Un año más…

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Se dice que escribir es terapéutico, sobran autores para confirmar que eso es una verdad categórica. Muchos especialistas en la mente (y en el alma) lo recomiendan como una herramienta que incluso podría ayudar a salvar vidas; en algunos casos no se logra, pienso en Arguedas como ejemplo.

Sin embargo, en este pequeño espacio -llamado blog–  que el ciberespacio me regaló un 17 de octubre y al que yo fui dándole un sabor hogareño, encontré un lugar donde volcar el amasijo de sentimientos y reflexiones que me asaltan día a día. Incluso, ha respetado mis tiempo de visitarlo, de cobijarme en él, de cambiarle de nombre, de dudar de seguir en la jornada. Mi blog me ha acompañado en momentos de desazón, tristeza, alegría, rabia, éxito, frustración y celebraciones. Ha recibido mis pensamientos políticamente incorrectos, mis opiniones, mis lecturas, mis anécdotas, mis cambios de humor, mis recuerdos más queridos y aquellos que no son tanto.

No sé qué pasará en un futuro, las redes sociales se dispersan, el Facebook está en una larga agonía, el Instagram es gráfico y las stories van demasiado rápido y el Twitter es un pop corn de opiniones variopintas.  Yo no sé mañana… versa la canción.

Mientras tanto, sigo en esta zona de confort, tranquila, contenta, tras haber encontrado un centro que tal vez se alcanza con la edad, la reflexión de los errores cometidos, el orgullo de lo logrado, la distancia de lo tóxico y un poquitín de sabiduría que da la vida.

Gracias a los que me dan su buen amor, a los que me aceptan y continúan a mi lado, a los que  perdonan mis desaciertos y con ellos a cuestas,  me dan cabida en sus vidas.

Escribir es liberar, pero también es permanecer.

¡Salud!

 

 

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Reflexión lingüística

los comienzos Rafael Fernández

imagen de: Rafael Hernández, 1997

Cuando yo era niña las expresiones que solíamos utilizar para decir que algo nos gustaba eran qué bacán, qué vacilón (con la duda de que si era con b o v)  palabras que por cierto están en el Diccionario de la Real Academia. De las telenovelas venezolanas heredamos el qué chévere y no sé de dónde vino qué paja (cuyo doble sentido limitaba su uso en las chicas bien educadas). Yo tenía heredado el qué neto de la generación de mis hermanas y ya el clásico qué bestial.

Empecé mi labor docente cuando tenía 20 años y compartía con mis alumnos las mismas expresiones, pero a medida que el tiempo pasaba empezaba a incorporar otras y luego a tomar distancia de unas que no me vacilaban mucho. Qué mostro,  eso es pajaza (léase, una paja más entusiasta).

Hemos cambiado algunas, hecho permanente otras. Por ejemplo, mi amiga Magalli debe ser una de las pocas que usa qué vacilón cuando algo le parece bacán.

También me llama la atención la tendencia que, con el pasar de los años, se ha ido  agudizando para reducir  casi todo lo que se pueda a dos sílabas. Por ejemplo, cuando mi hija era chica, sus amigos que tenían nombres serios e importantes pero pasaron a ser: Ma-ka, Juan-di, E-du, Ju-ca, Ro-dri, Se-bas, Ti-na, Ka-ri,  Ta-li, Ta-lo, A-le, Ma-fer, Mi-ca, entre los destacados. Chicos, los amo y los convoco. Pero claro, nosotros los padres que le ponemos el nombre completo a nuestros hijos, cuando hacíamos mención al grupo preguntábamos si era lo mismo decir: ¿ca-ca, pi-chi, po-to? Sin ánimo de ofender, desde luego.

Hoy por hoy, biselabeamos con fuerza y oímos: sa-le por de acuerdo, da-le por perfecto, Pun-ta por Punta Hermosa, Sur-chi por el sur chico, sal-chi por salchipapas, cham-pi, por champiñones y di-ver por divertido.

Conservamos los apelativos cariños ya mencionados y es raro que te llamen por tu nombre completo: ahí la cosa se pone seria o tienes la suerte de que tu nombre ya tenga dos sílabas o tienes un sobrenombre ad eternum que también las tiene. Yo soy Cha-ta, o Clau y la verdad es que ninguno de los dos me encanta pero sé que me lo dicen con cariño.

Entonces, continuemos con este ahorro silábico, la historia del habla lo sustenta. Cada generación con lo suyo y como suele ocurrir, lo que quede se incorporará a la norma.

Y por si acaso, no quiero reflexionar en todas las variaciones utilizadas en el wassap, de ello se ha escrito y escribirá; y  porque -la verdad-  la ausencia de las vocales me loquea, csm.

 

 

Una silla, una niña

cc 4 años

Hace muchos muchos años había una niña de pelo corto y cerquillo, que era tan pero tan pequeñita que cuando había que lavarse las manos antes de almorzar, no tenía mejor idea que hacerlo en el water del baño para las visitas. Treparse al lavamanos era una proeza de marca mayor puesto que, como era gordita su barriguita era un obstáculo insalvable, el borde de pepelma le terminaba apretando la huata. Su madre, conocedora de lo traviesa que podía ser, siempre hacía la pregunta de ley: “Gordita, ¿dónde te has lavado las manos?”. Lo que obligaba a la pequeña a sufrir la trepada al Everest… pero si la mami lo olvidaba, o no estaba ella sabía que podía disfrutar del chapoteo en esa gigantesca taza color verde mar. No obstante, había que buscar el remedio al problema porque por más limpio que estuviera el inodoro, esa costumbre era “higiénicamente incorrecta”.

Solución: comprarle a la pequeña una silla en la que además de sentarse para departir con los adultos fuera un vehículo para que no tuviera excusas y usara debidamente el lavamanos. La silla de madera y paja fue pintada de rojo: ¡El mejor regalo! ¡Las llaves del reino! Ahora, la niña de pelo corto y cerquillo arrastraba su nueva propiedad por toda la casa y urgaba en cuanto lugar, hasta ese momento le había sido inaccesible. De todos ellos, había uno en especial por el que tenía una especial fascinación.

El cajón de la cómoda de su madre era la “mina del Rey Salomón”, aunque para ella -fanática de los cuentos infantiles- era la cueva de los cuarenta ladrones y la niña se sentía Alí Babá. Cajas, cajitas, chocolates, chicles, llaves, libretas, tarjetas de presentación, papelitos de todos los colores, monedas sueltas, fotos carné. Recuerdos a mil: los públicos y hasta los privados que la niña calló por años… porque fueron los años los que le dieron sentido, especialmente a una vieja agenda de cartera en la que la madre anotaba sus vivencia dolorosas… -vendrá algún día la historia-.

Pero la silla roja tenía un problema: dejaba huella donde la apoyara y la cómoda era blanca… semanas después la cueva de los cuarenta ladrones se cerró con doble llave; no obstante, la niña no demoró mucho en encontrar… y en ese momento, aprendió a apoyar la silla sobre la marca anterior que su silla ya había dejado.

El mundo prohibido podría, por un tiempo, seguir estando a su alcance.

Una caja de Pandora

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Tengo un libro que me gusta mucho, El diente del Parnaso –recopilación de Antonio Cisneros-. Es un volumen que recoge el testimonio de sesenta y seis peruanos destacados; en él, cada uno de ellos reflexiona sobre el arte del buen comer. Entre líneas uno termina siendo testigo de sus emociones, y preferencias, y cómo un plato de comida trae a la mente otros aspectos de la vida.

Hace muchos años atrás compartí con mis alumnos (entre 14 y 15 años)  un texto que extraje de ese libro. Luego de su lectura, los invité a que usaran la misma dinámica y escribieran lo que se les viniera a la cabeza: podían partir del sabor, del lugar, de quién lo preparaba, etcétera. El punto de partida era el plato, el puerto de llegada: impreciso. Y pasó una cosa que nunca me imaginé.

Mientras todos escribían, empecé a escuchar una suerte de gemido, muy callado, casi imperceptible, cuarta fila, quinto asiento. Una alumna levantó la cara hacia mí y con la mirada señaló al compañero del costado. El chico (YZ), tenía los ojos llenos de lágrimas y el llanto atorado en la garganta hasta que no pudo más, se echó a llorar frente a toda la clase.

Entre mi desconcierto, el de sus compañeros y su angustia, lo primero que hice fue acercarme a su carpeta e invitarlo a que me acompañara a salir de clase. Yo, torpemente -soy una bestia para consolar a alguien- trataba de hacerlo sentir mejor, y solo atinaba a decir: ¿estás bien? ¿qué pasó? ¿estás bien?

YZ solo me decía: Miss, perdóname, perdóname es que no me pude aguantar… y seguía llorando desconsoladamente mientras que yo me rompía la cabeza imaginándome qué habría podido pasar para que se diera tal situación. En eso, me entregó lo que había escrito. (Debió decir más o menos esto, trato de respetar su estilo de  redacción)

A mí me gusta mucho comer, creo que hay cosas que me gustan más que las otras, pero si tengo que pensar en algo especial uno de mis platos preferidos es el arroz con huevo frito, mi mamá siempre lo prepara y le sale buenazo. Sobre al arroz blanco coloca el huevo con la yema casi cruda buenazo. Cuando tendríamos unos seis o siete años yo y mi hermano hacíamos carreras para ver quién llegaba primero para empezar a devorarnos lo que mi mamá nos preparaba cuando llegaba del trabajo. Esto también me hace acordar que estábamos contentos porque era riquísimo, pero también estábamos tristes porque mis papás se acababan de separar, y habían días que ella lloraba después de la comida, yo la veía a escondidas. Cuando nos fuimos a vivir a C no era fácil conseguir el arroz de acá pero mi mamá hacía lo posible para que le quedara como en Perú. Ahora que hemos regresado ya no cocina ella porque ahora vivimos con mis abuelos y a la empleada no le queda igual.

No sé por qué ahora que pienso en ese arroz con huevo frito, hasta me acuerdo del color del plato y el adorno que tenía pero me mucha pena y me emociono mucho acordándome…

El texto obviamente se detenía ahí.

Su pena era enorme, su llanto reflejaba cómo el recuerdo de una comida lo había hecho sentirse ese niño. Ponerlo por escrito había abierto una herida que él creyó cerrada.

Me vienen a la mente las palabras de Ruiz Zafón:  Los recuerdos que uno entierra son los primeros en perseguirte. 

No basta con el amor

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A veces la vida nos exige mucho más que experimentar un sentimiento ennoblecedor y tal vez, inalcanzable en su esencia. Con el amor no basta.

A veces hay que echar mano a lo visceral y arrojar hacia afuera lo que hace daño aunque con ello terminemos hiriendo al otro. Tener coraje de mirarse cara a cara y decir la verdad con dolor.

Con el amor no basta.

A veces la ceguera y la sordera también ayudan, tratar de hacer caso omiso a las frases complacientes de otros que nos invitan a ir más allá de nuestra propia frontera, porque el amor no es suficiente si quieres emprender una larga jornada.

No basta  el amor para contemplar el paso del tiempo, la mutación del cuerpo, los deseos cambiantes, la mudanza del carácter, la variabilidad del clima.

El amor no basta para conservar la frialdad al tomar decisiones, para enfrentar el nido vacío, para protegernos sabiendo que quienes nos rodean son mortales.

Los viajes, los regresos, la indiferencia, el reencuentro, el silencio, la espalda, la bienvenida y la sonrisa, no es solo el amor.

Un día puedes preguntarte si te bajas en el siguiente rellano; otro, callas por no encontrar la palabra precisa; tal vez, rebuscas una pizca de humor para calmar las aguas; posiblemente protestes con éxito o sea un fracaso; una noche, quizás, desearás abandonar el disgusto profundo que causa el rencor, todo suma…  porque al amor, el amor no le basta.

La “stalker” que hay en mí -en varias palabras-

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Situación

Una tiene sus figuras míticas: esos seres que viven en el Parnaso donde nosotros los mortales no tenemos cabida. Los que me conocen saben perfectamente que George Clooney  -y no solo por guapo- pertenece a ese grupito, Joan Manuel Serrat también, ha ingresado al grupo, hace poco, Yuval Harari.  Pero, los que me conocen más, saben que hace décadas soy una fiel admiradora de Rosa Montero (RM),  y la sigo en las redes. Entonces, este post va dedicado a contar lo que pasó el día de la foto que acompaña la historia y a compartir con ustedes un lado oscuro: dentro de mí, hay una acosadora.

Yo sabía que este año RM venía a la FIL pero por esos azares del destino me iba a ser imposible ir a verla. Entonces, en el mundo de la fantasía (y la mía es recontra creativa) pensaba que qué lindo sería conocerla, conversar con ella un segundo, regalarle uno de mis libros… ¿Qué les puedo decir? Un tontería para ustedes, quizás… Pero obviamente borré la idea porque era imposible.

El FB me entrega una foto del muro de RM, que como siempre coloca la imagen que ve desde la habitación del hotel cuando está fuera de Madrid. En ella deduzco que está hospedada en Los Delfines. Mmm, pienso, cómo haríamos. ¿Qué sería, no? ¡qué ilusa! Borro la idea, delete, delete.

Pero la idea no se quiso ir… ¡maldita!

Esa mañana dejé que el instinto -y harta dosis de adrenalina-   guiara mi mano y saqué un libro de Visiones compartidas,  agregué el que le publicamos a Tatjana –su historia en la que cuenta su salida de la antigua Yugoslavia después de la II Guerra Mundial- , escribí una nota, los metí en un sobre bien ceremonioso y decidí ir al hotel para dejarlo en recepción. Antes de salir de mi casa, agarré mi libro Nosotras –historias de mujeres y algo más , recién publicado en mayo de este año, porque pensé: por ahí que el destino me la pone en la mira y tengo los ovarios suficientes para pedirle un autógrafo.

Dificultades y señales

  1. Encontrar sitio para dejar mi carro. No obstante, pensé que si ya llegaba hasta allá, estacionaría lo más cerca posible y caminaría muy resuelta (como quien dice, empoderada)  hasta mi destino. Primera señal: estacionamiento frente al hotel, √.
  2. Que no hubiera algún impedimento de seguridad en la puerta -pura paranoia-. Para ello puse mi cara de turista (no sé cómo será caradeturista) y entré con mucha resolución. Escogí la puerta giratoria que no tenía guardia de seguridad. Segunda señal: estaba dentro. √
  3. Confiar en que el encargo llegará a su destino. Cuando ingresé al hotel la vi en la cafetería/bar…¡Oh por Dios! Sin embargo, no tuve el valor de acercarme, me vino un ataque de vergüenza de aquellos que nadie me cree. Me dirigí muy digna a la recepción para dejar el paquete, rogando mentalmente que el encargado no me tomara por una loca saboteadora que dejaba un paquete sospechoso. Era algo así como sentirme la espía de Kaos (remember Súper agente 86). El joven, un encanto de varón que me atendió como si yo fuera una de las Kardashians. Tercera señal: Esto va a fluir.
  4. Me ahorro el diálogo con el joven, le conté mi vida y le hice jurar que el paquete con los dos libros llegaría a manos de MI autora preferida, pero que no me atrevía a pedirle el autógrafo. Me calmó con mucha paciencia y trató de animarme (muerto de risa) diciéndome: Señora, vaya… si ya llegó hasta acá…. Y yo que seguía con el nomeatrevo nomeatrevo. Cuarta señal: tengo un animador. √
  5. Sin embargo….. salí del hotel. Sí, me fui. Me quedé congelada en la puerta, sola, dubitativa, carcomiendo mis pensamientos, entre el nomeatrevo nomeatrevo y la voz que me decía: Señora, vaya… si ya llegó hasta acá…. Cuando encontré la mirada del caballero de seguridad, entiéndase que medía 1.90 mts (obviamente que yo miraba hacia arriba) y le dije: No sé qué hacer, está mi autora preferida dentro y quiero su autógrafo y nomeatrevo nomeatrevo nomeatrevo nomeatrevo. Respuesta desde las altas alturas: señora, vaya. No tenga miedo. Quinta señal: tengo DOS animadores √. No los puedo defraudar.
  6. Me acerqué. En la mesa tres varones y ELLA. Estaban grabando una entrevista, entonces bien BIEN solapa, le dije a uno de los chicos al oído: no seas malo, cuando acaben me avisas para que me firme mi librito.  Pulgar arriba, me es suficienteSexta señal: tengo un cómplice. √
  7. Volando me fui a la barra y le rogué al mozo que me sirviera un café que aunque no sabía si me lo iba a tomar, necesitaba un pretexto para esperar y obviamente, le conté la versión breve de toda la historia (breve, les juro). Me senté frente a ellos, unos tres metros de distancia. En esos momentos empecé a sentir la adrenalina que deben sentir los acosadores. Sétima señal: llegó el café y el mozo me dijo: ¡suerte! √

Finale -presente histórico-

Casi al final de la entrevista, mi cómplice hace un giro de cabeza y me mira. Por esas razones inexplicables Rosa Montero también gira la cabeza y también me mira (¡oh por Dios!) y le digo: estoy de voyerista de la entrevista, mientras que levanto el libro. Ella me dice: ¿quieres que te lo firme? ay cariño, por supuesto que te lo firmo, ven para acá. Y yo, lo único que hago es pedirle disculpas, y justificar mi actitud, y que nunca he hecho esto y que bla bla bla y ella me calma. Me da dos besazos bien castizos y me abraza (¡oh por Dios!) Me entrega el libro y se toma la foto conmigo. Tiemblo.

Salgo del hotel, sin creer lo que he vivido. En serio. Le sonrío al de seguridad y le agradezco; me sonríe y me regala otro pulgar arriba. Camino hacia mi carro, sigo temblando.

Hoy la tierra y los cielos me sonríen;

hoy llega al fondo de mi alma el sol;

hoy la he visto…, la he visto y me ha mirado…

¡Hoy creo en Dios!

pd. Vale el guiño a Gustavo Adolfo Bécquer, nunca tan preciso.

…y se fueron veinticinco.

 

CHorri

Más de una vez me han dicho que escribo poco de ti. Comentan que suelo mencionar mucho a tu hermana y que no casi no te menciono en mis posts. La gente tiende a generalizar y por ello, no recuerda que los padres nos relacionamos diferente con cada hijo (y viceversa). Por eso, escribir sobre ella es una cosa y escribir sobre ti, es otra.

Pero hoy es un día especial y lo amerita; sin embargo,  no sé qué puedo decir y menos, ponerlo en palabras. El lenguaje me queda corto para expresar lo que siento y me basta verte cada día cuando me das un beso antes de irte a trabajar y antes de irte a dormir.

Hoy cumples veinticinco años, pero para mí, no ha pasado ni un segundo cuando recuerdo lo que costó que llegaras sano y salvo a mis manos, cuando una friísima tarde de julio apareciste de forma prematura, porque no veías las horas de salir al mundo que ya te esperaba. Llegaste a este mundo para decir: ¡ya llegué! ¡estoy aquí! El Chorri llegó.

Viniste intrépido, aventurero, rebelde, impetuoso, travieso (¡Dios mío!…). Era  imposible que pasaras desapercibido. Hoy, ese bebé inquieto eres tú;  ese niño que perseguía una pelota de fútbol, eres tú; ese adolescente que cuestionaba cada orden que yo daba, eres tú: ecce hommo.

Eres tú, porque tu luz interior no se ha perdido y más bien, ha ido creciendo en todos estos años.

Una luz que me ilumina cada día, una luz que nos conecta de manera invisible; una luz que nos hace ver la vida de otra manera, y en donde tú tienes la paciencia de explicarme una y otra vez cómo es el mundo para ti. Una luz que no se cansa de enseñarme que no me preocupe por detalles que no valen la pena, que las cosas se tienen que decir cuando se tienen que decir. Una luz que ilumina tu humor agudo que destella ante el común. Una luz que nunca dice que no cuando le pido un favor.

Ha pasado mucha agua bajo el puente, hijo, y he sido testigo de todos tus esfuerzos, tus frustraciones, tus travesuras y el proceso de convertirte en lo que eres con tus aciertos y caídas. Has aprendido tanto y creo que yo nada. Has podido marcar diferencias  y seguir tu instinto. A mí en cambio, a veces me ha costado entender cada paso que das.

Eres lo que eres, no impostas nada porque ya la vida trae demasiados impostores. Eres generoso con tus acciones y muy mesurado con tus palabras: para qué hablar si no se tiene nada que decir que valga la pena. Y no eres perfecto ni lo pretendes, porque imperfectos nos hace mucho más humanos.

Para mí, los veinticinco años se detienen en estos minutos que uso para escribirte; porque seguiré siendo esa madre temerosa del mundo, esa madre que por encima de todo quiere estar siempre a tu lado –aunque algún día no sea así-  y que cree ingenuamente que nunca te ha fallado.

He rescatado de una carta que te envié cuando tenías quince años estas palabras: ofrece tu pecho para parar los golpes que vengan, defiende tus ideas con uñas y dientes, lucha por lo que creas justo y sobre todo verdaderamente humano. Esa fuerza interior es lo que yo veo como madre que llevas por dentro. 

Hijo querido, sigue marcando la diferencia.

Te quiero.

Tu ma’ aquí o en cualquier lugar.