melodía por lo menos durante unos 20 minutos. En invierno la función comienza a eso de las 6.07 am. Ya todo está calculado, les he seguido la pista y vivo alucinada con su puntualidad. La naturaleza es sabia, dicen. Sabia y exacta.

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Pero hay un placer mejor todavía, la hora del crepúsculo.

Durante el invierno pasadas las 5 de la tarde arranca el coro; durante el verano la presentación se retrasa un poco. García Lorca entonces llena el escenario…La hora aciaga puede ser también pura.

“El viento se llevó los algodones
a las cinco de la tarde.
….
Ya luchan la paloma y el leopardo
a las cinco de la tarde….”

A las pruebas me remito….

https://www.youtube.com/watch?v=OrNXLcMIdaI

Y en una milésima de momento, casi imperceptible: callan. Las voces se apagan. Hasta el día siguiente.

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Lienzo en blanco

Hoy tenemos ante nosotros el primer día útil del año. Aunque no me gusta eso de útil porque los días que no se trabaja no debería contarse como una fecha antónima por naturaleza. Cada día es productivo a su manera. El ocio también lo es.

Cambiar de año es un tanto cabalístico, y en realidad si bien es un hito que se imprime con ilusión en los calendarios y en las agendas, también es una bolsa de deseos y aspiraciones.

Dejamos un año con la mochila pesada. Para muchos el 2016 ha sido una maldición, los conflictos sociales, los atentados, Trump, la intolerancia religiosa, la repartija del mundo, la lista innumerable de talentos que se han ido apagando (aunque varios quisieron que se apagara Arjona), la “grandeza” de nuestro Congreso, la asquerosa corrupción, el tráfico, la delincuencia, y la lista puede seguir. He visto un spot de la CBS en el que se insiste en la frase: Fuck 2016! No dejan de tener razón.

Evidentemente han pasado cosas buenas, pero los seres humanos tenemos la tendencia a priorizar lo malo, la tragedia, lo negativo y con facilidad olvidamos que tal vez este año… nació un niño esperado, nos curamos de una enfermedad complicada, conservamos el trabajo, pudimos pagar el préstamo, leímos buenos libros, conocimos  personas extraordinarias, recuperamos amigos perdidos, culminamos alguna meta, comimos un buen chocolate o un buen ceviche en grata compañía, tomamos una copa de vino, dimos cálidos besos, disfrutamos de una obra de teatro, nos envalentonamos, dijimos “no” varias veces, conocimos nuevas ciudades, miramos a nuestros hijos a los ojos, reconocimos nuestros errores, dejamos de mendigar afectos, protestamos en una marcha, nos reímos, nos reímos, nos reímos.

Tenemos la posibilidad de un re-inicio, un re-comenzar, un re-loaded. Pero hay que ser sinceros. Solemos desperdiciarla. ¿Cuántas dietas se han empezado al arrancar el año? ¿Cuántos planes de ahorro? ¿Cuántos viajes planeados? ¿Cuántas veces hemos dicho, este año nos vemos de todas maneras, voy a ser más ordenado, voy esforzarme más en mi chamaba/estudios, seré más responsable, dejo de fumar, visito más a mis viejos, bla, bla, bla.

Dicen que el camino al infierno está lleno de buenas intenciones pero al menos tratemos de ser más optimistas, y tomemos una buena intención, trabajemos en ella. Que ESO precisamente será nuestro norte en el lienzo en blanco que la vida nos regala una vez al año.

Me gusta el Año Nuevo y les confieso que yo misma recomencé mi vida hace unos años atrás un día como este.

Les dejo en buena onda estas palabras finales.

Un consejo: No argumentar si están molestos ni prometer si están alegres, ambas son decisiones incorrectas.

Un lema: suma lo que te sume y resta lo que te reste.

¡En sus marcas! ¡Listos! ¡Yaaaaaaaaaaaaaaaa!

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Un remember navideño

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Árbol familia McCarthy Oliva

 

Ordenando papeles antiguos he encontrado un par de cartas a Papa Noel con letra de niña, insegura, los primeros trazos de letra corrida en una hoja de block papel carta, tiene aún una suerte de cenefa con aviones y letra pequeña que dice AIR MAIL.

La carta petitoria es puntual, enumera tres cosas, supongo que con el deseo de que al menos una llegara al solicitante.

Papa Noel: creo que me he portado bien este año y solo si puedes solo quiero una de estas tres cosas. Feliz navidad.

  • Un caja registradora, la roja con teclas amarillas
  • La casa de la Barbie
  • Una pista de carros

Porsiacaso, todo lo venden en “La Calleja”.

Nótese que en esta, se indicaba al destinatario en cuestión hasta el lugar donde podía adquirir la mercadería. La vieja librería de la esquina fundada en los 60’s -a la sazón, sigue viva en otro local-.

*

Viví la infancia en otros tiempos menos acelerados y mi madre no se hacía mucho problema en Navidad.

En mi casa no se ponía árbol, a lo más un bonsai de los que mi padre cultivaba, era decorado con algunas mini bolas rojas y eso era todo. Sin embargo, no faltaba jamás el nacimiento comprado en Oeschle. Tampoco, el afiche en la ventana de la parroquia que se guardaba de un año a otro hasta que se hacía moco: No hay Navidad sin Jesús –que nazca en ti– versaba el mensaje y se pegaba con cinta adhesiva. Luego, había que sacarlo con cuidado “para que dure”.

Los papeles de regalo salían de un cajón del closet en donde había además, lazos y moños que se guardaban durante el año y como mi mamá congelaba todo, siempre había un panetón que había sobrado del año pasado y era el primero en colocarse en un plato con su cuchillo respectivo para que uno fuera, al paso, cortando un poquito “para probar”.No estoy diciendo que fuera amarrete, solo que así era como se vivía antes: los reyes del reciclaje y los abanderados de  nada se desperdicia.

Repito, mi madre no se hacía problemas, no se alocaba con las compras, iba de paseo, a ver las vitrinas del Centro, a ver las vitrinas de la Avenida Larco. Yo quería tener un árbol como el de la tienda Yolanda pero era feliz con el bonsái que estaba en la mesa de la sala.

*

Pero volvamos a las cartas. Mencioné que había encontrado dos cartas. En la otra, fechada dos años después, se pide exactamente lo mismo.

  • Un caja registradora, la roja con teclas amarillas
  • La casa de la Barbie
  • Una pista de carrera.

Y en esta segunda lectura la memoria me jugó una mala buena pasada que cerré con una carcajada.

Todas las Navidades mi mamá –léase Papa Noel- me regalaba lo mismo.

  • Tres libros –para leer durante los tres meses de vacaciones-.
  • Una pelota vinibol.
  • Una pijama.
  • Un balde de playa.
  • Un libro para colorear.

Entonces yo pensaba, pobrecito, estará muy gastado comprando regalos para todos los niños del mundo o tal vez no sabe dónde queda “La Calleja”. No obstante, cuando el mito cayó, mi madre muy práctica no cambió los regalos. Y tímidamente ya más crecida (de edad, desde luego) pregunté por qué nunca llegó nada de lo que yo pedía. ***

La caja registradora era una porquería de plástico que se iba a romper ni bien abrieras el cajón para meter tu plata de juguete. Además no la ibas a usar más de una semana. La casa de la Barbie, olvídalo, es cara y  para qué necesitan las muñecas una casa si cuando acaba la tarde todas se van a la caja de madera donde las guardas. La pista de carreras ¿para qué quiere una mujercita, una pista de carrera?

En cambio, SUS regalos cumplían un objetivo. Me la pasaba leyendo en mi tiempo libre y me convertí en una ávida lectora; jugaba volley con mis amigas o contra la pared y  mientras la estatura no me pasó la factura, pertenecí al equipo del colegio. Tenía mi pijama nueva y se me invitaban a un “pijama party” no había problema. A la playa íbamos todos los fines de semana y tarde o temprano, el mar se llevaba la pala o el trinche. El libro de colorear fue lo único no que cumplió su cometido. Hasta hoy, cuando pinto mandalas me salgo de la línea.

Para cerrar, solo les cuento que mi madre conservó hasta el final su modus operandi. Todas las navidades yo recibía un libro y una pijama. ¡Mi marido y mis hijos, también!

*** los juguetes llegaban en el año, la Bajada de Reyes traía lo suyo y los cumpleaños también. Pero esos…

 

 

 

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